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“El club del suicidio” por Carlos Raúl Hernández

“El club del suicidio” por Carlos Raúl Hernández


Carlos Raúl Hernández / @CarlosRaulHer.

Tal como personas, algunas sociedades se suicidan y las que no logran morir, pueden quedar malogradas por siglos. La teoría del progreso promueve un optimismo del futuro basado en que el mundo cada día mejorará; pero la marcha de la Historia evidencia la relatividad de esta idea, sin recalar en las concepciones reaccionarias que pregonan, a la manera de Manrique, que todo tiempo pasado fue mejor. Argentina llegó a ser en los 40 la potencia mundial que rivalizaría con EEUU, y ya vemos lo que le hizo Perón. España, luego de que en su imperio nunca se pusiera el sol, terminó en un pobre país de lazarillos, buscones, nobles arruinados, militares y rezanderas -lo salvaron para la posteridad Cervantes, Calderón y los grandes poetas del siglo de Oro- mientras la minúscula Inglaterra de Isabel se apropió del mundo.
Luego de la Independencia, EEUU era un paisito de dudoso futuro, cuyo modelo político daba risa, y a nadie se le podía ocurrir que llegara a ser lo que es hoy (como si alguien profetizara que la gran potencia del próximo siglo será Honduras). Venezuela tuvo la democracia modelo, la mayor velocidad de modernización en Latinoamérica y en 1989 comenzó a corregir sus taras de centralismo e hiper-estatismo. Con el descomunal ingreso petrolero, hoy podría tener aceras mecánicas como Dubai, y una beca cada ciudadano, pero sus élites dirigentes destrozaron eso para construir un mundo mejor. Esas élites odiaban a dos partidos plebeyos de clases medias provincianas, maleducadas -los costumbristas del momento los ridiculizaban constantemente- y decidieron aniquilarlos y cambiarlos aunque fuera por la incertidumbre. Entronizado Chávez, los errores en la conducción política de sus adversarios lo atornillaron hasta la muerte.

Por favor, mide la puerta
Si hubiera enfrentado ofensivas menos chaladas, sería un accidente ya de lejana recordación. La nunca suficientemente encarecida Bárbara Tuch-man, en su monumental, sabia, enciclopédica obra, La marcha de la locura, estudia desde la Guerra de Troya hasta Vietnam y concluye que la historia política es narrativa de una confrontación entre dos grupos de descolgados y quien gana se lo debe a la suerte. Troya enclavada en Turquía, visto hoy, era un enclave estratégico para la expansión de la cultura occidental al Asia Menor, la irrupción de Grecia al mundo bárbaro que modificaría sus costumbres. Por ese camino abierto en el triunfo griego entraron los posteriores Platón y Aristóteles, y también San Pablo. Derrotados Agamenón y Menelao, Ulises hace la estratagema del caballo, pero con el detalle de que no se les ocurrió medir la altura de las puertas de la ciudad.
El monigote no cabía y no podía entrar. Contra los gritos desesperados de su hija, la profetiza Casandra, el Rey manda a derribar los dinteles de la puerta para recibir el caballo. Ya sabemos qué ocurrió: por fortuna la necedad de no medir las puertas le ganó a la de derribarlas. Pero en otros momentos se ha impuesto la cordura. La Unión Soviética y EEUU convivieron en tensión por décadas y la lucha por el control del mundo se libraba a través de la Guerra Fría, en síntesis, que se aniquilaran los africanos, asiáticos y latinoamericanos entre ellos, y las dos potencias, en un sistema de concesiones mutuas, los dotaban de armamento y miraban. Los mexicanos estuvieron diez años matándose hasta que lograr un acuerdo (tal vez la Constitución de Querétaro y luego la creación del partido) de procesar y arreglarse sin plomo, salvo para los que pretendían reelegirse en la Presidencia.

Lady D ofendida
Países tan pequeños como Nicaragua y El Salvador, despanzurrados por la violencia guerrillera, al final se acordaron internamente. Ojalá Venezuela lograra evitar los terribles males que Casandra anuncia, pero la torpeza y la sordera de facción parecen no dar espacio al optimismo. La comunidad internacional clama porque dialoguen las fuerzas en pugna y éstas no lo hacen precisamente por las razones que obligarían a hacerlo. Cada una pretende aplastar a la otra y no puede, y ahora el único refugio que queda es la FAN, traída por el gobierno como un muchacho cobarde busca a papá. En vez de diálogo, el gobierno responde con la propuesta de ilegalizar a la oposición y con un dictamen estilo comunista cubano para que los trabajadores públicos ahora sean agricultores. Y pese a los anuncios nadie se ha tomado la molestia de invitar a la Iglesia como mediadora.
Uno tendría derecho a llorar por la carencia de Rómulo Betancourt, cuya certeza política hizo posible la democracia. El padre del gobierno civil accedió a abandonar el país en 1948 a petición de los militares, para evitar el cuartelazo, pero Gallegos, despistado e ingenuo, se negó orgullosamente a “la imposición” y lo tumbaron, aunque con mucha dignidad, eso sí. Tan pintoresca como las ocurrencias de Juan Primito fue la explicación de su negativa al diálogo: no podría verle la cara a Teotiste -su mujer- después de negociar “con la barbarie”, pero los venezolanos tuvieron que verle la cara a la barbarie diez años. Betancourt volvió a demostrar su genialidad diez años después, cuando en 1958 en vez de arremeter a Caldera y Villalba, los líderes civiles del golpe contra Gallegos, los convence de aliarse y entrar a su gobierno. Nunca se asqueó de dialogar y negociar con adversarios y los convirtió en aliados.

El Universal, 31 de julio de 2016

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