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“Crítica y pensamiento mágico” por Ángel Oropeza

“Crítica y pensamiento mágico”  por Ángel Oropeza


Ángel Oropeza / @angeloropeza182.

Una de las herencias lamentables del modo de pensar militarista que ha contaminado la cultura política del venezolano, es la tendencia a clasificar las cosas en categorías dicotómicas reduccionistas.  Según esta precaria y rígida concepción, todo se limita a una clasificación ramplonamente maniquea: bueno o malo, blanco o negro, amigo o enemigo.

Cuando un análisis político recurre al reduccionismo dualista, evidencia su incapacidad para entender y administrar las diferencias propias de las realidades complejas. Y eso es lo que hemos estado presenciando en estos días a propósito de los primeros resultados de la llamada “mesa de diálogo”.

Lo obtenido hasta ahora ha abierto la discusión. Por una parte, se han generado críticas interesantes y que merecen ser atendidas. Así, por ejemplo, se ha señalado que la metodología de plenarias distanciadas en el tiempo está favoreciendo al gobierno en su estrategia de desmovilizar a la oposición y ganar tiempo. Se ha criticado igualmente la adopción de ciertas formas de lenguaje, la no coincidencia entre lo afirmado por el comunicado de la MUD y el “comunicado conjunto”, el hecho que no haya referencia expresa a un mecanismo de seguimiento de lo acordado y de vigilancia de cumplimiento, pero sobre todo la no mención a una salida electoral en el “comunicado conjunto”, aunque sí se hizo en el comunicado unilateral del lado democrático.

Estas críticas, así como las referidas al manejo comunicacional por parte de algunos representantes del liderazgo democrático, y al necesario empleo racional de las expectativas, que son las que al final determinan la justicia o bondad de lo alcanzado, deben ser analizadas en su pertinencia e incorporadas en la evaluación continua de la estrategia opositora.

Paralelo a estos señalamientos, han surgido reacciones propias de nuestro crónico pensamiento mágico, ese según el cual el cambio político es consecuencia de una acción voluntarista, espectacular o de plazo tan inmediato como los deseos, y no como producto de la combinación inteligente de estrategias plurales propias de la política.

Este pensamiento mágico se nutre de algunos mitos que se repiten hasta ser creídos, como aquellos de que Maduro está prácticamente caído y sólo le hace falta “un empujoncito”, que basta con una marcha para desalojar a la dictadura, siguiendo el imaginario no superado del 11 de abril y el supuesto auxilio de militares buenos que acudirán en nuestro rescate, y que el cambio político se reduce sólo a un simple asunto de testosterona y sangre ajena.

El dato objetivo es que en el diálogo se lograron avances, todavía lejos de lo deseado pero también de la inutilidad o fracaso. No sabemos si era posible avanzar más a esta altura del proceso. Hay que insistir en que el régimen no es tan débil como algunos piensan, y tiene capacidad de maniobra pero sobre todo de represión.

La Oposición debe mantenerse en la mesa de negociación, entre otras razones porque no tiene hoy una alternativa lo suficientemente fuerte y desarrollada como para renunciar al diálogo en cuanto herramienta de estrategia política. Y el reto de estos días es precisamente desarrollar y fortalecer esa alternativa, estimulando simultáneamente al resto de las modalidades de la lucha cívica: organización popular, presión internacional, movilizaciones, protestas, el trabajo de la Asamblea Nacional, huelgas, docencia social e incorporación de la ciudadanía, por citar sólo algunas.

Pero, sobre todo, hay que insistir en que ningún triunfo será posible si nos alejamos de la unidad. La unidad es ahora más imprescindible y necesaria que nunca. Sin unidad, no sólo no podremos maximizar y darle direccionalidad a la inmensa avalancha de venezolanos descontentos y urgidos de cambio, sino que –sin ella– no pasaremos de ser una mayoría numérica, pero desagregada, desorganizada y políticamente inútil.

Desalojar a una dictadura por la vía civil y democrática, sistemática y continua, es una labor complicada y sin garantías de éxito. Pero es la única.

El Nacional, 15 de noviembre de 2016

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