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“Ciudadanos Libres de Toda Sospecha”, Jean Maninat

“Ciudadanos Libres de Toda Sospecha”, Jean Maninat


Jean Maninat / @jeanmaninat

En 1970 el director de cine Elio Petri estrenó la primera entrega de su trilogía del poder, Investigación de un ciudadano libre de toda sospecha, protagonizada por Jean María Volonté y Florinda Bolkan, con la cual ganó el Gran Premio del Jurado del Festival de Cannes y el Oscar a la mejor película extranjera. Eran tiempos de un cine “comprometido” según la jerga progresista de entonces. Sin embargo, Petri, militante del Partido Comunista de Italia (PCI), aún siendo un ideólogo del cine de denuncia, lo hizo sin caer – todo lo contrario- en la chambonería ideologizante que exigía la etiqueta de izquierda europea.

La película aborda el tema, como su título indica, de la impunidad que se trenza en ciertos círculos de poder en base a una red de intereses semiocultos -todo el mundo sabe lo que hace el otro- que convierte a cada quien en espaldero de cada cual. La trama narra la historia de un comisario de policía (Volonté) quien asesina a su amante y pese a confesar su crimen, sus pares en la fuerza deciden no inculparlo para no dañar el prestigio de una institución de por sí ya muy maltrecha. La justificación que recorre, como una bruma, los descargos es que están en lucha por salvar el modo de vida italiano, el catolicismo, la cultura occidental aposentada en Roma, amenazada  por el enemigo externo de la insurgencia social alentada por el bolchevismo. In saecula saeculorum el enemigo interno, la amenaza que camina disfrazada entre nosotros, el vecino peligroso, como subterfugio para reprimir la disidencia, perseguir los “diferentes”, los enemigos del sistema guardián de todo lo bueno y martirio de todo lo malo.

Nuestros guardianes rojos no tienen nada que custodiar como no sea su apego al poder, su gusto por el oropel que tanto los deslumbra, el nepotismo que fabrica funcionarios para llenar las arcas de la familia, los contratos millonarios asignados a dedo, el “¿y cómo quedo yo en todo eso?, a modo de santo y seña de la gestión de los bienes públicos.  El saqueo de una nación a troche y moche, su desmantelamiento: una pesadilla salvaje soñada por un bárbaro difunto.

Los jerarcas rojos presienten la magnitud del desvarío, la dimensión del desastre que han convocado, saben que no hay arca que los resguarde del diluvio que se les viene encima. Lo comentan los antiguos valedores a sus espaldas, se lo huelen en el abrazo flojo de sus mentores antillanos, en las palmaditas displicentes en el hombro que les otorgan sus pares del Alba, en las miradas sospechosas de sus acreedores asiáticos. De allí el miedo, la amenaza constante, la desconfianza; se arremolinan sobre sí mismos, se protegen entre ellos con las dagas que, de otra manera, hubieran guardado en las costillas del “camarada” sentado al lado en el podium del congreso del Partido.

De allí el terror que quieren imponer. Nadie, salvo ellos y sus allegados, está libre de toda sospecha. Por eso amedrentan, citan en los juzgados, se ensañan en un preso inocente y enfermo con más de nueve años tras las rejas; y dejan en la cárcel, injustamente, a un líder joven, cándido y ambicioso. Ordenan el cierre de programas de televisión y quisieran que la radio emitiera sin volumen. Y coleccionan estudiantes presos y mancillados por la brutal represión militar sin que les remuerda el cántico de sus años mozos: “las calles son del pueblo, no de la policía”.

Están cada día más solos, y más furiosos. Hacen agua por todos lados, navegando en la chatarra que se empeñaron en construir. Son mandamases autodeclarados libres de toda sospecha, hasta nuevo aviso democrático.

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