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“El entierro de la república” por Elías Pino Iturrieta

“El entierro de la república” por Elías Pino Iturrieta


Elías Pino Iturrieta / @eliaspino.

Los sucesos recientes de Margarita ponen en evidencia la desaparición de la convivencia republicana. Si un opinador contrario al régimen buscaba un hecho gracias al cual pudiera descargar todo el veneno de sus dicterios, tiene ocasión estelar. Aunque más bien quisiera que no fuera tan grande la tragedia revelada por el sepelio de un delincuente, para sentir que aún vive en un espacio que puede permitirse las críticas paulatinas sin llegar a un veredicto concluyente, como sucede en la mayoría de los países en cuyo seno van y vienen los reproches sin sentir la cercanía de un apocalipsis.

El territorio circundado por las aguas permitió que todo el horror se alojara en sus entrañas, sin distracciones que le concedieran alivio. La geografía regional nos puso frente a una forma de abyección capaz de expresarse en toda su magnitud, como si el mar de Margarita estuviera allí en esa oportunidad para llamarnos la atención sobre una singularidad susceptible de convertirse en un espejo sin distorsiones, en una tragedia que debía observarse en su peculiaridad para que fuese el modelo de una traducción que pudiera llevarse a cabo después en la tierra firme desolada. Nadie pudo escapar del agujero por un mandato del mapa, para que así se condensara sin remedio todo el naufragio de una colectividad y para que sintiéramos, desde la fortaleza inexistente que nos prodiga en ocasiones la suerte de las carreteras y la vecindad de otras localidades en cuyo terreno podemos escondernos, que todos experimentamos un idéntico infortunio del que podemos escapar a veces debido a la cercanía de un conjunto de regiones debido a cuyo azar se puede imaginar que la realidad no es tan amenazante.

Los delincuentes y el cortejo de sus seguidores se enseñorearon en la isla. El entierro de un malhechor se convirtió en un fenómeno popular, sin que se pudiera hacer algo para evitar el espectáculo. Las avenidas se paralizaron, como si se despejara el camino para la despedida de una estrella del rock. Los colegios cerraron sus puertas por la imposición de una potestad que no se encuentra en la letra de los códigos, sino en el imperio de la fuerza bruta. La escena fue colmada por una muchedumbre que acompañaba los últimos pasos de un narcotraficante que debía pagar condena en cárcel severa, pero que salía de la simulación de su castigo de acuerdo con su soberana voluntad. Esa multitud se ufanaba de sus vínculos con el pran frente a los viandantes entorpecidos en su ruta, o ante la gente que debió soportar, en la puerta de los hogares en cuyo refugio viven con los hijos y con los abuelos, la befa de sus costumbres paralizadas por una infamante procesión. No hubo entonces posibilidad de alejarse de la familiaridad con el crimen, que no se podía evitar debido a un impedimento geográfico y al tamaño de una sociedad que, generalmente para su fortuna, pero esta vez para su desgracia, es esencialmente pueblerina. Toda la basura se acumuló entonces, para que la sintiéramos allá y acá.

Mientras la comitiva se movía, los presos de la cercana cárcel hicieron ostentación de un poder de fuego, propio de fuerzas militares o paramilitares, con cuyo estrépito ratificaron públicamente la dominación impuesta en la isla, en el caso de que quedaran dudas sobre el lugar de su residencia y sobre la extensión de sus tentáculos. Escribo el jueves para que me lean en domingo, y hasta ahora destacan por su ausencia las explicaciones satisfactorias de las autoridades en la isla, en el penal y en los despachos del alto gobierno en torno a los sucesos. No solo porque tal vez sean incapaces de balbucear una mínima aclaratoria, dada la estatura del horror permitido, sino porque necesitarían la aquiescencia de un idiota para negar su vínculo con ellos, así sea por omisión.

El caso descrito llama la atención por las circunstancias en las cuales se produjo, que obligaron a su padecimiento por toda una colectividad sin posibilidad de escapatoria, pero no es excepcional. No hace falta la navegación para sufrirlo como cosa de rutina. Del imperio de los pranes no nos separa el mar Caribe, pese a que las tribulaciones de su comarca más hermosa sugirieran el análisis específico que se ha intentado. En realidad, apenas se vivió allá un capítulo del entierro paulatino de la república que lleva a cabo el gobierno.

EL Nacional, 31 de enero de 2016

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