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El Cascanueces danza detrás de el telon

El Cascanueces danza detrás de el telon


No es usual ver a una bailarina recostada sobre la escenografía. Tumbadas sobre unas escaleras, que forman parte del decorado de El cascanueces, cuatro jóvenes del Ballet Teresa Carreño cuchichean entre sí. A diez minutos de iniciar la función, y completamente invisibles para el público, se sienten libres de abandonar por un momento la postura perfecta. Sus vestidos suntuosos se desparraman a su alrededor, mientras se abanican para calmar el calor. Otros bailarines aprovechan la ocasión para repasar sus movimientos, mientras los músicos de la Orquesta Sinfónica de Venezuela comienzan a afinar los instrumentos.

Al lado derecho de la sala Ríos Reyna, Kyra Álvarez, coordinadora de escenario, se acerca a un grupo de técnicos. “Todo lo que tiene que ver con cables presenta fallas”, advierte. Para alivio de todos, no se reportaron problemas durante la gala.

Pasados los primeros 20 minutos de la pieza, cuatro estructuras de madera y metal salen del escenario. “¡Permiso, permiso!”, dicen los técnicos en tono ajetreado, mientras avanzan con premura llevando los elementos corpóreos de la casa de Clara, la niña que protagoniza El cascanueces.

Pero el mayor cambio está por venir. Drosselmeyer avanza al prosenio para ejecutar su solo, y una tela negra llamada comodín baja justo detrás de él. Al otro lado, el equipo organiza todos los decorados para la escena de copos de nieve. La Ríos Reyna albergará ahora un paisaje invernal, que se prepara casi a contratiempo.

“Yo tú descansaría. Tienes que cuidarte”, le dice la maestra Adriana Estrada a la bailarina Karen Jaimes durante el intermedio. Tras el primer acto, siente un pequeño dolor justo donde comienza el pie derecho. Karen insiste en que no tiene nada grave, pero su porfía es en vano. A diez minutos para iniciar la segunda parte, Estrada pide una suplente. “Llamemos a Yenifer”.

Aunque hay niños por doquier, de la Fundación Ballet de las Américas y la Escuela Nacional de Danza, mantienen el orden guiados por las maestras ensayistas. La verdadera tensión se concentra en los bailarines expertos.

En la pata secundaria del teatro, Susan Bello se prepara para interpretar por primera vez al Hada de Azúcar, junto con su compañero Freddy Urdaneta. Una vez que llega su turno, el maestro Javier Solano no les quita los ojos de encima. Hace lo mismo con cada uno de los duetos y solos que siguen en el segundo acto, con una concentración tal que incluso llega a imitar algunos movimientos de los bailarines.

No solo arte y oficio se cruzan detrás del telón, también la fe. Yuliana Bello se persigna antes de salir a interpretar la danza española, al igual que Beatriz Márquez al subirse a su parihuela lista para la danza árabe. Al culminar, el ánimo es otro. El alivio de pasar la prueba se convierte en cansancio.

El sudor cae sobre la frente de Humberto Rodríguez, el Cascanueces. Una, dos, tres gotas se desplazan cual agua. Con la voz entrecortada por el cansancio, se retira para cambiarse. No es el único. El olor del ambiente lo dice todo. Ha culminado la segunda función de esta temporada, y los jóvenes caminan hacia los camerinos. Ya en el escenario no quedan ni los papelillos que alegraron el final de la pieza.

EL UNIVERSAL

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