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“Borgman” por Fernando Mires

“Borgman” por Fernando Mires


Fernando Mires / @FernandoMiresOl

¿Qué respondería usted a un vago si aparece en la puerta de su casa y le pide con muy buenos modales que le permita darse un baño? Así comienza el filme Borgman (Holanda 2013, dirigido por Alex van Warmerdam)
No voy a decir que es una gran película. Tampoco intentaré escribir una crítica de cine. Solo constataré que hay filmes que por una u otra razón te dejan grabadas sus imágenes en la mente. A ese tipo pertenece Borgman.
El argumento de Borgman (Jan Bijvoet) no es original. La destrucción de un orden familiar como consecuencia del aparecimiento de fuerzas malignas lo hemos visto en otras ocasiones. Basta recordar Teorema de Passolini, La Ceremonia de Chabrol y sobre todo, Viridiana de Buñuel, película de la cual Borgman parece ser, por momentos, un remake post-moderno.
La imagen del vago solicitando que le permitan darse un baño, es poderosa. Como poderosas son las imágenes que muestran al vago saliendo a la superficie desde un agujero cavado en la tierra. Lo mismo con los otros vagos que emergen para comunicarse entre sí, frente al peligro de la persecución iniciada por habitantes “decentes” dirigidos por un sacerdote armado con una escopeta. La fuerza de las imágenes reside, como puede suponerse, en la tendencia simbólica del filme. Digamos mejor: metafórica.
De acuerdo a su sentido o intención Borgman es un filme tridimensional.
La primera dimensión, con cierta carga teológica, aparece reflejada en la emergencia de las fuerzas ocultas del mal. La segunda en la clásica dicotomía psicoanalítica representada en los planos de lo consciente y de lo inconsciente. La tercera, si se quiere política, en la rebelión de los marginales que destruyen los pilares del orden social, cultural, y en el caso de la película, familiar. Como suele ocurrir en la vida cotidiana, esas tres dimensiones no aparecen en el filme en planos superpuestos sino más bien a través de líneas entrecruzadas
La lucha encabezada por un sacerdote armado en contra de las fuerzas ocultas del mal corresponde a la clásica tradición legada por San Pablo, fundador del cristianismo. Lo que da sentido al pensamiento de Cristo, según el profundo apóstol judío, es la idea del Anticristo. El aparecimiento del mal hace necesario al bien.
El bien, si seguimos la dialéctica paulina, se sostiene sobre la existencia del mal. Sin el mal no habría bien. La propuesta de Pablo es en ese punto radical y militante. Solo se puede ser cristiano en la lucha (agonía) en contra del mal (Segunda Carta a los Tesalonicenses). Porque si el mal se impone -entendido el mal como la ausencia de Cristo-Dios, esto es, como el vacío de bien – el infierno se impone al cielo sobre la tierra. Y efectivamente, eso fue lo que sucedió en el filme Borgman. Las fuerzas del infierno se apoderaron de la representación micro-social del orden moderno: una muy vulgar familia de clase media acomodada.
De acuerdo a la dimensión psicoanalítica en cambio, las fuerzas profundas que nos acosan no pueden ser la representación del mal (las categorías morales y religiosas no tienen nada que hacer en el psicoanálisis) sino –en este punto seguimos las enseñanzas del “apóstol” Freud- del inconsciente, del Ello, y no por último, del impulso hacia la muerte anidado en cada mortal por el solo hecho de ser mortal. Esas tres fuerzas se hacen presentes en la familia asediada por Borgman.
El inconsciente, sobre todo el inconsciente sexual reprimido, se articula en la madre de la familia atraída irremediablemente por Borgman. El Ello -es decir, todo lo que no es Yo en uno- en los niños y en la “nani”, quienes terminan siendo integrados en la pandilla subterránea. El Sobre-Yo, cruel y dictatorial, en el padre. Efectivamente, el ensañamiento de la pandilla es en cierto modo una respuesta a la brutalidad utilizada por el padre al haber golpeado salvajemente a Borgman.
Observando a la segunda dimensión es imposible no captar, además, un leve tono lacaniano. Pues una de las diferencias implícitas entre el pensamiento de Freud y Lacan es que para el primero el inconsciente es caótico y para el segundo obedece a un orden impuesto por el deseo (de ser). Mientras para Freud el inconsciente es analfabeto, para Lacan es gramatical y, por lo tanto, discursivo. Así es también en el filme.
