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“De la tragedia y sus espejos” por Mibelis Acevedo Donís

“De la tragedia y sus espejos” por  Mibelis Acevedo Donís


Mibelis Acevedo Donís / @Mibelis.

“Hegel dice en alguna parte que la historia se repite dos veces. Le faltó agregar: primero como tragedia y después como farsa”. Lejos de lo que algunos rústicos devotos del filósofo alemán desearían, la reflexión de Marx -suerte de crítica a la reedición de las versiones zombis de la historia- invitaría a mirar en esa chusca reincidencia una oportunidad para romper de forma terminante con la falsa verdad que respira tras las apariencias heroicas, las utopías sin carne, “el disfraz de vejez venerable y el lenguaje prestado”: el eco de las gestas de los grandes hombres, sin ninguna cabida en el presente. “¿Por qué va la historia a ese paso?” -añade- “Para que la humanidad pueda separarse, riendo, de su pasado”. La ridiculez, en fin, nos haría entender que lo revivido de acuerdo a estas claves resulta un sinsentido, y que a fin de evolucionar, lo prudente es superarlo. Algo que, por lo visto, no conciben los cultores del Socialismo del s.XXI, empeñados como están en atornillar moldes de tercera mano: un proyecto destartalado que en medio de su pública y dilatada agonía, se ha ido desfigurando hasta el punto de no causar ya risa, sino espanto.

 

Tal vez es este un instante que no podemos siquiera tildar de farsa, pues son inusualmente graves las resultas del engaño. Lo que ocurre en Venezuela, fruto de la transgresión de todo límite por parte del poder, evoca la máscara deformada del Guasón, la morisqueta que por brutal, por grotesca, se aparta de lo que reconocemos como humano. “Son enanos y patizambos que juegan una tragedia”: he allí las pistas de nuestro propio esperpento, expresión de lo que Valle-Inclán supo retratar a través de la metáfora de los espejos deformantes. Venezuela parece haber caído presa del embeleco de esos espejos que inspiraron al célebre español -uno cóncavo y el otro convexo, exhibidos en la fachada de una tienda de comienzos del siglo XX en el madrileño Callejón del Gato- capaces de trastornar el aspecto de todo aquel que se mirase en ellos. Todo un divertimento, seguramente. Pero más allá del solaz que tal reflejo suscitaba, el genio advertía la deformación extrema y sistemática de la realidad, empujándonos dentro de los límites del absurdo. Es la degradación de lo conocido, hasta no distinguirlo más; la conmoción de los referentes que diferencian la normalidad de lo que definitivamente, no lo es.

 

A modo de desmañado remedo de la obra de Valle-Inclán (¿un esperpento del esperpento?) el menoscabo que impone la visión del chavismo desfila altivo, esponjado de equivocación ante nuestros ojos, obcecado en su intento de desmantelar valores, afanado en enaltecer lo tosco, lo vulgar, lo inadmisible. Y como el dramático deterioro de personajes, acciones y discursos aferrados al doloso pasado encuentra cada vez menos acomodo en el presente, apelar a la normalización de esa deformación quizás presta una salida “lógica”, no importa cuán incongruente o lesiva resulte para víctimas o testigos. Se han vuelto pavorosamente habituales, de hecho, las declaraciones de funcionarios chavistas que por inauditas parecieran atender a una razón del todo aislada de la realidad. Así, por ejemplo, y cuando aún no nos recuperábamos de la pedrada de las “colas sabrosas” o de la tesis de que en Venezuela el servicio de internet es lento por su “democratización” -no como en países donde “lo usan pocas personas y es carísimo”- la escasez muta en bendición cuando Jacqueline Faría revela que “hoy en día hemos aprendido el daño de lo que es el exceso de azúcar. Ahora sabemos lo que es tomar un café sin azúcar”. En tónica similar, el gobernador de Anzoátegui, Nelson Moreno, al pronunciarse sobre la situación de los bebés que, a falta de incubadoras, son colocados en cajas de cartón en el Hospital Domingo Guzmán Lander, en vez de alarmarse por el retroceso aconsejaba tomar la cajita “con mucha creatividad y la decoran tipo canastilla”. Una salida esperpéntica que al no percibirse ya como producto de algún candor sino de la fría desconexión de la desgracia corriente, termina devolviéndonos el destello de algo monstruoso. Es la deformidad hincando sus uñas en el asombro.

 

Así que mientras Jorge Rodríguez califica a los opositores de “psicóticos” por aspirar a la celebración del Revocatorio en 2016, o Cabello -nada menos- reclama la exclusividad de los santos tratos con el Vaticano, toca lidiar con esta sensación de pesadilla colectiva que otros sueñan para nosotros. Ellos, forasteros en su propia miseria, los “héroes” de una revolución endémica que baila entre lo trágico y lo ridículo, insisten en pescar su reflejo en los espejos cóncavos, sin advertir que la abotargada menina o los fantasmas flotando cabeza abajo no son precisamente una estampa de grandeza. La historia no les ofrece demasiadas opciones para urdir reapariciones, por suerte. Tuvimos la tragedia, tuvimos la farsa y el esperpento. Nos corresponde ahora avanzar hacia la próxima estación: la que nos separe, definitivamente, del pasado y sus muecas espeluznantes.

 

El Universal, 3 de octubre de 2016

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