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“Ahora la política” por Leonardo Morales P.

“Ahora la política” por Leonardo Morales P.


Leonardo Morales P. / @leomoralesP.

Las fuerzas democráticas venezolanas han dado un paso significativo en la búsqueda de una plataforma política que ofrezca a los venezolanos la posibilidad de poder creer que su vida, la que padecen y soportan, puede ser revertida en los tiempos que los procesos sociales y políticos imponen. Más que el consenso y las primarias, ha sido un sentido de responsabilidad política con el país, que no es poca cosa, lo que lo ha hecho posible.

Los venezolanos han aceptado la idea de que la unidad de los partidos políticos democráticos es un factor importante y determinante para deshacerse de ese conjuro que ha cargado la sociedad venezolana en estos 15 años.

Con todo, los ciudadanos entienden que hay que ir más allá, y que no basta con ese extraordinario esfuerzo que significa la unidad. Es vital, para los que desde ya respaldan el esfuerzo realizado desde la MUD, como para aquellos, más  escépticos y desconfiados, que la unidad sea dotada de un contenido político que inspire confianza y certeza en el porvenir.

Bien persuadidos estamos que los procesos políticos implican un enorme grado de incertidumbre, no obstante, las fuerzas democráticas deben actuar para desarrollar una narrativa que implique, entre otras: confianza en que las cosas pueden mejorar y que no estamos obligados, per se, a soportar un gobierno que actúa con un superlativo desatino. Hay que hacer sentir al país, en lo más profundo de sí, el deseo de las fuerzas democráticas de reconducir a la nación hacia un proceso de plenas libertades y de la supresión de controles inútiles, así como de la instauración de unas políticas redistributivas que conduzcan, a la parte más débil de la sociedad, a la superación de su dependencia de políticas sociales asistencialistas que no promueven el desarrollo ni la innovación.

Ambas direcciones son importantes pero resulta relevante atender muy especialmente la segunda. Allí están los escépticos y los desconfiados, y estos deben ser el centro de una política democrática que no solo los incluya, como obliga una política genuinamente democrática, sino que, también, ellos se sientan actores y corresponsables de su futuro.

El ejercicio de una política en esta dirección no debe estar enmarcada y mucho menos reconocida por una conducta que revela la existencia de “unos buenos sentimientos”, sino que actúa fundada en una política moral que tiene muy claro el reconocimiento del ejercicio del bien, esto es, el respeto y la promoción de la dignidad de la persona humana.

La promoción de una política social no debe estar sustentada, como ahora, en una compasión que priva al ser humano de su pleno desarrollo y hasta de su vida. Qué sentido tiene vivir en una “zona de paz” cuando finalmente se consigue la muerte. Cuán digna puede ser la vida cuando ha de pasarse horas en interminables colas para relativamente abastecerse de alimentos y medicinas.

Una política social debe promover la expansión de las capacidades humanas, indispensable para el fomento del desarrollo individual y de su liberación definitiva de la pobreza que, en definitiva, contribuirá al fortalecimiento de toda la colectividad.

 

 

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