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“Allí está el detalle” por Miguel Ángel Latouche

“Allí está el detalle” por  Miguel Ángel Latouche


Miguel Ángel Latouche/@miglatouche.

El discurso democrático hace de los ciudadanos sujetos equivalentes, les proporciona igualdad. Todos somos iguales ante la Ley. Esa igualdad se pone de manifiesto en la imparcialidad con la que los Tribunales deben atender nuestros requerimientos, en el trato equivalente que debe prestarnos la administración, en el reconocimiento de nuestra capacidad para generar demandas y participar en la toma de decisiones, actuar como sujetos plenos en el ámbito público, generar discursos y manifestarlos públicamente y, en general, en el derecho que tenemos para intervenir en la actividad política.

Si uno fuese a observar la situación venezolana contemporánea, tendría que concluir que aquellas cosas que definen los contenidos de la vida democrática se encuentran sometidos a limitaciones muy importantes. Por una parte, nos encontramos con dificultades para acceder a información pública, con medios de comunicación cercados por las dinámicas del poder, por un deterioro en el bienestar que limita nuestra presencia pública, por una imposición de la censura.

Nos encontramos, por otra parte, con un debilitamiento manifiesto del Estado de Derecho, con dudas sobre la imparcialidad en la administración de la justicia, con la monopolización del discurso público, con el uso indebido de la fuerza pública en contra de la ciudadanía. Estamos en presencia de un autoritarismo de nuevo cuño que ha hecho mermar de manera manifiesta y sistemática en ámbito de funcionamiento de la ciudadanía sometiéndola por el hambre y la necesidad que se imponen a través de una lógica clientelar cuyas mejores manifestaciones son las misiones y, más recientemente, los CLAP.

Todo esto es ya de por sí grave. El asunto se hace mucho peor cuando pensamos que la capacidad de la ciudadanía para resguardar la soberanía popular, en un sistema de gobierno que se califica a sí mismo de protagónico y participativo, se ve limitada a través del secuestro de los procesos electorales.

Sin lugar a dudas las elecciones nos igualan: ‘un hombre, un voto’, dice el aforismo. Al momento de determinar nuestra preferencia electoral somos todos verdaderamente equivalentes, pesamos exactamente lo mismo. De allí que sea tan importante que las elecciones se realicen regularmente, que las mismas se hagan con reglas de juego claras, que no existan dudas acerca de la imparcialidad del árbitro ni restricciones indebidas que limiten la capacidad del elector para manifestarse.

La sociedad democrática solo puede florecer bajo la fundamentación de la igualdad de los ciudadanos, en el sentido antes señalado, y la existencia y aceptación de una pluralidad de valores e intereses que se ponen de manifiesto para enriquecer la vida en común. Se trata en el primer caso de una igualdad recíproca y respetuosa y en el segundo de la existencia de un respeto que valida la diversidad, que la acepta y la pondera positivamente, bajo el marco de protección del funcionamiento adecuado del Estado de Derecho, que la auspicia a través del discurso público y que tiene su fundamentación en el reconocimiento recíproco que los ciudadanos hacen de sus diferencias y en el reconocimiento de los derechos de cada uno.

Se trata de la construcción de una moralidad que permite la convivencia colectiva, que se impone como un mecanismo de protección que implica la restricción del deseo y que permite la convivencia en el contexto del reconocimiento del otro, en un marco de igualdad, y de sus derechos, así como del cumplimiento de nuestros deberes. Uno entiende que evaluar la democracia venezolana bajo estos parámetros la deja muy mal parada.

Lo peor de todo está referido a las limitaciones impuestas al ejercicio electoral. Las condiciones absurdas e indebidas para el RR se nos muestran como una manera grosera de evitar un revés electoral que, según todas las encuestas, dejaría fuera a quienes ejercen el poder. Lo mismo sucede con lo referido a las elecciones de Gobernadores.

Las elecciones se han vuelto un fardo para quienes gobiernan; lo es porque las preferencias electorales han cambiado. El problema es que se escamotea la posibilidad constitucional de abrir el tema a la discusión y dirimirlo en las urnas electorales y no en confrontación abierta. Solicitar que se realicen elecciones no es un acto de golpismo. No lo es protestar para que se le permita a la gente manifestarse electoralmente. Tampoco lo es reclamar el cumplimiento de nuestros derechos en la calle y a viva voz.

Solo garantizando una agenda electoral clara se puede restituir el funcionamiento pleno de la democracia, si esta no existe, como en efecto parece no existir, debemos establecer nuevas categorías para evaluar y calificar la naturaleza política del Socialismo del Siglo XXI. Como diría Cantinflas: “Allí está el detalle”

Tal Cual, 02 de octubre de 2016

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