Visión Global

“Aylwin y la transición en Chile (1)” por Alejandro Arratia Guillermo

“Aylwin y la transición en Chile (1)” por Alejandro Arratia Guillermo


Alejandro Arratia Guillermo @ib_americanos_

Patricio Aylwin falleció el martes 19 de abril 2016, a los 97 años. Aylwin permaneció en Chile promoviendo acciones legales contra Pinochet. En un seminario (julio 1984) con representación de la elite política e intelectual, e ideológicamente plural, expuso la tesis de eludir el tema de la legitimidad, con lo cual modificaba la perspectiva que hasta el momento se tenía de la transición. Explico porque debía aceptarse el traslado de un régimen dictatorial a su contrario democrático con aceptación parcial de la normativa oficial. A finales de 1980 Pinochet había perdido la mayoría de la sustentación nacional e internacional, lo cual facilitó las negociaciones. La dictadura tuvo que claudicar.

 

Patricio Aylwin (26 de noviembre 1918) falleció el martes 19 de abril 2016 a los 97 años. Los funerales de jefe de Estado duraron cuatro días y fue objeto de reconocimiento y honores de (casi) toda la sociedad chilena. En su prolongada vida acumuló densa formación política y experiencia en cargos estatales; entre ellos, Fiscal de la Contraloría General de la República (1967) y Presidente del Senado (1971-1972). En la condición de jefe de la Democracia Cristiana lideró la oposición al gobierno de Salvador Allende. Derrocado Allende, Aylwin permaneció en Chile promoviendo acciones pacíficas dirigidas a rescatar la democracia. Las actividades se desarrollaban ocupando espacios de opinión y organización en el azaroso y estrecho marco “legal” tolerado por la dictadura.

La vida de Patricio Aylwin es inmanente al devenir político contemporáneo de Chile. Conocer actitud y actividades públicas entre 1970 y 1994 es forma expedita de entender las vicisitudes de esa etapa. Opuesto a la deriva marxista del gobierno de Allende y adalid del “camino propio”, ejerció una política contraria a cualquier avenimiento con la izquierda. Si queremos comprender su comportamiento, hay que ubicarse en el contexto: la votación del congreso a favor de Allende contra Jorge Alessandri -Aylwin fue uno de los redactores- se logra por el acuerdo del Estatuto de Garantías Constitucionales, que comprendía nueve reformas para preservar la democracia. La Unidad Popular discutió y aceptó las reformas, luego aprobadas por el Congreso, pero incumplieron su palabra.

En la dictadura militar es bien conocido que el grupo de jóvenes economistas conocidos como “Chicago Boys” implantó un plan económico de libre mercado, apertura comercial y reducción de los poderes del Estado, que logró afianzarse hacia 1977. Las medidas no podían quedar amuralladas, como si fuesen manipulaciones de laboratorio; impactaron en la población y en las relaciones Estado–Sociedad. La fórmula exitosa tenía base débiles y no fue capaz de resistir la recesión mundial de 1980 [Crisis de la deuda, la llamada “década perdida de América Latina”]. Con la finalidad de contener la cesantía, el gobierno creó dos programas especiales de empleo. El régimen seguía siendo autoritario, pero sin comparación con los años iniciales de implacable represión.

Pinochet estaba obligado a cierta tolerancia, a desenvolverse en un clima poco propicio al uso de sus métodos peculiares. En ese ambiente, se produjeron reacomodos de la oposición. El 21 de julio 1978, Patricio Aylwin promovió la organización de veinticuatro juristas y personalidades para conformar el Grupo de Estudios Constitucionales o Grupo de los 24, con la finalidad de crear un proyecto de Constitución Democrática alternativo al anteproyecto de Constitución Política del régimen. El propósito fundacional no se cumplió, sin embargo, la existencia de ese centro de referencia estimuló acciones populares como los Cabildos Abiertos de la región de Magallanes. Las reflexiones del Grupo de Estudios fueron utilizadas en las reformas a la constitución de Pinochet a partir de 1989.

Observemos el valioso caso de utilización de las oportunidades: el Instituto Chileno de Estudios Humanísticos (ICHEH) organizó un seminario los días 27 y 28 de julio 1984 con el académico título: “Un sistema jurídico-político constitucional para Chile”. A juzgar por el propósito expreso los asistentes deberían ser un selecto grupo de jurisconsultos; sin embargo, la asistencia al hotel Tupahue superó las doscientas personas representativas de la elite intelectual y política. El dialogo entre las tendencias no era lo característico en la época, pero allí participaron ex ministros y senadores de Allende, radicales, democratacristianos, socialistas renovadores, partidarios del gobierno; en síntesis, las diversas caras del oficialismo y de la oposición.

