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“Cuando un pueblo quiere cambios…” por Luis Vicente León / @luisvicenteleon.

“Cuando un pueblo quiere cambios…” por Luis Vicente León / @luisvicenteleon.


Luis Vicente León / @luisvicenteleon.

Siempre es un placer regresar a tus raíces, y antier lo hice por partida doble. Primero porque tuve el honor de ser orador de orden en el Concejo Municipal de Zea, esa tierra maravillosa, vecina de mi mamá en Tovar, y cuna de mi padrino, José Ramón Velasco Guerra, de quien aprendí lo que es el tesón andino, la importancia del estudio, el reto a la excelencia y el trabajo como valor fundamental. Pero además el tema para el que fui invitado a hablar va más profundo aún. Del 19 de abril de 1810, que ha sido siempre mi fecha patria favorita. No puedo decir que la entendí siempre desde la misma perspectiva. Al principio era posiblemente lo atractivo de un cuento en el que un grupo de criollos, hijos de españoles y discriminados en su propia tierra, aprovecha una sampablera ibérica para desconocer a un Bonaparte y usar su supuesta lealtad a Fernando VII como excusa para provocar los cambios políticos, que de todas maneras hubieran buscado contra el Rey original. ¿Cómo no quedarse pegado en el pupitre mientras tu profesor de historia te contaba cómo el Cabildo decidía desconocer al Capitán General nombrado por la Junta Suprema de España y nombrar un gobierno autónomo caraqueño, e invitar a hacer lo mismo al resto de las provincias del país? ¿Cómo no fascinarse con el cuento de ese gobernador, que para no quedar tan mal, le preguntó a la gente si querían que siguiera gobernando y se encontró con el primer Referéndum Revocatorio “asistido”, en este caso por el dedo del padre Madariaga, que aunque del lado correcto de la historia, inició la costumbre local de inducir resultados. Y ahí la frase más importante de mis libros de historia: “Si no quieren que gobierne, yo tampoco quiero mando”.
Pero la película no terminaba ahí, como en un final feliz de película de Hollywood. Emparan picó los cabos, pero el verdadero rollo apenas comenzaba y esa nueva república duró lo que un soplido y luego costó al país 13 años de guerra cruenta, pobreza y destrucción, sí, pero a cambio de una lucha justa por los derechos y la libertad de Venezuela y toda la región.
Para un niño, la historia del 19 de abril es más emocionante que la firma del acta de independencia o la batalla de Carabobo. Pero transcurridos los años y puesto en momento actual, hay algo más fascinante en esta historia, para un adulto contemporáneo. No me refiero sólo a la grandeza de un pueblo que lucha sabiendo el riesgo gigante que corría. Es el conjunto de decisiones económicas adoptadas por los patriotas, que vistas a la luz de lo que hoy tenemos, fueron infinitamente más racionales y deberían llenarnos de orgullo por lo que fuimos y pena por lo que somos.
La Junta liberó el comercio internacional, hasta ese momento controlado y monopolizado por España, lo cual, ¡que sorpresa!, generaba distorsiones, bloqueadores y bachaqueo caribeño. Decidió crear una Comisión Patriótica, que tomó decisiones económicas claves para el país, dirigidas al fomento de la agricultura y la industria privada, como pivote del desarrollo. Fue ese gobierno, hace 206 años, el que prohibió la trata de negros y creó la Academia de Matemáticas.
Debo reconocer que si el éxito se midiera por el resultado inmediato, ese episodio sería un fracaso. Pasó mucha agua debajo del puente, pero su éxito real se vio años después. Eso es lo que quiero recordar y celebrar. La fuerza de un pueblo unido. La perseverancia y la madurez de sus líderes. La lucha contra el miedo. Y el entender que las transiciones toman tiempo para madurar.
De esto hablamos en Zea. Pero es clave que lo entendamos a nivel nacional para abolir también la desesperanza y entender que cuando un pueblo quiere cambios, sin apuro pero sin descanso, siempre los va producir… ojalá que por las buenas.

El Universal, 24 de abril de 2016

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