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“Disfrazando la realidad”, por Ysaira Villamizar

“Disfrazando la realidad”, por Ysaira Villamizar


 

 

Ysaira Villamizar

 

 

Cinco mil años antes de Cristo es lo mínimo recordado por los historiadores como origen cronológico del carnaval, época siempre asociada a la fiesta, a la desinhibición, entremezclada con el rito, la religiosidad, que fue permeando de civilización en civilización hasta extenderse prácticamente por todo el mundo. Probablemente iniciado con los sumerios o los romanos, pasó al resto de Europa y hoy lo tenemos instalado en América como fiesta popular y, aunque lejos de la majestuosidad de los festejos de Brasil, en Venezuela también lo celebramos desde la época colonial.

En esta fiesta colectiva, la máscara, el disfraz, es uno de sus principales elementos distintivos, utilizado para la disimulación, el engaño, la burla o expresar lo que se quiere ser o lo que se admira o se critica. Válida, si se usa con la finalidad de distraer, llamar la atención, divertirse sanamente. Inaceptable, si el fin es ocultar el crimen, sea en carnavales o, por supuesto, en cualquiera de los 365 días del año o cualquier tiempo de la vida.

Lamentablemente, en Venezuela se ha convertido en lugar común utilizar un disfraz para actuar al margen de la ley de Dios y de los hombres. La capucha, otrora símbolo de protección estudiantil frente a la amenaza de la fuerza del Estado que arremetía contra sus justas protestas, se ha convertido en una manifestación de la miseria humana, de la delincuencia, de la criminalidad amparada por el Estado que, hoy, además de no perseguir a los encapuchados,  los ampara mientras cometen sus actos de lesa humanidad contra hombres y mujeres de todas las edades que normalmente andan al descubierto participando activamente en sus reclamos cotidianos. Hoy no son los manifestantes quienes protegen su identidad con las capuchas; son los desafortunadamente llamados “colectivos”, disfrazados con este símbolo  que ahora resulta macabro, quienes así buscan garantizar su impunidad ante la sociedad, pues ante el Estado parecen habérsela ganado con sólo utilizarla.

Desde los precarnavales se adelantó una fiesta de disfraces para frenar las protestas que iniciaron los estudiantes y que ya han incorporado a sus familias, a los vecinos  y a muchos ciudadanos comunes hastiados de tanto problema sin respuesta y de tanto crimen sin castigo.

Ante el luto que genera la sangre derramada por quienes representaban promesas de futuro para sí y para sus familias o eran su sostén de hogar, es inimaginable que el pueblo desee celebrar con alegría las fiestas de carnaval. Salvo para proteger la psiquis de nuestros niños y asegurarles que sigan cumpliendo con su deber de jugar y ser felices, no hay justificación posible para que se decreten las fiestas de carnaval en este país. Sin embargo, vemos en la televisión  (cualquier canal, porque casi el 100% de ellos son oficialistas) cómo desde el gobierno central se decidió imponer la disimulación, el engaño, la burla al conglomerado nacional e internacional. ¿Cuál disfraz pretende lucir frente a los venezolanos y al mundo entero en estos días  de carnaval? No hay disimulación ni engaño posible; no porque no lo intenten, sino porque no hay ciudadano, de la ideología o condición social que sea, que pueda esconder la gran crisis social y política que vivimos ni negar la existencia del luto que viven los familiares de Génesis, de Bassil, de Roberto, de José Ernesto, de Geraldine, de Juan, de Julio, de Delia, de Arturo, de Elvis y de otros cinco cuyos nombres  no tengo a mano (espero que a esta hora haya cesado la cadena de muerte políticas); todos, todos, víctimas de la violencia generada por la pretensión oficialista de acallar a juro las miles de voces que al unísono piden justicia y paz cuando en su lugar correspondía al gobierno haber planteado el mágico diálogo sincero con el cual se hubiese podido evitar la entrega de tantas vidas.

Entonces, es una burla a la inteligencia de los pueblos, y en especial de nuestro pueblo, simular que aquí no está pasando nada  y pretender engañar mediáticamente al mundo con caras de sonrisas y anuncios de fiestas “chéveres” de disfraces que pretenden convertir al gorila (con el perdón de los gorilas de la selva) en humano durante unos cuantos días de disimulación, engaño y burla.

 

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