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“Depredadores, delincuentes e ignorantes” por Tulio Hernández

“Depredadores, delincuentes e ignorantes” por  Tulio Hernández


 Tulio Hernández / @tulioehernandez.  

I. Un chavista es esencialmente un depredador. No, por supuesto, el hombre común que les cree su cuento. Hablo de los jerarcas. De su élite. Si un juez citara testigos para evaluar la aseveración se podrían recoger no baúles ni camiones, sino contenedores de pruebas. Como sabemos que la estatura intelectual de los jueces rojos no va más allá de su nivel ético, les regalaríamos primero la definición del DRAE: “Depredar (Del lat. Depraedari.) tr. Robar, saquear con violencia y destrozo”.

Basta mirar a Pdvsa, la más importante empresa en la historia de Venezuela, y verificar que ha sido absolutamente depredada. Hoy se halla en ruinas, produciendo muy por debajo de su capacidad y comprando gasolina en Estados Unidos para abastecer el mercado nacional.

Igual depredaron el sistema eléctrico: en todo el país hay apagones. El servicio de aguas: en todas las ciudades hay racionamientos. La producción de alimento: en todos los estados hay desabastecimiento. Y, por si fuera poco, también el patrimonio cultural de la nación ha sido depredado.

2. Escribo esta nota el 12 de octubre de 2016. Lo hago porque hace 14 años, el 12 de octubre de 2004, cuando todavía no estaba claro que Venezuela había sido invadida por una logia de bárbaros, vimos una señal premonitoria.

Un grupo minoritario de niños bien, “papipapis” –como llama el humor popular a los hijos malcriados por sus padres “jefejefes” rojos–, llegó ante la escultura Colón en el golfo Triste, en las cercanías de la Plaza Venezuela, con el propósito de hacerle un juicio por el delito de genocidio.

El monumento, por supuesto, no tenía defensa, y  bien sabemos que las estatuas no hablan; por lo tanto, perdió el juicio. Fue condenada. De inmediato el grupo de hijitos de papis rojos, y algunos funcionarios de gobierno ya entrados en años, le pusieron una soga al cuello, halaron fuertemente y derribaron la escultura. Una vez derribada y fracturada, fue pintada de rojo, arrastrada por las calles y llevada como trofeo de guerra a Hugo Chávez, quien se encontraba en un acto en el cercano Teatro Teresa Carreño.

3. La escultura era un pieza de alto valor artístico del escultor Rafael de la Cova. La obra fue concluida en 1903, pero solo se colocó en el lugar donde fue depredada en 1930. Formaba parte de la memoria urbana de la ciudad y había sido declarada bien de valor patrimonial. Obviamente estábamos ante un delito y un abuso de poder. Pero nadie hizo nada. Ni siquiera el Instituto de Patrimonio Cultural abrió una averiguación.

Un grupo de vándalos, protegidos por las autoridades, se toma la justicia por sus manos y, sin consulta previa –pudieron, por ejemplo, convocar un plebiscito–, decide destrozar un mobiliario urbano y viola así los derechos de los ciudadanos que no pensamos igual y somos tan propietarios del bien como ellos. Pero en Venezuela los delincuentes gozan de impunidad. Lo sabemos.

4. En su libro La invención de América, el historiador mexicano Edmundo O’Gorman demuestra que Colón cuando arribó a lo que luego se llamó América no tenía ni idea de adónde había llegado. Que solo en el tercer viaje, cuando se encontró con la descomunal desembocadura del Orinoco en el Caribe, supuso que detrás había un continente.

Pero lo que hizo fue, sin lugar a duda, una proeza de explorador que cualquier gobierno tiene derecho de conmemorar. Porque, además, Colón no participó de los procesos de conquista y colonización. Y desde el primer viaje, a diferencia de lo que muchos ibéricos eurocentristas que vinieron después pusieron en duda, reconoció de inmediato la condición humana de los nativos y escribió en su Diario opiniones de admiración: “Certifico a sus altezas que en el mundo creo no hay mejor gentes ni mejores tierras. Ellos aman a su prójimo como a sí mismo… y tienen un habla la más dulce del mundo y mansa y siempre con risas… y es placer de verlo todo… y todo quieren ver y preguntar qué es y para qué es”.

No me parece el texto de un genocida. Pero de ignorantes y fanáticos, de delincuentes y depredadores está llena la historia.

El Nacional, 16 de octubre de 2016

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