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“El Alzheimer espiritual” por Rafael Martinez Nestares

“El Alzheimer espiritual” por Rafael Martinez Nestares


Rafael Martinez Nestares / @rafaelmartinezn.

Al escribir estas líneas semanales, dirigidas a nuestros lectores, el Papa Francisco estaba en gira pastoral por su Latinoamérica. Acababa de salir de Ecuador y había aterrizado en Bolivia. El título de nuestra columna de hoy está sacado de su discurso “improvisado” en el que reflexionaba sobre el sentido del servicio y la vocación a la vida religiosa, en un encuentro con sacerdotes, religiosos y seminaristas en el Santuario de Nuestra Señora de la Presentación del Quinche (Ecuador).

Fueron tan sugestivas sus palabras que me pareció importante traerlas a nuestra realidad venezolana pues, cada cristiano desde su tribuna de lucha debe tener cuidado de no “padecer este alzheimer espiritual” al que se refería el Papa. Y no sólo los cristianos, sino toda aquella mujer y hombre de buena voluntad que lucha por una Venezuela mejor y más justa.

Este discurso, esta construcción de palabras puede ocasionar risas a muchos pues, visto desde la perspectiva de polarización, de odio entre compatriotas, de violencia verbal y física hablar de esta manera suena a “comeflores”. Parece proveniente de unos compatriotas que vivimos soñando con un mundo posible perfecto, de total bondad y ninguna malicia. Un grupo de mujeres y hombres utópicos que pensamos que algún día ese perfecto mundo existirá en Venezuela y, por qué no, en el mundo. Aunque muchos crean que vivimos en otro mundo, alejados del mundo real. Volvamos al mensaje de Francisco.

Para evitar este “alzheimer espiritual” encuentra el Papa dos cosas que debemos recordar siempre todos: la gratuidad y nuestro origen. Cuando empezamos a “hacer carrera humana” en la vida, el Papa refiere a los religiosos y sacerdotes, pero yo desearía, con el debido respeto, extenderlo a los “poderosos”, a los políticos de lado y lado, a los empresarios. Cuando iniciamos esa “carrera humana” descuidamos nuestra salud y enfermamos. Empezamos a olvidar cómo Dios nos escogió a nosotros para nuestra labor diaria. No porque éramos mejores, más estudiados, con mejor verbo, más simpáticos o conciliadores, con más arraigo y ascendencia sobre nuestra militancia, nuestro pueblo… Dios nos escogió como nos relata el Papa Francisco en la escena del profeta Samuel. Dios le envía a ungir al rey de Israel, va a Belén a la casa de un señor que se llama Jesé que tiene 7 u 8 hijos. Dios  le dice que entre esos hijos va a estar el rey. Claro, el profeta los ve y dice debe ser este porque el mayor era alto, grande, apuesto, parecía valiente y Dios le dice “no, no es ese”. La mirada de Dios es distinta a la de los hombres y así los hace pasar a todos los hijos y Dios le dice, “no, no es”. No sabe qué hacer el profeta entonces le pregunta al padre: “Ché, ¿no tenés otro?” Y le dice: “Sí, está el más chico ahí cuidando las cabras o las ovejas”. “Mándalo llamar” y viene el mocosito que tendría 17 o 18 años no sé y Dios le dice: “ese es”. Lo sacaron detrás del rebaño.

Creo que en el momento histórico que vivimos debemos acordarnos cotidianamente de estas dos cosas: la gratuidad de los dones que Dios nos ha entregado en particular, como individuos y en general, como país. Luego, es relevante tener presente siempre nuestro origen. Por más encumbrado que sea nuestro abolengo, provenimos de nuestras raíces: un país de indios, mulatos, negros y blancos que hemos venido luchando “a brazo partido” por buscar una Venezuela mejor y más justa. Recordemos que sólo con el concurso de todos, sin exclusiones, podremos sacar adelante la patria y lograremos posesionarla como ejemplo frente a los países de América Latina. Marcando las distancias, recordemos la frase del presidente Lusinchi, uno de los pocos dignatarios que salió de Miraflores con una altísima popularidad y afecto de sus compatriotas: “…No me dejen ser un pobre poderoso solitario, incapaz de oír en la cima, la voz sabia del común…”.

Oigamos siempre la voz de nuestros corazones y pongámonos en sintonía con un pueblo que clama reconciliación, diálogo y reencuentro…

El Univeral, 11 de julio de 2015
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