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Cronología de la compra de una batería

Cronología de la compra de una batería


Nos estamos acostumbrando a vivir con serios problemas de electricidad. Los cortes del servicio, el racionamiento, las emergencias innominadas, el estallido de transformadores, y los accidentes con rabipelaos, iguanas y otros roedores, han pasado a formar parte de nuestra cotidianidad.

Para empeorar las cosas, estos problemas de energía y electricidad no se circunscriben únicamente a Corpoelec y sus filiales. Lamentablemente, la escasez se ha extendido a las baterías de los vehículos.

Quién sabe, si para el momento que se termine de leer esta nota, la escasez haya comenzado a alcanzar a las baterías de los celulares, relojes y otros dispositivos electrónicos.

Cuando la batería falla

En el caso de los vehículos automotores -lo que motiva la presente crónica- el malestar comienza con la vida útil de estos recipientes negros cargados de electricidad. Aparatos indispensables para arrancar el motor de combustión de nuestros vehículos de cuatro o dos ruedas.

Hace pocos años, la garantía del fabricante se extendía a un año. Ahora, es solo por seis meses. Esto con el agravante, que la vida del dispositivo parece medida con un cronómetro. A los pocos días de vencer la garantía, de la batería desaparece por arte de magia la cualidad de acumular electricidad. Lo que exige su cambio inmediato.

Claro, en algunos casos, la falla viene anunciada por ligeras fallas a la hora del encendido. Pero esto no ocurre siempre.

En los lugares más insólitos, la batería muere. Dejándonos a merced de la buena voluntad de algún amigo que venga a auxiliarnos, y tenga cables de auxilio que funcionen. Aunque lo usual, es que no consigamos a nadie.

La otra buena voluntad, y que no es tan buena, es que aparezca algún delincuente. Para lo cual no es necesario que se dañe la batería.

Es así que a golpe y porrazo, es que logramos entonces regresar a nuestras casas con una batería que va pistoneando. Pero, es allí cuando comienza nuestro calvario. Porque la accidentada, fue menos que la apertura de una larga opereta bufa. Fue el tráiler de una película por entregas.

A la caza de una batería

A continuación, coherentemente con el deber ser, procedemos a acudir al distribuidor de acumuladores, que es como se le conoce.

Sin intención de realizar estudios del mercado de baterías, descubriremos que hace meses que no llegan baterías a los electroautos y ventas de repuestos eléctricos. Hay que acudir directamente a la red de puntos de venta de el fabricante. “El” fabricante, porque solo hay uno.

No importa donde nos encontremos, estos puntos de servicio y venta es muy fácil encontrarlos. En vez de señalizaciones, letreros y flechas, el camino está indicado por una larga cola de vehículos, muchos de ellos empujados “por sus propios dueños”. No hay forma de perderse.

Siendo la cola generalmente de cientos de afectados, el paso siguiente es acercarse a las puertas del establecimiento. Allí, un señor vestido de negro, y desvestido de paciencia, nos mandará de largo al final de las cola, varias cuadras atrás.

A la pregunta de si “tienen mi batería”, indicará que no sabe. Añadiendo, que esa cola es para el día siguiente. Por lo que será después de las cuatro de la tarde que publiquen el listado de los modelos de baterías que estarán a la venta.

Luego de esperar, tanto tiempo como lo temprano que llegamos, en una cartelera se coloca un SI en los modelos de vehículos. Aunque desde fecha reciente, es posible llamar a la central telefónica de la empresa para conocer cuál es el listado.

Por teléfono, donde una voz femenina es más cordial que el empleado de la puerta, se informa de la existencia. Aunque cualquier otra cosa que se pregunta, la respuesta será “no se puede”. Esto en los casos de que el vehículo esté a nombre de otra persona, como de su esposa, su patrón –si usted es el chofer de alguien- o de un familiar enfermo o de viaje. “El dueño debe estar con sus papeles”, indican en imperativa voz.

Se puede llamar por días o semanas, sin que el modelo que nos corresponde haya entrado a la venta. Hasta que cansados de andar a pié, la angustia nos lleva a asistir de nuevo al punto de venta en cuestión.

