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“Argumentos “a la carta”” por Mibelis Acevedo Donís

“Argumentos “a la carta”” por  Mibelis Acevedo Donís


Mibelis Acevedo Donís / @Mibelis.

Nadan frescas en la memoria las imágenes de un presidente Chávez en cadena nacional, siempre al borde de un caprichoso arresto cuyo corolario nunca sabíamos a dónde conduciría. Desde la dispendiosa creación de un cónclave regional sin objetivo alguno, como la Celac ; pasando por la temporada de expropiaciones al voleo, hasta la demostración de que también el tiempo estaba bajo el control del caudillo, -el cambio de huso horario que evitaría que los niños fuesen “a la escuela casi con el tetero en la boca”- todo podía ocurrir en esta suerte de chacota orwelliana (el “New York Times” comparaba nuestras peripecias con la escena del film “Bananas”, de Woody Allen, en la que “un revolucionario convertido en presidente de un país latinoamericano anuncia que a partir de ese momento “la ropa interior se usará por fuera”). A expensas de la todopoderosa voluntad del gobernante, uno que admitía que “no me importa que me digan loco”, vimos cómo el desiderátum trocaba en ley: algo que marcó la impronta del régimen. El escenario de debilitamiento de las instituciones democráticas y la complicidad discursiva de su entourage, parecían dar razones al Comandante Eterno para asegurar, como dicen que hizo Luis XIV, “L’État, c’est moi”.

 

Tales alardes de fuerza cunden en los sistemas autoritarios, fruto de la exagerada acumulación de poder en escenarios de no-alternancia. Pero la desmesura de ciertos regentes, una hybris frenética que los lleva a confundir el territorio que administran con un feudo de su propiedad  (“Dios en el cielo, Trujillo en la Tierra”, decían en República Dominicana durante el atroz mandato de Leonidas Trujillo) es rasgo que se amarra a otra constante: la connivencia intelectual de quienes se prestan a justificar cada una de esas compulsivas movidas. Todo líder autoritario precisa de una corte de intelectuales à la carte, académicos o juristas capaces de proveer algún andamiaje “lógico” -no importa cuán turbia sea su construcción- a la noción que sólo atiende al envite de las vísceras. Triste sino: estar obligados a convertir la alquimia en química, la superchería en liturgia, a digerir y argumentar el dislate que cobra caótico albedrío frente a sus narices.

 

A la labor de esta sospechosa estirpe, la del intelectual al servicio del poder, se enlaza una tragedia: pues la razón es capaz de enaltecer los peores horrores. Si como decía Platón, el conocimiento es la “creencia verdadera y justificada”, disponer de esa justificación epistémica resulta indispensable para que las creencias sean consideradas socialmente válidas. Justificar es entonces una vía que permitiría legitimar incluso lo absurdo, lo indigno, lo fraudulento, lo ilegítimo. No por accidente un pueblo culto como el alemán terminó seducido por las “razones” que Goebbels, en su afán de construir la nueva moral alemana, esgrimía para apoyar el exterminio judío. Su absoluta devoción a Hitler (de quien escribió: “Tiene todo para ser rey. Nacido del pueblo. El próximo dictador”) fue motivo suficiente para secundar la locura. Pero lo que resulta en cooperación con el mal según el ilustre dominicano Jimenes-Grullón (feroz crítico de la pleitesía que una vasta y prestigiosa intelectualidad de su país rindió al dictador Trujillo) parece evocar, en terrenos de la izquierda ortodoxa, la labor del “intelectual orgánico” de Gramsci: un organizador de la coerción, portador de la función hegemónica que ejerce la clase dominante, a quien toca justificar la superestructura político-ideológica del Estado para asegurar el consentimiento de las clases dominadas; aquel intelectual, en fin, dispuesto a servir a una causa política. En ello, claro, germina una miseria: perder la autonomía, hipotecar idea y nervio, ser rehén del poder. Y en el caso de la Venezuela del chavismo, convertirse incluso en alguien capaz de ver en la corrupción, la mengua o la inseguridad simples daños colaterales, cuando la supervivencia de la revolución está en juego.

 

Sí: al oír a Maduro proponer al solícito ministro de Comunicación que “borremos de nuestro lenguaje la palabra adolescente”, es inevitable recordar la tarea que a pedido de Chávez emprendió el profesor universitario y exministro Héctor Navarro, para justificar el cambio del huso horario en 2007. “El efecto de activación que ejercen sobre el metabolismo las primeras luces del día”: primoroso ejercicio de orfebrería persuasiva, que acabó en la basura cuando la realidad obligó a purgar el entuerto. Asimismo, el abogado constitucionalista Jesús Faría hoy afirma que la AN se “autodisolvió” al desacatar la decisión de la Sala Constitucional de desincorporar a los diputados de Amazonas; todo para excusar la aprobación del Presupuesto 2017 vía Decreto de Emergencia Económica… ¿o creerán a estas alturas del desamor que la fechoría argumental no es obvia?

 

A santo de eso, decimos junto con el filósofo Bernard Henri-Lévy: Al pueblo, estos intelectuales orgánicos “le importan una higa; cuando este se indigna, nunca es bajo sus directrices”.

 

El Universal, 10 de octubre de 2016

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