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Crónicas: Parque Central, un infierno con vista al cielo

Crónicas: Parque Central, un infierno con vista al cielo


El aire le faltaba, su respiración se agitaba y el miedo le impedía pensar con tranquilidad. Aquella bolsa roja cubría su cabeza aislándola de todo lo que la rodeaba, no sabía a dónde la llevaban sus captores, que entre empujon e insulto la acercaban un poco más a lo desconocido ¿Muerte o tortura? En ese momento ella se arrepentía de haber decidido tomar fotos en un lugar cubierto por el velo rojo del Gobierno.

Hilda Parra, despertó temprano aquel 14 de noviembre de 2016, estaba decidida, conquistaría la cima de la última torre capitalina y fotografiaría la mítica superluna que se deja ver cada 70 años.

En el centro de Caracas, entre la avenida Lecuna y la avenida Bolívar se alzan como dos colosos de concreto y vidrios azules las Torres de Parque Central, símbolos de una ciudad pujante que se ha extraviado en los caminos de la “Revolución Bolivariana”.

Para la también fotógrafa llegar hasta la cima de la Torre Este, luego del piso 56 era sencillo. “Primero, llegas a la entrada del edificio, ahí solo ves un escritorio y si tienes pinta de que no eres peligroso te dejan entrar,  luego no hay quien te detenga”. Esa inocencia les costaría caro.

Presionaron el botón del ascensor, que se abrió de inmediato ante tres polizones que no conocían el barco que abordaban. Un pasillo oscuro con paredes grafiteadas, restos de cartones y un penetrante olor a desechos humanos los recibió. A partir del piso 28 la desidia y el peligro son los residentes de las oficinas que pertenecieron a la antigua Onidex  (Saime) y el Ministerio de Interior y Justicia. No hacían falta las llamas, ya habían entrado en un infierno con dirección al cielo.

Luego de atravesar escaleras abandonadas, sin cámaras de seguridad y rastros de personas, llegaron al final del trayecto, la azotea. Colocaron sus bolsos en el suelo y con emoción sacaron las cámaras, preparaban poses y encuadres, pero no se prepararon para lo que les ocurriría.

¡Al suelo!

Los pasos precipitados de ocho hombres irrumpieron en la enorme azotea, accedieron al lugar por la misma puerta que ellos lo hicieron, habían pasado unos 15 minutos, recuerda Parra.

“Nos gritaron que nos tiráramos en el suelo, yo quedé en shock, miré la cámara y mi teléfono y las arroje dentro del bolso, mientras esos sujetos con pinta de malandros nos gritaban. Parecía que tenían armas, por como colocaban sus manos, pero era sólo un despiste”. Parra estaba petrificada mientras los desconocidos los rodeaban y les exigían sacar todas sus pertenencias.

En esos días oscurecía más temprano y la incertidumbre se sumía sobre ellos. “Creía que eran simples ladrones, pero no, eran más que eso, nos preguntaban nuestras preferencias políticas y si militábamos para algún partido, a lo que les respondíamos que no”. Aunque respondían con la verdad, la violencia se apoderaba de los desconocidos.

“Nos pidieron que nos quitáramos las trenzas de los zapatos y que se las diéramos, ya habíamos sacado nuestras pertenencias de los bolsos y se las habíamos entregado, me sentía impotente mientras nos amarraban los brazos y nos llevaban por las escaleras con bolsas en la cabeza”.

En los insultos de los delincuentes se colaba el resentimiento y el odio gestado por muchos años en la nación. Les obligaban a acelerar el paso, descendían por unas escaleras diferentes. “Nunca las había visto, eran más oscuras y parecían corresponder al cuarto de máquinas, eso era lo que podía ver”.

Ella recordaba que en un momento su novio le dio su celular a uno de los sujetos; uno de chaqueta negra, no sabía el motivo pero se lo había pedido. Otro sujeto que recuerda era el que parecía el líder, al que ella describe como el más “civilizado”.

Cuartos de tortura

Una habitación los esperaba. Las paredes estaban salpicadas de sangre, mucha sangre, parecía una escena del crimen. En esos minutos pensó que moriría y sintió pena por no haber avisado en su casa que estaría en Parque Central. Los supuestos colectivos le quitaron la cédula para obtener respuestas.

“En aquel cuarto había computadoras y las utilizaron para buscarnos en la base de datos del CNE, imprimieron y sacarón copia a toda la información que pudieron recabar y nos amenazaron con llevarnos al Seniat”. Uno de los captores afirmó que ahí le harían cosas peores, según lo relatado por la fotógrafa.

Al otro lado de la habitación se podían escuchar los quejidos de sus amigos, que fueron llevados con ella y recibidos por los supuestos colectivos con patadas y golpes. Hilda lloraba y temblaba mientras los otros se reían ante el ensañamiento.

Les pidieron los celulares, pero faltaba uno, el de su novio, recalcó la joven. La ausencia del smarthphone causó la ira del líder, quien al preguntar por el paradero de este se enteró que uno de los suyos tenía el aparato y era el mismo que desde hace alrededor de cinco horas había desaparecido.

Irregularidades

Ante la ausencia de uno se desataron las inseguridades en sus captores, a partir de ahí la actitud de los supuestos colectivos cambiaría. “Se calmaron, fue extraño, ya no les importábamos tanto como antes, ni mencionaron al Sebin, ahora les interesaba encontrar el teléfono y al tipo de la chaqueta”

Entre la espera y la tensa calma el líder les sugirió dejarlos en libertad, a cambio de denunciar el hecho. Tenían sus condiciones: ir a la comisaría de Catia y denunciar lo ocurrido, claro, con una versión menos violenta en la que ellos habían sido detenidos por tomar fotos  de instalaciones bajo el control del Gobierno. No sólo les dijeron que denunciaran en una comisaría específica, si no que les entregaron el número de cédula y el nombre del sujeto de la chaqueta negra, para que lo acusaran por haber robado.

Aquel giro en la historia no tenía sentido, habían pasado de ser unos “escuálidos mal nacidos” a sólo unos jóvenes fotógrafos que tenían que hacer público un hecho de violencia por ordenes de sujetos no identificados que defendían, presuntamente,  los intereses del Gobierno.

Salieron de aquella siniestra torre, era de noche y la superluna los recibía con su brillo, pensaron que no habría una segunda oportunidad y ahora la tenían, pero seguían embarrados en aquel pantanal.

Parra y sus amigos fueron a las oficinas que les habían indicado, pero no era un cuerpo policial, era una oficina de Corpocapital, una organización creada por el gobierno para la construcción de infraestructuras. Querían denunciar a alguien que no existía, los datos del hombre de la chaqueta negra no aparecían, ni el nombre, ni el número.

Entre tanto misterio se abstuvieron de denunciar. Salieron de aquel lugar, juntos, los tres y recordaron lo que el hombre de la chaqueta les dijo al volver a aquel cuarto “Ustedes no saben quién soy yo, si me denuncian se las verán conmigo y con lo que les puedo hacer”-

En cambio, ellos lo sabían todo, sus edades, sus lugares de residencia, más nunca podrían sentirse seguros en una ciudad donde fotografiar es igual de peligroso que ponerse  una pistola en la cabeza.

Armando Díaz/El Carabobeño con edición de Visión Global

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