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“División absurda” por José Vicente Carrasquero A.

“División absurda” por  José Vicente Carrasquero A.


José Vicente Carrasquero A. / @botellazo.

Es natural que en todas las sociedades existan grupos con diferencias de criterio con respecto a temas de interés general. La democracia se ha venido implantando a lo largo de siglos como el mecanismo a través del cual los ciudadanos dirimen sus diferencias mediante el uso de mecanismos pacíficos como el voto o el trabajo que realizan organismos como el parlamento.

Estas divisiones pueden ser explotadas con fines políticos para promover algunos intereses por encima de otros. Eso es lo natural en política. Lo que no es normal es que la exacerbación de la diferencia entre grupos se use para enfrentar ciudadanos contra sus connacionales. Lo que es condenable es que la práctica política se reduzca a la condena de quien no está de acuerdo con lo que propone una mayoría circunstancial.

Los tres últimos quinquenios han visto a Venezuela perder la imagen de país democrático que había construido a partir de 1958. Quizás el país no fue un dechado de virtudes en términos de rendimiento. Se pudo hacer mucho más de lo que se logró. Efectivamente, los venezolanos consideraron que el experimento de 40 años necesitaba una modificación. Se requería, en opinión de muchos, que nuevos actores tomaran la rienda del país para resolver los problemas ya crónicos que sufrían, y todavía sufren, los venezolanos.

Uno de los primeros mecanismos de manejo de política que implantó Hugo Chávez fue fomentar la división política con la finalidad de generar confrontación entre sectores de la sociedad. A Chávez le parecían adecuados los elementos funcionales de la democracia pero despreciaba sus principios. La historia reciente está repleta de hechos que así lo demuestran. Al caudillo del proceso político le molestaban valores esenciales del comportamiento democrático. Por lo tanto no respetaba, no reconocía y no toleraba.

Los insultos de Chávez a quienes ejercían su derecho a oponérsele eran una constante en el discurso presidencial. Esos insultos estaban llenos de epítetos que en sí mismos resultaban irrespetuosos a todo aquel que estuviesen dirigidos. Mostraban la incapacidad o la falta de voluntad de Chávez de reconocer al contrario como un adversario político con derecho a pensar diferente y demostraba su carácter intolerante de la diferencia a la cual condenaba por el solo hecho de existir.

Estamos describiendo, como se puede apreciar, un mecanismo primitivo de gobierno. Un accionar primario según el cual, quien tiene la mayoría impone a los demás sus criterios sin permitirles el ejercicio del natural derecho a no estar de acuerdo por la razón que al individuo le pueda parecer razonable.

Y de aquellas lluvias llegamos a estos lodos. Venezuela es una sociedad escindida. Reducida a una práctica atrasada de la política. Con un presidente poco capacitado para el difícil ejercicio del poder. Pero, peor aún, con la creencia de que la presidencia le otorga una especie de patente de corso que le permite hacer con los recursos de los venezolanos lo que a él le da la gana.

Está secundado en el resto de los poderes por personajillos sin naturaleza propia y sin la más mínima formación democrática. El presidente de la Asamblea Nacional termina siendo un remedo de Chávez en esto de no practicar valores fundamentales de la democracia como son, y repito, reconocimiento del otro, respeto al otro y tolerancia de sus posiciones como una cuestión natural. Es decir, por el solo hecho de existir.

Y así, casi cualquier miembro del partido de gobierno se siente con el derecho de insultar, de abusar, de gozar de privilegios por encima del resto de los venezolanos. Constituyen una clase política fuera de época. Ubicada en el pasado se niega a los valores de la democracia moderna. Prefiere seguir usufructuando el poder y continuar ayudando a vaciar las ya precarias arcas del tesoro nacional.

Del lado de la oposición hay también muchos que le siguieron el juego a Chávez. No exigieron el respeto debido. Se pusieron a jugar en el mismo terreno de quien nos arrastraba al atraso. Incluso llegaron a adoptar los epítetos para referirse a sí mismos.

Como consecuencia, vivimos en sistema político que tiene componentes democráticos y dictatoriales conviviendo en una misma forma de gobernar. Algunos autores llaman a este tipo de procesos anocracia. Un modo de gobierno que se sirve de una fachada democrática para ejercer el poder con irrespeto de los derechos más elementales de los ciudadanos.

Esto explica que Maduro, el 28/6 dijera que él sabía los que fueron a votar o no. En una clara violación del secreto del voto siendo que el mismo no es obligatorio. Explico mi opinión: la abstención es una forma de expresión del voto. El que alguien se abstenga es una forma de opinión. Y eso debe mantenerse en secreto.

Explica que Maduro cometa la monstruosidad de amenazar con masacre y muerte si fracasa la ya fracasada revolución chavista. La fiscal, el defensor del pueblo y la presidenta del tribunal supremo brillaron por su ausencia. Ni siquiera una advertencia velada. Nada. El silencio avala el primitivo comportamiento de Maduro.

Nos enfrentamos a meses de abusos que debemos saber manejar. No podemos jugar a la división absurda. Debemos aprovechar este proceso electoral para reunificar a los venezolanos. Para que la modernidad derrote a la barbarie. Para que pueda, la totalidad de los venezolanos, disfrutar de un estado que le garantice lo más fundamental de la democracia: libertad, igualdad y fraternidad.

La suerte está echada. De nuestra parte asumir la tarea de construir una verdadera democracia para los venezolanos.

 

 

 

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