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“Aldemaro y otros Romero” por Claudio Nazoa

“Aldemaro y otros Romero” por  Claudio Nazoa


 Claudio Nazoa / @claudionazoa.

Jorgita Rodríguez, la más talentosa, sexy y voluptuosa productora de Venezuela, Tania Sarabia, Leonardo Padrón y yo acabamos de regresar de una gira por Estados Unidos, y aunque no es de eso de lo que hoy quiero hablar, de alguna forma, tiene que ver con lo que leerán.

Tuve la fortuna de hospedarme en una casa que creo haber soñado. Era tan bella que sentía miedo de dormir y de despertar en otro sitio.

Cuando viajo no me gusta llegar a casa de amigos, quienes por compromiso te ofrecen hospedaje con la esperanza de que uno diga que no. A mí, por ejemplo, me encanta que mis invitados se vayan rapidito y es porque en cierta ocasión cometí el error de decirle a Tania: “esta es tu casa”. Ella lo tomó literal. Se apoderó de uno de los cuartos y hasta el día de hoy no ha habido forma ni manera de sacarla. Pero de eso tampoco quiero hablar.

El artículo no me está saliendo. Lo intentaré de nuevo.

La casa en la cual me hospedé pertenece a la excelsa escritora Mariela Romero, hija de Rosalía Romero, sobrina del editor Godofredo Romero, prima del actor y locutor Rafael Romero y sobrina, además, del único músico del mundo: Aldemaro Romero. ¡Qué familia tan rara esta, donde nadie ha nacido pendejo!

Mariela Romero es un ser de otro planeta. Parece que todo lo sabe aunque no tenga la razón. Suele pasear frente a un lago misterioso que es en realidad el patio de su casa. Lo hace ataviada con rarísima indumentaria que asemeja a los trajes de la reina Isabel de Castilla, esposa de Fernando y madre de Tania la Loca.

Como si ese elegante y extravagante porte no fuera suficiente, un extraño perro, negro y mudo, la sigue a todas partes. El rarísimo animal hace como si ladrara, pero no se le oye el guau, guau.

Una noche de luna llena, frente al lago, Mariela y yo disfrutábamos de una botella de champagne Krug brut. Tomé su frágil mano mientras escuchábamos “De Repente” en Onda Nueva. Nos tumbamos sobre la grama. Nos miramos fijamente. Acercamos los rostros, quizás demasiado. Las copas, rebosantes de burbujas, parecían bullir excitadas. El perro ladraba pero no se escuchaba. Sus ojos penetrantes (los de Mariela) se acercaron con demoníacas intensiones.

Yo, trémulo, balbuceé:

—Mariela…

Ella dejó caer la copa y sus carnosos labios tintos en sangre respondieron con inocencia compulsiva:

—¿¿¿Quééé…???

Mirándola más intensamente, susurré:

—La verdad… es una lástima que ninguno de los Romero haya sido o sea el presidente de Venezuela.

El Nacional, 13 de julio de 2015

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