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“¿Creer o no creer?” por Mibelis Acevedo Donís

“¿Creer o no creer?” por Mibelis Acevedo Donís


 Mibelis Acevedo Donís / @Mibelis.

No se disipa el recuerdo entrañable de mi abuelo, afeitado y trajeado como para principal diligencia, esperando en el zaguán de la casa familiar a que despuntaran las primeras luces: esa era señal para lanzarse a la calle e inaugurar la cola de votantes que recién convocaba la escuela cercana. Ni siquiera cuando sobrevino la hemiplejia y su capacidad de movimiento quedó amarrada para siempre al bastón, ni cuando la promesa de la democracia comenzó a perder sus candelas, mi abuelo -hijo de inmigrantes españoles de la posguerra; hombre de acción y pocas quejas- dejó de honrar esa tradición. Abstenerse no era opción para quien fue testigo de la conquista de libertades ciudadanas tras la caída de Pérez Jiménez, en un país donde entonces muchos querían, pero no todos creían que “era posible vivir de otra manera”.
No tuvo tiempo mi abuelo de presenciar lo que vino con el declive de la castigada República Civil: el confinamiento a saco de abandonos de muchas intenciones y logros luminosos de los años de lucha democrática, el deterioro que comprometió la credibilidad de dirigentes e instituciones, la amenaza real contra la estabilidad de un gobierno, la desconfianza que se tradujo en antipolítica, apatía, frustración y desesperanza; la “abstención histórica” que algunos estudiosos traducen como forma de protesta o coyuntural desafección por la democracia (Torcal-Moreno) y cuyas levantiscas aguas trajeron estos lodos. Así, en los últimos tiempos hemos tenido que trajinar con la rémora de ese incierto, ineficiente reclamo, esa desafección (a menudo vinculada con la rústica noción de una democracia utilitaria) justo cuando la situación invita más que nunca a la participación ciudadana, pacífica y constitucional, en cualquiera de sus formas. ¿Cómo olvidar, por ejemplo, la abstención (absurdamente convocada) de cerca del 80% en proceso crucial como la elección de diputados a la AN en 2005, y sus nefastas consecuencias para el equilibrio de las fuerzas políticas en el país?

Pero como un terco duende que nos alienta a abrazar las mismas piedras con las que ya tropezamos, la abstención -y su trapacero auspicio en lides de la oposición, esa suerte de Cinismo Ilustrado que supone la negación de todo- insiste en acosarnos. Seguramente, las razones para la no-participación lucen dramáticas: la desconfianza hacia las instituciones, en particular el CNE; un sistema electoral al servicio de la poderosa maquinaria del PSUV; la supuesta inacción de los partidos de la MUD y el descontento respecto a sus líderes, saltan constantemente a la arena de discusión cuando se trata de desestimar el voto. Paradójicamente, un régimen sostenido en la oferta de evolución de un modelo de representatividad a otro “participativo y protagónico” (participación que, convenientemente, se da al margen de las instituciones de la democracia representativa) ha ido anulando las opciones de quienes lo adversan, desmovilizando emocionalmente al opositor por todas las vías y sembrando la perversa idea de que “hagan lo hagan, nada va a cambiar”. Como señalaba William Dobson al referirse a Chávez, la estrategia oficial es “cortejar el caos”.Pero he allí un llamativo nudo que nos alerta: ¿a quién, en primer lugar, favorecerá la abstención, entendiendo que el actual gerrymandering castiga a las minorías? ¿A quién perjudicaría el masivo cobro del voto castigo, considerando los niveles de rechazo a la gestión de gobierno? ¿A quién entonces, siguiendo la línea de guerra permanente, interesa paralizar al adversario, dividirlo, atemorizarlo, hundirlo en la inercia que supone el desvanecimiento de su identidad ciudadana; convencerlo, en fin, de que “no se puede”?

La respuesta luce obvia. La lógica de la abstención (“si votas, así sea en contra del régimen, lo estás apoyando”) termina proponiendo un sinsentido, más si como nos recuerda Francisco Monaldi, mientras la intención de voto del chavismo es del 30-33% “los candidatos de la MUD tienen un apoyo que ronda el 55-59%”  (Datanálisis); o sea, que si la oposición unida obtuviese más de 53% de los votos eso se traduciría en mayoría de diputados. En paisaje rebosante de “condiciones objetivas” a favor del cambio, pareciera que quienes promueven ideas como las de “salvar el voto” para no convalidar ventajismos, evitar falsas promesas o expresar rechazo por el sistema y los líderes visibles, no advierten que, a pesar de que el reclamo de condiciones equitativas es del todo legítima, justo en ese desequilibrio el gobierno ve una oportunidad que en tan comprometida circunstancia, no está dispuesto a perder.

La idea de resistir es creer, porfiar “a pesar de”. No votar sólo supone obstruir una vía que en este momento resulta decisivo reabrir y transitar. Sí: la política, como toda lucha, supone un enfrentamiento entre las pulsiones de vida y de muerte: entre la apuesta al nacimiento de algo o a su fin; entre una posibilidad de recomienzo o la pérdida.

Como mi abuelo, elijo lo que hoy parece más útil: el optimismo.

¿Y tú?

El Universal, 11 de mayo de 2015
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