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Crisis economica obliga a revender pertenencias por comida

Crisis economica obliga a revender pertenencias por comida


La crisis obliga a familias a salir de sus pertenencias para comprar alimentos

Cada calle tiene su propio mercado y cada trasto su espacio en la calzada. Los bazares y reventas informales de corotos y prendas reusadas se diseminan por dondequiera. Se trata de una válvula de escape económico que cobra  acento entre familias que pretenden dar una segunda vida a objetos de segunda mano, arrumados en casa, para cuadrar un presupuesto que, puertas adentro, apenas alcanza para aplacar el hambre.

Aunque la práctica tiene su origen en las zonas más humildes, como Catia y Petare, hoy se orquesta con mayor enfado en los espacios emblemáticos, a cielo abierto. Como ocurre en los predios de las plazas Candelaria, Diego Ibarra, Caracas y El Venezolano, donde pululan las ventas de  ropa, utensilios y electrodomésticos de vieja data, al margen de cualquier idea de orden con que se organizan estos bazares en Chuao, La Trinidad, El Marqués y en otras zonas del este.

El nombre con el que se denomina a la actividad varía tanto como la mercancía exhibida. Aunque en casi toda la ciudad las ventas de estos artículos están vinculadas al término “coroto”, en algunas barriadas son conocidas como “mercado de las pulgas”, mientras en el Este, se dominan ventas de garage.

Más allá de la particularidad semántica, Margarita Tortoza, una comerciante de Quinta Crespo quien lleva 18 años en el oficio, responde al incremento de la “fiebre por venderlo todo” con un reclamo. Aduce que desde hace dos años los manteleros, buhoneros itinerantes,  se han tomado la licencia para incursionar en un negocio que estaba reservado a unos pocos.

Quienes revenden en el antiguo edificio “Zing” de Quinta Crespo, el principal recinto de corotos de la urbe, dicen que deben lidiar contra una rivalidad desmedida, que se robustece con el aumento de la inflación y el recrudecumiento de la escasez: son las familias con escasos recursos. “En los momentos más asfixiantes, la gente sale, desesperada, de todo lo que tiene para comprar comida y poder resolver”, dice Tortoza.

Las acusaciones surgen desde un sector investido de cierta formalidad que se niega a desaparecer y desaprueba el “canivalismo” de mercancía de tercera, azuzado por la urgencia económica y la arbitrariedad que deviene con la necesidad que se instala en los hogares.

A juicio de Gregorio Ramos, también comerciantes del mercado de la Baralt, no es más que una distorsión que resta valor e importancia a su oficio. “Nuestro trabajo no es menos notable por vender mercancía usada. De alguna manera, nosotros garantizamos el acceso a bienes funcionales que de otra forma un sector de la población no podría adquirir”, argumenta Ramos en un intento por reivindicar su oficio, uno que también tiene lugar en las sociedades de primer mundo.

El primer mercado de los corotos que surgió en Caracas, coinciden fuentes, comenzó a operar en la década de los 70 en los estacionamientos de la UCV.  Luego, en 1982,  fue mudado al terreno del antiguo autocine de la urbanización Los Naranjos, en El Hatillo, y más tarde fue reubicado en Quinta Crespo, donde un centenar de locales, distribuidos en una estructura de tres pisos, ofrece artículos usados, desde hace 22 años.

A propósito de ello, Ángel Rosenblat, un estudioso sobre el habla de Venezuela, destaca en su obra  Buenas y malas palabras (1984) una anécdota jocosa sobre la etimología de la palabra “coroto”. La historia remite al expresidente Guzmán Blanco, quien trajo de París un lienzo de Jean Baptiste Camille Corot. “El general solía recomendar machaconamente al servicio: ¡Cuidado con el Corot! Las criadas empezaron a burlarse del ‘coroto’, y la expresión se extendió a objetos más diversos”.

Cobran espacios públicos

No solo en el Centro ebullen las ventas inusitadas  de mudas de ropa, ollas desvencijadas y enseres, el primitivismo, como lo denominan expertos, también prolifera a boca de Metro, lo cual evidencia una fiebre por la reventa que incluso se desborda a las puertas del Ministerio Público, en Parque Carabobo y la Asamblea Nacional, en Capitolio.Transeúntes denuncian que  pocos espacios están libres.

La coyuntura obliga a Doris González, de la parroquia Sucre, a vivir de la venta de juguetes rescatados de la basura. “En ocasiones pienso que nadie se va a interesar por mi mercancía pero siempre me compran”, comenta. Para algunos economistas la comercialización de desechos evidencia el socavamiento de  la cultura de  estreno que  pierde arraigo en una sociedad cada día más pobre.

Sobre ello, el octogenario Roberto Andrades, vecino de Altagracia, asegura que los objetos usados han perdido encanto y hoy muchos son arrendajos tendidos en el suelo. “Antes uno iba con la idea de conseguir lo que buscaba, pero ahora consigues puro cacharro”, agrega.

Con el uso de las redes sociales, la reventa ha superado el límite de lo físico y se muda a internet. Es el caso del mercado de la Trinidad que se hacía en el Instituto Universitario Avepane y migró a Facebook a través del perfil Feria Mercado de Los Corotos La Trinidad.

Un negocio Movido por la necesidad

  • Familias ven en la reventa de artículos una entrada de dinero adicional para tratar de paliar la crisis económica. En algunos casos los compradores cuestionan la calidad y utilidad de los productos puestos en venta
  • De acuerdo con el estudio Condiciones de Vida Venezuela 2016, presentado en febrero, 38% de la población trabaja por cuenta propia, lo que incluye a los comerciantes informales.
  • La encuesta, realizada por las universidades Central de Venezuela, Simón Bolívar y Católica Andrés Bello a 6.500 familias, precisa que 81,8% de hogares está en pobreza Vs. 73% en 2015. Ello frente a un desempleo que el Fondo Monetario Internacional cifra en 21,4 % y una inflación de 1.660%.
  •  Las universidades advierte que 49,38% de los consultados son pobres recientes. Y 1.330.216 personas no cuentan con seguridad para retirarse, 65% de ellas mujeres. La crisis, concluyen, merma la productividad y ello dificulta la protección social.

Ventas de textiles y calzados usados cobran vigor ante la caída del poder adquisitivo. En Santa Mónica vecinos organizan bazares cada fin de semana para dar una segunda vida a prendas usadas

 

 

EL UNIVERSAL

 

 

 

 

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