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El caso Túnez: El avispero yihadista de un país que vivió tras un falaz telón de modernidad

El caso Túnez: El avispero yihadista de un país que vivió tras un falaz telón de modernidad


Más allá de la conmoción común por los crueles atentados del viernes, Francia y Túnez comparten una característica que explica, en parte, porqué son objetivo de la demencia yihadista.

Son las dos naciones que más voluntarios aportan a la guerra que ha lanzado en Siria e Irak el autoproclamado Estado Islámico, de Abu Bakr el Bagdadi.

Según los expertos, alrededor de 3.000 tunecinos -entre ellos unas 700 mujeres- han partido en los últimos años a Oriente Medio, vía Turquía, para sumarse al califato y defender su herética visión del islam.

De ellos, las autoridades creen que en torno a medio millar han regresado al país en los últimos meses, y una cantidad similar ha viajado a Libia para unirse a la rama del EI que avanza por el norte de ese país.

“Siempre se ha considerado en Occidente a Túnez un país abierto y moderno. Una sociedad avanzada. Pero lo cierto es que el radicalismo no es algo de ahora, tiene hondas raíces” que siempre han sido conveniente ocultadas, explica a Efe el periodista local Hedi Yahmed.

Autor del libro “Las tres generaciones del yihadismo en Túnez”, de reciente publicación, Yahmed argumenta que la primera de esas generaciones se construyó en la década de los pasados ochenta con una serie de clérigos que emigraron al golfo Pérsico y entraron en contacto con el salafismo y el wahabismo.

La mayoría se sumaron después a la red terrorista internacional Al Qaida y combatieron en Afganistán y Sudán antes de regresar al país.

“La segunda generación es la que yo denomino yihadistas de la cárcel. Comienza tras el atentado de 2002 en una sinagoga de la isla de Yerba”, en la que murieron 21 turistas extranjeros, en su mayoría alemanes y franceses.

Aquel ataque se produjo siete meses después de los atentados del 11 de septiembre en EEUU y su autoría fue reclamada por Al Qaeda.

Zine el Abedin “Ben Alí (el dictador huido en 2011) encarceló a muchos de ellos y reprimió las actividades de los salafíes. Sin embargo, su estancia en las prisiones radicalizó a muchos más”, agrega Yahmed.

“La tercera generación es la de la revolución. La amnistía decretada tras la caída de Ben Ali permitió que casi todos ellos salieran”, señala el periodista, director del diario digital en lengua árabe Hakakais (Realidades).

A esta coyuntura se sumó la libertad religiosa decretada tras el alzamiento, que permitió a los salafíes hacerse con el control de decenas de mezquitas, que tras el atentado del viernes el Gobierno tunecino pretende cerrar.

Un antiguo responsable de seguridad tunecino comparte la idea de que el radicalismo se ha apropiado de las revoluciones y crecido en ellas, pero añade un segunda arista para explicar su actual ebullición en esta nación.

“El problema es la debilidad de los servicios secretos. No tienen capacidad de infiltración en estos movimientos y la información de inteligencia que se maneja es escasa. Apenas tienen herramientas para combatirlo”, explica a Efe el agente, que prefiere no ser identificado.

En su opinión, la culpa debe achacarse al Gobierno de transición tripartito que lideró la formación islamista moderada An Nahda, ya que durante ese tiempo se despidió a muchos agentes, que fueron sustituidos “por gente sin competencia e incluso por gente que en realidad eran infiltrados radicales”.

El viernes, fuentes de seguridad admitieron que Saifedine Rezgui, uno de los supuestos autores de la masacre en el hotel “Marhaba Imperial” de Susa, no estaba en la lista de radicales considerados peligrosos.

Rezgui, estudiante de ingeniería en la ciudad de Kairauan, se presentó en la playa del hotel y abrió fuego de forma indiscriminada contra los turistas junto a un compañero -después detenido-, matando a al menos 39 personas, en su mayoría turistas.

Hadi Nasser, abogado tunecino especialista en yihadismo apunta al déficit del sistema educativo y cultural -que apenas ofrece actividades a los jóvenes- y al conflicto en Libia como causas que contribuyen a la fortaleza de los radicales.

Muchos de los retornados actúan en mezquitas del cinturón pobre de la capital y en las depauperadas aldeas del sur, abandonadas por el antiguo régimen en favor de esa industria turística ahora atacada y que Ben Alí desarrollo como telón para presentar una falaz imagen de país moderno y abierto, que Occidente compró.

Y desde allí viajan a Libia, donde se han sumado como comandantes a la rama del EI que desde hace meses avanza rápidamente por la costa en dirección a la frontera tunecina.

Uno de los más conocidos, Abu Zakariya al Tunisi, murió meses atrás en un combate cerca de la ciudad mediterránea libia de Sirte, y la katiba internacional que lideraba en nombre del EI juró venganza.

Su colega, Abu Yahya al Tunisi, emitió meses atrás un mensaje que instaba a sus compatriotas a sumarse al EI y advertía que el objetivo era llevar la yihad a Túnez, país “plagado de infieles”.

Una amenaza que en apenas tres meses suma ya 64 víctimas en dos cruentos atentados terroristas.

Javier Martín / EFE

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