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“De saqueos y policías” por S:D:B Alejandro Moreno.

“De saqueos y policías”  por S:D:B  Alejandro Moreno.


 S:D:B  Alejandro Moreno. 

Llamémosle Juan, un Juan del pueblo común y corriente. Temprano por la mañana salió de su casa para el trabajo. En ella quedaron tres hijos pequeños y una mujer. Cuando acabó de subir los trescientos peldaños de una escalera hecha de remiendos y desniveles y llegó a la carretera, se encontró con un grupo de vecinos en torno a un camión cava. El mismo chofer había dicho que llevaba pollos. Cuando abrieron la compuerta, no salieron pollos ni vivos ni muertos, sino una patrulla de policías que allí estaban escondidos y en acecho. Era el nuevo modus operandi para sorprender a los saqueadores. Pura viveza criollopolicial. Los potenciales aprovechadores salieron corriendo. También Juan. Se equivocó de callejón. Enfiló uno que no tenía salida. Tuvo que devolverse. Topó con uno de los policías el cual, sin pensarlo dos veces, le descerrajó dos tiros “pol pecho”. Ya caído, el agente de protección y seguridad del ciudadano disparó muy repetidamente su arma al aire para simular un enfrentamiento y luego puso otra en la mano de Juan. La disparó también. Juan nunca llevó un arma. Ante las airadas protestas de los testigos, el funcionario rugió: “El presidente ha dicho que no hay garantías”. Se llevaron el cuerpo en la cava. Cuando la familia lo encontró en la morgue, tenía dos tiros más, cuatro en total. Nada fuera de lo normal. Lo único nuevo fue la atribución al presidente de una orden que nunca ha dado. ¿O sí? Hay maneras verbales y maneras prácticas de dar una orden. Las prácticas pueden ser muy variadas: el silencio, la impunidad, la alabanza ante ciertos resultados, el nombramiento de determinado tipo de jefes y muchas más. Estas no hace falta que vengan directamente del presidente; basta que procedan de cualquier oficial en el marco de los programas que el gobierno pone en ejecución.

Sabemos, incluso por declaraciones de algunos agentes en entrevistas de prensa, amén de las denuncias de muchos testigos, que salen ya a ejercer sus funciones con listas y fotografías de quienes deben morir. No hace falta atenerse a ellas. Juan no estaba en ninguna. La ocasión hace al criminal que ya está dispuesto y se sabe oficialmente protegido de todo riesgo.

El policía de esta historia mintió, pero como la mentira es el medio y el mensaje normales en todos los discursos del poder tal como se ejerce en este régimen dictatorial (no lo califico así yo, lo calificó la Asamblea Nacional elegida por el pueblo), cualquiera que se perciba parte de él tiene licencia para mentir.

La mentira no es sólo una voz; es un arma que asesina.

El Nacional, 15 de noviembre de 2016

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