El seminario estaba dividido en tres mesas de trabajo. La tercera abordó la cuestión que preocupaba a todos y justificaba el encuentro: Una salida jurídica política para Chile. Patricio Aylwin intervino y, por primera vez, expuso la tesis de eludir deliberadamente el tema de la legitimidad, con lo cual modificaba la perspectiva que hasta el momento se tenía de la transición. Propuso el traslado de un régimen dictatorial a su contrario democrático con aceptación parcial de la normativa oficial entonces vigente.
“Ni yo puedo pretender que el General Pinochet reconozca que su Constitución es ilegítima, ni él puede exigirme que yo la reconozca como legítima. La única ventaja que él tiene sobre mí, a este respecto, es que esa Constitución ―me guste o no― está rigiendo. Este es un hecho que forma parte de la realidad y que yo acato”.

Aylwin había iniciado el discurso dejando constancia del estado de la polémica ente los demócratas –“una torre de Babel” fue el calificativo- y la alternativa a la que estaban enfrentados, guerra civil o solución pacífica, la paz o la violencia con todas sus consecuencias fortuitas e imprevisibles. Cronistas de la dinámica del seminario coinciden en relatar -a veces con un interesante toque ficcional que busca trasmitir las emociones de aquella tarde memorable- el impacto producido por las palabras de Aylwin. El cambio constitucional exige un contexto amplio en el cual realizarse. Aylwin asumió el riesgo pragmático de rechazar la discusión inmediata de la Constitución de Pinochet, había que esperar las condiciones adecuadas para atacar tal limitación. Esas eran las reglas del juego.

A finales de 1980, la dictadura, particularmente el dictador, quedaron sin apoyo suficiente nacional e internacional, ni alternativa razonable para mantener el dominio del país; las condiciones favorables permitieron la negociación con el régimen militar y los sectores civiles afines. La dictadura claudicó (también es cierto, que en la transacción obtuvieron clausulas favorables dirigidas a garantizar la impunidad, el tutelaje y soportes para la reconquista). Los negociadores del lado democrático –los más pragmáticos, como Patricio Aylwin- validaron la ruta convencidos de su utilidad para desmontar el control castrense y consolidar la democracia. Seis elecciones libres, la alternabilidad, la autonomía de los poderes legislativo y judicial confirman el acierto.

 

De los libros


En la mañana del 19 [septiembre 1990], el gobierno ya conoce sus riesgos. Su director de Organizaciones Civiles, Enzo Pistacchio, ha recibido apenas 800 de las 5.000 entradas para las tribunas.
Por eso no hay mucha extrañeza, aunque si una irritación incontenible, cuando las pifias reciben el ingreso del Presidente y del ministro de la Defensa a la elipse del Parque O’ Higgins. Hasta la señora del Presidente, Leonor Oyarzún, se lleva su rechifla individual.
Instalados en el medio de un estrado hostil, pero forzados a preservar la dignidad del Estado, los hombres del gobierno soportan a pie firme la denigración de su primera Parada: Rojas [ministro de la Defensa] ya piensa en la cabeza del brigadier general Parera.
Entonces viene el momento en que el jefe de las fuerzas debe pedir permiso al Presidente para iniciar la Parada.
Parera llega en tenida de desfile, enhiesto sobre el jeep, hasta el frente de la tribuna oficial. Se baja y avanza. Se cuadra. No se sabe a quién mira. Aylwin queda con la impresión de que no es a él. Más tarde, en los corrillos militares se comentará que el hombre no despegó la vista de su general Pinochet.
En cualquier caso, no abre la boca. No mueve los labios. No pide permiso.
Se vuelve e inicia la Parada. Su destino queda sellado.
En la tribuna los músculos se tensan.
Cuando el acto concluye, el general Pinochet se despide de todas las autoridades y se dispone a salir. Sorpresivamente lo detiene el director de Protocolo, Carlos Klammer:
-General, usted sale después del Presidente, el ministro de Defensa y el presidente del Senado.
-No me venga a enseñar usted de protocolo –replica Pinochet, sorprendido y molesto.
-El director de Protocolo soy yo –dice Klammer, con impasible temeridad.
Esa tarde, Pinochet extrema los gestos. En plena Alameda, frente al edificio de las Fuerzas Armadas y frente a la Llama de la Libertad, contempla desde el estrado el paso de las tropas que regresan del desfile: las aclamaciones lo circundan.
Al frente, en La Moneda, los ministros divisan el acto como una última provocación. El Presidente toma el té con el gabinete y sus esposas, una costumbre que se repetirá en los años siguientes para esta misma fecha.
Hay una decisión pendiente: en la noche se realiza el cóctel del día del Ejército en Lo Curro. Aunque ya comprometió su asistencia, ¿debe ir el Presidente después de lo que ha pasado? Las voces ministeriales se alzan como un coro: no, por ningún motivo.
Esa noche Pinochet debe saludar, como representante del Presidente, al estoico ministro de la Defensa, que ya se sabe el hombre menos querido de la fiesta. (pp. 52-53)

 

Ascanio Cavallo (1998): LA HISTORIA OCULTA DE LA TRANSICIÓN. Grijalbo. Chile

Atras
Visión Global

2013 © Visión Global. Todos los derechos reservados. Contacto: visionglobal.info@gmail.com - visionglobal.ventas@gmail.com - Teléfono: 0212 4186529