Aparece la batería

Armados de paciencia, y con buenas maneras y sonrisas, tratamos de entrarle al empleado de la puerta. En mi caso –hablo por mi experiencia personal y reciente- el fulano me explicó que basta demostrar el nexo con el propietario del vehículo. Pero, hay que hacer la cola.

Siendo las 5 de la tarde, la cola ya llevaba unos 40 vehículos. Para cuando regresé con los papeles que demostraban que la dueña del vehículo era mi esposa, ya me tocaba la posición 57.

Entonces, ya en la incipiente oscuridad de la tarde, el señor de la puerta comenzó la rutina de revisar cada vehículo, y contrastar los documentos de identidad del conductor con el carnet de circulación, a parte de comprobar que el modelo de batería está para la venta.

En mi caso, se revisó hasta la posición 54, quedando el resto para el día siguiente. No hay manera de sacar a este fulano de sus “trece”, como dicen los españoles.

Siendo las 7 de la noche, hay gente que se mantuvo en la cola, y muchos que se fueron para volver más tarde o en la madrugada.

Me fui, para regresar unas horas más tarde, y descubrir que la cola ya excedía con creces los 200 automotores. Cifra límite de atención en un día. Por lo que me fui, a otro punto de venta de la misma empresa un par de calles más allá, donde logré ser el número 26. Tenía a tiro la cerrada Santamaría del negocio.

A los pocos minutos, la cola dio la vuelta a la esquina detrás de mí, y se perdió en la oscuridad de la noche.

Al principio, las horas corren lentamente. Hasta que nos adormecemos, cuando entonces parece que corren aceleradamente.

A un cuarto pasada las cinco de la mañana, me despierto por el ruido del escape roto de un autobusete de pasajeros.

Diez minutos después (5 y 25 am), me sobresaltó la voz chillona de una señora, que a grito en cuello, apareció vendiendo “arepas y café”.

Cuando desaparece la vendedora en su caminar frente a mí, vino en sentido contrario un señor mayor gritando “café negro y toronjil para los nervios”.

El silencio envolvió de nuevo el lugar. El paso de una moto, a poca velocidad, despierta a todo el mundo. El temor por un asalto, que no sería de extrañar, enciende las angustias adormecidas.

Amanece de repente

El amanecer (5 y 44 am) es anunciado por el canto de bandadas de pájaros, que curiosamente se alinean para ver hacia el este, desde donde medio asoma el resplandor del Sol.

Los autobusetes que transportan al personal de las industrias de la zona, aumentan su frecuencia.

La luz plena del día sacude a los conductores. Salen de los vehículos para estirar las piernas. Es cuando descubren que han sobrevivido la noche.

A las seis de la mañana, es cuando me doy cuenta que hay todo un movimiento del cual, no nos percatamos en la oscuridad. Hay motorizados de escolta, y personas que llegan en taxis para reemplazar a los que se quedaron de noche cuidando el puesto.

Los pensamientos, con sus temores y esperanzas, que pudimos tener en la noche que se hizo larga, adquirió significado al oír en la voz de César Miguel Rondón el reporte de noticias y sus reflexiones diarias.

Entre ellas, “que el gobierno le hable con la verdad a los venezolanos, si es que saben la verdad”. También lo expresado por José María de Viana, invitado del día, “si no hay esperanza, la gente no aguanta el sufrimiento”.

No sé si el gobierno sabe la verdad, pero todos los que estábamos ahí, que esa noche nos trasnochamos y ese día amanecimos, lo hicimos porque teníamos la esperanza de comprar una batería.

Finalmente

Finalmente, entorno a las 7 y media de la mañana, aparecieron tres empleados de la empresa revisando los vehículos y sus dueños. Lo que hizo acortar en 10 posiciones mi lugar. De ahí en adelante, y a partir de la 8 am, fue una cola que fluyó normalmente como cualquier cola para ser atendido.

Ya dentro del local, se tarda más en cancelar la factura, que los técnicos en buscar la batería y montarla. Es cuando sin mirar atrás uno a uno emprendimos en veloz carrera la huida.

Atrás quedaron los sinsabores, las angustias y los apremios. Al lado del motor, descansaba la mencionada caja negra full de electricidad.

Eduardo Martínez/VisiónGlobal/@ermartinezd

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