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El lugar común: “El cuento y la realidad” por Simón García

El lugar común:  “El cuento y la realidad” por Simón García


                                                                             Simón García / @garciasim.

            El país se durmió con el cuento. La mayoría lo creyó. Pero cuando cambió el narrador se hicieron más visibles los indicios de que el encantamiento colectivo no estaba funcionando bien. Aunque ya para ese momento los gobernantes habían logrado reescribir la historia del país, crear una leyenda para presentarse como héroes, sustituir valores, descalificar opositores y depurarse de sus disidentes.

           Difusión de calificativos, etiquetas, relatos infames destinados a dividir la sociedad en dos hasta que sus partes se enfrentaran, se excluyeran y se odiaran irreversiblemente. El discurso oficial dominó, incluso sus argumentos y modos de razonar fueron adoptados también por quienes lo resistían.

            El poder disfrutó victorias simbólicas: hacer pasar por verdadera su mitología revolucionaria, imponer la idea que la entrada al paraíso la demoran los malos del cuento, convertir lo que llamaban revolución  – el paraban de sus privilegios – en una narrativa circular.

            El músculo de esos logros fue el manejo del socialismo del siglo XXI como la fase superior del populismo venezolano. La regadera distributiva facilitó trasmutar la victoria presidencial en un asalto a todo el Estado. Las instituciones fueron cayendo una a una, dejando lugar a una democracia mínima, más como vitrina hacia el exterior que como atención a la vigencia del Estado de derecho. Se consuma la naturaleza autoritaria del régimen.

            No hubo una estrategia de desarrollo del país como lo demuestra el cementerio de empresas públicas o pasadas del sector privado a las voraces ineficacias gubernamentales. Las capacidades productivas del país fueron destruidas y el mercado se quedo esperando guayucos, tractores, jugos, bicicletas, satélites, computadoras, automóviles, carne, leche, arroz, café, harina pan, trenes por donde quiera, ríos navegables o disfrutados como balnearios  y todo lo que pudiera concebir una perturbación imaginativa que sólo llegaba al discurso de las primeras piedras.

            El cuento del proceso no pudo ocultar su realidad. Se adoptó el modelo cubano, no porque reportara progreso humano, sino porque implicaba una tecnología de control político. Una fórmula caribeña para acabar con la democracia, la economía y el país .

            La realidad, terca y contundente, comenzó a filtrase por las malas costuras del cuento. El miedo de los de arriba ante los problemas, el nerviosismo de los señalados en corrupción sideral, la desesperación que brota de la incertidumbre sobre cuánto se sabe sobre sus tropelías, la inseguridad sobre el mañana está cuarteando los soportes de la cúpula.

              Maduro es un desvío, sin el aviso para advertir del riesgo que significa seguirlo. Teme apartarse un milímetro del modelo y del plan que recibió en legado. Repite el mismo guion y se afana en pegarnos el manotazo de identificar a la patria con funcionarios acusados de violar derechos humanos de venezolanos en condiciones de indefensión, de ser socios de mafias de narcotráfico o de tener propiedades y cuentas en el exterior producto de la corrupción. La campaña para darle a la patria el rostro de delincuentes es un atropello a nuestro gentilicio. ¿Habrá quien se crea que defenderlos es defender a la patria?

            Mientras el presidente cuentea, los males se agravan. Los golpes de la crisis llevan a la gente a chocar con la realidad. Frente a ella, es de cajón que la invasión es una treta para consolidar y rescatar un  electorado que se ha vuelto precario. Un cuento difícil de tragar desde la cola nacional que está ocupando al país, todos sintiendo en el cuello la navaja de un mayor desabastecimiento, el galope de la inflación, el desborde de la inseguridad y las patadas del gobierno contra los derechos y las libertades.

            El final se acerca. La hora de la elección parlamentaria deja oír el sonido preciso del tic tac. Y eso no es cuento.

 

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