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“Democracia constitucional ” por Ramón Guillermo Aveledo

“Democracia constitucional ” por  Ramón Guillermo Aveledo


Ramón Guillermo Aveledo / @aveledounidad.
La Constitución es el fundamento del gobierno en cualquier sociedad moderna en el mundo. Define las metas nacionales, combina equilibradamente reglas y prácticas que ayudan a edificar una identidad nacional común y, al hacerlo, diseñan las instituciones públicas, sus propósitos, sus funciones, sus límites.

Las constituciones deben proteger los derechos de los ciudadanos y, como tales, pueden ser consideradas un contrato social entre el pueblo y el Gobierno.

Muchos países han tenido varias constituciones. El nuestro veintiséis. Ese no ha sido el caso de Estados Unidos, adonde fui invitado a hablar en la conferencia sobre América Latina en la Escuela Kennedy de Gobierno de la Universidad de Harvard. La razón debe ser la que da Hanna Arendt, “La Revolución Americana tuvo una diferencia clara con las otras revoluciones que la siguieron: desde el principio la Constitución se ganó el respeto y el culto del pueblo”, o en palabras de Lincoln, “Nosotros, el pueblo, somos los legítimos señores del Congreso y los tribunales, no para derribar la Constitución, sino para sacar a los hombres que pervierten la Constitución”.

La democracia, se sabe, precisamente como en la definición del estadista citado, es el gobierno de, por y para el pueblo. Y un país no es una abstracción o una generalización histórica. Es, sobre todo, una cierta manera, compartida por el pueblo, de ver la vida. Una vida que, ciertamente, va más allá de los límites estrictos de la política y que es mucho más que un puñado de instituciones, ideas, tradiciones y hábitos, aunque todo eso esté en ella y tiene mucho significado. La política, la Buena Política, es el arte de ayudar al pueblo a construir su propio camino a la felicidad, personal y social, a realizar su propio sueño.

Es un llamado a la acción, porque no hay política contemplativa, pero también es un legado que debe ser preservado y renovado y mejorado.

Ralf Dahrendorf piensa en la democracia como un ensamblaje de instituciones dirigido a legitimar el poder político porque provee respuestas coherentes a tres cuestiones claves: Cambio sin violencia, poder sin abuso, cómo puede el pueblo, todo el pueblo, tener voz e influencia en el ejercicio del poder. Una arquitectura constitucional necesaria, que acepta y promueve el cambio, libre de coacción y violencia, por la vía del diálogo y la conciliación, pues la mayoría gobierna, pero no es dueña del país. Y la minoría es respetada, pero no tiene derecho a veto. La premisa es lógica.

Últimas Noticias, 22 de abril de 2015

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