A diferencias con la Viridiana de Buñuel, cuyos mendigos actúan de acuerdo al llamado de impulsos destructivos, los vagabundos de Borgman se ajustan a un plan sistemático, perfectamente organizado y abiertamente pre-meditado. Según esa interpretación, los hombres subterráneos logran imponerse no por carecer de un orden sino por ser representantes de un orden más inteligente y complejo que el de la familia burguesa. Imposible en este punto no hacer la conexión entre el asalto progresivo a la familia con ese “asalto a la razón” (Georg Lukács) escenificado durante el advenimiento del fascismo en Europa durante los años treinta y cuarenta del pasado siglo.
¿Cómo pudo ser posible que en dos de los países más cultos de Europa, Alemania e Italia, las masas se hayan sentido atraídas por dos ridículos bufones, abrazado doctrinas sin sustento ni base y desatado odios en contra de pueblos completos hasta el punto de plegarse a los aniquilamientos masivos? Todavía la pregunta no encuentra una respuesta adecuada. Pero por lo menos filmes como Borgman nos entregan algunas pistas.
Una pista ya está dada: es la enorme capacidad organizativa de la masa sub-política sin Dios ni Ley. Ella se hace presente en nuestra realidad no en agujeros cavados en bosques como en la película Borgman. Tal como ocurre en cada uno de nosotros, lo inconsciente no está necesariamente “abajo”. En las ciudades, el inconsciente colectivo, representado a veces en esa masa humana que no está en condiciones de expresarse por sí misma, puede también estar situado arriba, en los cerros. Otras veces en las afueras, en las orillas. También puede asumir formas transversales, cordones de miseria que atraviesan las ciudades de punta a cabo.
Lo reprimido, lo excluido, lo monstruoso, en fin, lo inconsciente, puede estar en todas partes: fuera, dentro y entre nosotros.
En la vida política suele suceder, cada cierto tiempo, que algún demagogo enfervorizado, interpela a esas masas anónimas y las organiza bajo el dictado de su razón, tal como hacía Borgman con su pandilla. Ahí ha llegado, dicen los sociólogos, la hora del populismo en todas sus múltiples expresiones. Los filósofos niztscheanos nos hablan del regreso de la barbarie, los orteguianos de la rebelión de las masas, los arendtianos de la desintegración de “la sociedad de clases”, los teólogos de izquierda del pueblo redentor, los marxistas ortodoxos de “lumpenización”. Durkheim nos hablaba de la anomia. Como sea, cuando las masas inician su retirada para retornar al inconsciente suburbano desde donde llegaron, el espectáculo que dejan detrás de sí será siempre el mismo: ciudades arrasadas, edificios mal olientes, suciedad, delincuencia, promiscuidad, drogas.
Para que surja un fenómeno como el fascismo se precisan dos condiciones. Por una parte una masa verticalmente organizada. Por otra -es lo que ocurre con la familia asaltada por Borgman y su pandilla- una muy débil formación en la estructura del carácter ciudadano.
En el país donde yo vivo veo salir nuevamente desde sus madrigueras a turbas organizadas, esta vez en partidos y asociaciones racistas. Veo proclamar a los intelectuales xenófobos la inferioridad de otras culturas y, siguiendo el ejemplo de gobernantes húngaros y polacos, veo a políticos exigir la supresión de la libertad de culto en nombre de futuras repúblicas “neo-cristianas y anti-islámicas”. Veo que el “enemigo” de hoy ya no es Jacobo o Isaac sino Alí o Mustafá. Veo la revuelta de los ignorantes, de los resentidos, de los acomplejados e incultos en contra de un chivo expiatorio formado por multitudes de aterrados huyendo de guerras y masacres innombrables. Veo a cabaretistas insultar en la televisión a políticos turcos, hasta ahora aliados estratégicos, y tratarlos de violadores de niñas, abusadores sexuales de infantes y fornicadores de animales. Y veo a casi toda la prensa aplaudir a los difamadores como si se tratara de héroes de guerra. Veo a los políticos de los partidos demócratas enredarse en sus palabras, incapaces de decir las cosas por su nombre para no perder un par de votos. Y veo por todas partes a Borgman.
¿Habrá aprendido este pueblo la lección legada por la historia? “Por supuesto que sí” -respondo a un interlocutor.- “Las reservas democráticas de la nación alemana son hoy muy fuertes. Esta vez no pasarán”.
Sin embargo, observo -y no sin cierta angustia- que el tono de mi voz hoy no suena demasiado convincente. He visto a Borgman.

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