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¿Crónica de una muerte anunciada o Genocidio al turismo?

¿Crónica de una muerte anunciada o Genocidio al turismo?


La escasez de dólares aniquila la diversión del viajero venezolano. El fantasma de la crisis nacional no deja de atormentar ni siquiera en la imponente Gran Manzana. Esta es una crónica escrita con desenfado y sin complejos sobre un viaje a EEUU tras el devastador efecto de la providencia 011 del Cencoex

Siete grados de temperatura en la ajetreada Séptima Avenida de Nueva York. Hasta 70 por ciento de descuento en las vidrieras de Macy’s y Forever 21. Liquidación en la entrada de la primavera. Las marquesinas alucinaban la vista con anuncios impactantes de Broadway. Aquel esplendor de capitalismo no distraía a Gaby del mensaje de Whatsapp que recibió a las 11.00 de la mañana: “El Ministerio de Economía y Finanzas redujo la asignación de divisas a 700 dólares en Estados Unidos”. Su terror latía en el corazón de Manhattan.

La providencia 011 del Cencoex derribó su disfrute de un plumazo. La posibilidad de descontar mil 500 dólares al presupuesto de su viaje de dos semanas era un dardo envenenado. Tanto faltaba por costear: comprar boletos para vuelos internos en EEUU, comidas, compras, alquiler del carro, paseos, gastos imprevistos. Disfrute, pues. Nada de aquel pecado capital de “raspar cupos”.

Andrea, amiga y empleada en Maracaibo del banco privado donde tenía activo su cupo para consumos en el exterior, anidó en su celular otro mensaje cual torero que da una puntadilla al animal de sus pavores: “¡Compren gift cards YA!”.

Divina solución del viajero venezolano: adquirir instrumentos prepagos perfectamente válidos en cualquier parte del territorio estadounidense. La ansiedad le hincaba el estómago mientras caminaba hacia una farmacia en la Séptima con la 38.

-“Dos tarjetas Vanilla Visa, por favor. De 500 dólares cada una”.

La empleada las cobró en dos transacciones. Aprobadas. Bendito remedio a la zozobra. Su esposo lo intentó con sus tarjetas, de otro banco. Declinadas en su mayoría. Tan solo pudo comprar un bendito plástico de 200 dólares.

– “Tranquila, sintámonos privilegiados” -le susurró su pareja -. “Viajamos justo cuando debíamos para poder disfrutar del cupo completo. Ya resolveremos. Mañana intento de nuevo”.

Gaby no compartía su alivio. Ni el presente, ni el futuro. Ella ya miraba a los planes de los años siguientes. Veía desvanecerse la posibilidad de un nuevo viaje. Sus ojos se aguaraparon por la impotencia.

– “Me siento secuestrada en mi país”.

Sabía que volvería a Venezuela con escasos chances de volver a salir. Viajar de nuevo se le antojó como un lujo exageradamente lejano.

II

Piso 13 del hotel Pennsylvania. El frío condenado de afuera -dos grados centígrados- contrastaba con la calidez amable del señor, de unos 60 años, que dio paso al grupo de cinco venezolanos cuando abrió la puerta del ascensor. Su sonriente go ahead jamás camufló su marcado acento argentino.

Dentro del elevador, Carlos, joven venezolano con su pequeña hija Catalina en brazos, quiso confirmar su nacionalidad con la misma cortesía.

– “¿De Argentina, caballero?”

– “Sí” -contestó, encogiéndose entre sus hombros-. “¿Y ustedes?”

– “De Venezuela…”.

– “Aaaahhhh…”.

Lo espetó con tono amargo, arrugando el semblante, cerrando los ojos y sonriendo con la ironía de quien entiende una crisis con solo escuchar el nombre de un país. Su esposa e hijo le acompañaron en el gesto.

– “Hay que tener paciencia, ¿ah?” -confió el don argentino, de quien nunca se supo su nombre-. “Nosotros sufrimos por muchos años y apenas vamos saliendo de aquello”.

Piso 2… 1. Todos los sudamericanos que iban en aquel vetusto aparato, a excepción de la inocente Catalina, se comprendieron a la perfección sin necesidad de amplísimos debates. Compartían restricciones de divisas y una crisis galopante a centenares de kilómetros de sus naciones. Se preocuparon unos por los otros en tan solo 40 segundos.

– “Buenos días, muchachos. Que la cosa en su país mejore…”.

III

En la urbanización The Horizons de Orlando, Florida, hubo algarabía ese lunes por la tarde. Los maracuchos llegaron de sorpresa para darle una alegría a Ángel, su amigo de años y emigrante desde enero de 2014. Las preocupaciones de la Gran Manzana parecían vencidas. Hubo, en cambio, abrazos, risas y alegría.

Sentados en torno a una mesa, comían snacks y bebían cervezas del “imperio”. Con ellos saboreaban los cuentos de los tantísimos colegas periodistas y amigos que han alzado vuelo desde Maracaibo para buscar una mejor vida. Y luego Pilar, esposa de Carlos, los interrumpió con el celular en la mano. Temblaba.

– “Odio arruinar el momento, pero esto es importante. Nos desvalijaron el carro en la casa. ¡Esto no puede ser! ¿Hasta cuándo?”.

Su hermano le envió a través de Whatsapp, una tras otra, fotografías del vandalismo sufrido. El hampa había robado a placer esa madrugada el air bag, la consola principal, los instrumentos de los vidrios eléctricos, el retrovisor central, los tapasoles y las manillas del vehículo. Hubo llanto y desespero. Llamadas a Maracaibo para hablar con familiares y con la presidenta del condominio. El carro, tanto como aquel momento de regocijo, estaban arruinados.

Días luego, Carlos reflexionaba sobre el asunto. No solo era el robo. Era la escasez de dólares. O las historias de emigrantes que se apiñaban en chats y noticias luego de conocerse la providencia 0011. Era el reporte desde Maracaibo de que el kilo de carne ya estaba a 800 bolívares.

Era la petición de un amigo de que le compraran talco en Florida porque no se conseguía “ni vivo ni muerto”. Y también el recibo de luz que, en pleno viaje, llegó a Bs. 756 cuando antes se pagaban 230. Era llamar a tu banco desde el exterior y esperar ocho horas en vano para cancelar tu tarjeta extraviada.

– “No podemos escapar de la realidad. El fantasma de Venezuela nos atormenta…”.

Carlos dio en el clavo con su frase, mientras manejaba la camioneta rentada por la International Drive. Ni él ni su familia y amigos esquivaron esa crisis que ahora cruza miles de kilómetros hasta abofetearte. Es un genocidio contra el turismo y la dispersión. Un momento aguafiestas que compra pasaje y viaja en la maleta contigo.

110 dólares oficiales vendidos en el mercado negro sufragan en bolívares el cupo viajero de $ 2.500. Toda una perversión

“Me siento secuestrada en mi país. ¿Cómo vamos a viajar otra vez? Esto se va a hacer imposible”. Gaby, turista en EEUU.

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Diario La Verdad

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