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“El líder autócrata” por Carlos A. Montaner

“El líder autócrata” por Carlos A. Montaner


Carlos A. Montaner / @CarlosAMontaner.

¿Qué sucede? Los ecuatorianos han salido a las calles a quejarse de una nueva embestida fiscal. Espontáneamente, se han manifestado en varias ciudades. Jaime Nebot, el popular alcalde de Guayaquil, los ha convocado para llevar a cabo una protesta masiva el 25 de junio. Será multitudinaria.(Revista VISION) Ecuador marcha, otra vez, hacia el encontronazo. Todo el mundo reconoce que Rafael Correa ha hecho una impresionante obra pública y la mayor parte de las personas admiten que posee condiciones de mando –seguramente excesivas-, pero los niveles sociales medios y altos y una franja de los pobres se le han enfrentado. Se calcula que hoy lo adversa algo más de la mitad del censo electoral.

Los ánimos están caldeados. La gota que colmó la copa fue la duplicación de los impuestos vinculados a la herencia a partir de cierto modesto monto. La explicación de Rafael Correa tampoco satisfizo a una buena parte de la población: “sólo afectaba al dos por ciento”.

El país tiene unos 16 millones de habitantes. Eso quiere decir que más de 300.000 personas se verían perjudicadas. ¿Le parecen pocos a Correa? Es muy grave penalizar a un número tan significativo de personas por el simple hecho de que se esforzaron y crearon riquezas para dotar a sus descendientes de un mejor futuro? ¿No es obvio que lo que les conviene a todos los pueblos es que las personas ahorren, capitalicen y afiancen a sus familias? ¿Por qué Correa castiga a los ecuatorianos que hacen bien su trabajo en lugar de premiarlos?

Correa, sin embargo, está en su salsa. Es un bully. Es uno de esos gobernantes que entiende el ejercicio del poder como un permanente enfrentamiento. Carondelet, para él, es un ring de boxeo. En eso se parece a Fidel Castro (Raúl es mucho menos pugnaz), a Hugo Chávez, a Nicolás Maduro, a Evo Morales. Hay algo adolescente en ese comportamiento. Es un camorrista. Ningún político serio en el planeta se conduce de esa manera. Vive para pelear y para demostrarle a todo el que se asome al corral que él es el gallo principal y el único autorizado a cantar.

Correa choca con los medios de comunicación, con las empresas multinacionales, con los organismos internacionales, con la embajada de Estados Unidos, con los indígenas, con los periodistas, con los caricaturistas, con los maestros, incluso con un chiquillo que le hizo un inofensivo corte de mangas cuando pasaba en su auto presidencial. Detuvo la comitiva, descendió del vehículo, increpó al muchacho, lo hizo arrestar y luego un juez obsecuente condenó al joven estudiante a 20 horas de trabajo social. Inaudito

Ese estilo bravucón tiene que ver con el tipo de liderazgo que ejerce. Correa se impone mediante el temor. Es un líder autócrata. Hay una diferencia sutil con el líder carismático. El líder carismático inspira entusiasmo. Toca el corazón de los ciudadanos. El líder autócrata inspira temor. Disfruta provocándolo. Toca la vejiga de las gentes porque, en realidad, no tiene ni quiere ciudadanos altivos que sean los verdaderos soberanos, sino súbditos obedientes.

El líder autócrata, generalmente, posee cierto grado de narcisismo. Está seguro de su genialidad y de su preparación. Él sabe lo que sus súbditos deben producir, lo que deben saber y cómo deben vivir. Lo sabe todo. Padece en grado sumo la fatal arrogancia que explicó Hayek. No ocupa el poder para cumplir las leyes y facilitar que las personas procuren su propia felicidad de una manera independiente y espontánea, sino para decirles exactamente lo que deben hacer.

Por eso los líderes autócratas se rodean de yesmen, eliminan de su entorno a quienes los contradicen y sostienen una idea faraónica de su persona, de su gobierno y hasta de su paso por la vida. Los líderes democráticos, en cambio, crean grupos de trabajo, preguntan, buscan consenso, respetan a sus subalternos y se ponen bajo la autoridad de la ley.

Obviamente, los líderes autócratas salen muy caros. Son como los drogadictos. Necesitan aumentar la dosis de impuestos constantemente en función de las iniciativas que despliegan sin tregua ni mesura. No conocen el límite. No saben ni pueden decir basta. Son unos gastadores compulsivos y, por ende, unos insaciables cobradores de impuestos.

El líder autócrata crea incesantemente organismos burocráticos a los cuales darles órdenes. Todo eso requiere dinero. Rafael Correa anda a la búsqueda desesperada de recaudación fiscal. Necesita financiar su enorme gasto público. Su gobierno ya consume 45 por ciento del PIB. Es una lástima que el presidente ecuatoriano ignore la “curva de Laffer” o no crea en ella. Se sabe que a partir de cierto punto la presión impositiva es contraproducente.

Arthur Laffer tenía razón. No es sencillo encontrar cuál es ese punto, porque varía, pero existe y es diferente en cada sociedad, de acuerdo con la calidad de su aparato productivo. No basta con decir que el sector público de Alemania e Inglaterra también consumen en torno a 45 por ciento del PIB. En Singapur, por ejemplo, el Estado apenas gasta 15 por ciento y la isla ha construido uno de los mejores vivideros del planeta, pese a que antes de 1960 era una miserable excrecencia geológica situada en un rincón del Pacífico.

Los canadienses, para recaudar más, hace 13 años bajaron la tasa de impuestos sobre las ganancias de las empresas de 40 por ciento a 25 por ciento. Hoy recaudan casi el doble y reciben muchas más inversiones extranjeras. Ecuador, en cambio, es el país de Sudamérica que menos inversiones extranjeras percibe en relación a su PIB, como consecuencia, por una parte, de su presión fiscal, y por la otra, por la irascibilidad tonante de Correa. ¿Por qué invertir los ahorros en un país cuyo gobierno trata tan mal al capital?

¿Cómo va a terminar esta crisis? El presidente Rafael Correa, en uno de sus incontrolables ataques de ira, ha dicho que si quienes protestan no están de acuerdo con su política, que se atrevan a convocar a un referéndum revocatorio. Guillermo Lasso, cabeza visible de la oposición nacional, ha recogido el guante y ha dado el visto bueno a la propuesta.

Lo probable es que, si Correa persiste en ese camino, pierda esa consulta. Ya lleva algo más de ocho años consecutivos en el poder. El período más largo que, de forma continuada, un político ha ocupado la presidencia de Ecuador. Ya hay un evidente cansancio. Demasiados años dirigidos por un líder autocrático que se pasa la vida peleando. Y gastando.

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