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“Ábreme las venas” por Jean Maninat

“Ábreme las venas” por Jean Maninat


Jean Maninat / @jeanmaninat.

En Panamá, los cubanos, duchos en la oportunidad, sacaron provecho del encuentro

Recién ha fallecido Eduardo Galeano, el autor de uno de los libros más influyentes en el pensamiento de la izquierda latinoamericana, Las venas abiertas de América Latina (1971), el cual, de ñapa colateral, también nutrió los desvaríos populistas de muchos líderes nacionalistas de la región. El título de la obra era ya de por sí melodramático -tiene una fragancia a Delia Fiallo- acorde con su contenido: un relato grandilocuente de las iniquidades sufridas por los pueblos latinoamericanos a manos de los gringos europeos y norteamericanos y sus cómplices criollos. De la conquista para acá, el blanco invasor se habría aposentado en estas tierras -donde otrora sus naturales retozaban edénicamente en paz- con el único propósito de expoliarlas de sus múltiples riquezas naturales. Allí estaba el origen de todos los males y desventuras padecidos por los pueblos latinoamericanos. Allí las razones para su atraso y subdesarrollo. “No sería capaz de leerlo de nuevo. Caería desmayado”, habría dicho Galeano, según el diario El País de España, en una entrevista recogida por la Agencia Brasil. Pero ya el daño estaba hecho.

El gran intelectual público venezolano, Carlos Rangel, en su obra Del buen salvaje al buen revolucionario (1976), se encargaría de desmontar los mitos autocomplacientes que condonaban la cadena de despropósitos económicos cometidos por la gran mayoría de los gobiernos en la región a nombre de una supuesta “independencia económica” que solo contribuyó a perpetuar el atraso y la pobreza. Para avanzar y prosperar -rezaba una de las apreciaciones más toxicas- había que cortar los lazos de dependencia con Estados Unidos y otros “centros imperiales”. La teoría de la dependencia -así fue denominada- hizo estragos entre sociólogos, activistas revolucionarios y mas de un benigno gobernante demócrata sorprendido en su buena fe y pésimo conocimiento de la economía.

Pero sabemos que los mitos son duros de roer, y acudir a ellos tiene sus ventajas -consulte a los griegos: a los helénicos de Sófocles o a los autoarruinados de Alexis Tsipras-, a la hora de querer descargar en hombros ajenos sus propias responsabilidades. ¡Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos!, se le acredita -parece que erróneamente, pero en su boca suena mejor- al dictador mexicano Porfirio Díaz. El resentimiento del retruécano sigue haciendo de las suyas hasta el día de hoy.

Hace unos días, en Panamá, tuvimos un maravilloso y desternillante ejercicio de catarsis, de despecho, de amor y odio frente al gran vecino del Norte. Los presidentes más notorios del Alba le dedicaron su rosario de agravios históricos al más alto representante de EEUU, nada menos que el primer presidente negro de esa nación. Su país nos ha vejado, nos ha humillado, repetían entre medias verdades y medias mentiras. Subían y bajaban el tono, ahora sarcásticos, ahora amenazantes, ahora complacientes, dando lecciones de historia altaneros y perdona vidas. Pero en el fondo, todo tenía un aire quejoso, de reproche amoroso, de cante jondo, una saeta adolorida, un bolero maltrecho cantado a voces. La airada retahíla de recibos viejos y vencidos, frente al Presidente que les dijo que no venía hablar de la historia sino del futuro, era más un reclamo de atención, un mírame Obama, no ves que estoy aquí.

Solo los cubanos, duchos en cantar desgracias, sacaron provecho del encuentro.

Toma este puñal ábreme las venas quiero desangrarme hasta que me muera, no quiero la vida si he de verte ajeno pues sin tu cariño no vale la pena…

Escuchó impávido el mandatario más poderoso del mundo. ¡Azúcar!

El Univeral, 16 de abril de 2015
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