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El lugar común “La patria es la gente” por Simón García

El lugar común  “La patria es la gente” por Simón García


Simón García / @garciasim.

            Patria es palabra de alta potencia afectiva. Un componente de nuestra identidad que contiene dos anclas emocionales a las que estamos amorosamente atados: la tierra y los padres. Eso es lo que evoca el sustantivo patria, aquel lugar donde nacieron nuestros padres.

            El término tiene linaje revolucionario. Nació entre 1789 y 1815, en el mismo período en el que los franceses adoptaron los símbolos de su nacionalidad. Los revolucionarios monopolizaron la palabra y la usaron para contraponerse a los aristócratas.

            Entre las conquistas de aquella revolución está la aparición de la república, bajo la forma de un Estado basado en la separación de poderes y donde el soberano es la única fuente de la legitimidad. La patria no podía ser el rey o el poder ejecutivo: la patria sólo podía ser la gente.

            Las personas y fuerzas que ejercen el control del poder siempre han intentando aprovechar a su favor la fuerza del concepto. Todas las dictaduras militares del siglo XX se presentaron como encarnación de la patria. Manejaron el patriotismo como ideología de exaltación de determinados valores y recurso para conservar su dominio sobre la sociedad.

            El patriotismo de los nuevos totalitarismos es hegemónico y excluyente. Un patriotismo único, que no admite matices ni menos aún versiones distintas a los mitos oficialistas, con su reparto de héroes/villanos y su guión sobre los buenos y los traidores.  Toda disidencia, sobre todo la de pensamiento, es una traición,  toda oposición un crimen.

            Pero el relato del actual gobierno es incoherente. Sustituye la patria por el Estado, al estado por el gobierno y a este por siete cuestionados funcionarios. Pretende hacernos tragar que una medida contra estos, es un agravio contra la patria, a conciencia de que sólo corrige la impunidad automática con la que se los protege en Venezuela.

            La alharaca gubernamental coloca en segundo plano lo que debe estar en el primero: ¿es o no verdad que estos funcionarios son responsables de acciones que han vulnerado los derechos humanos? ¿Es o no verdad que la represión de las protestas estudiantiles pacíficas ha dejado saldo de muertos? ¿Es o no verdad que existen estudiantes y líderes de la oposición que permanecen ilegalmente detenidos? ¿Es o no verdad que este gobierno vulnera derechos que la Constitución Nacional garantiza?

            Lo novedoso es que, a pesar de su brutal ofensiva propagandística, la gente se ha formado su propia opinión. El gobierno no ha podido aún reinstalar una mecánica de polarización sobre este tema. En primer lugar porque su agenda deja por fuera la solución de los problemas reales que sufren los venezolanos. En segundo lugar, porque el gobierno es hoy una minoría y no logra recuperar apoyos para un modelo, una gestión y unas políticas que la mayoría no aprueba.

            La gente intuye que el discurso sobre la inminencia de una invasión de los EEUU es un cuento. Es evidente que el gobierno busca crear artificialmente un clima de guerra para unificar a sus seguidores, intentar atraer a quienes les han retirado su apoyo y meterle miedo a las fuerzas opositoras.

            Un gobierno democrático no pretendería que la oposición repita los parámetros de su patriotismo único, ni pondría a la sociedad a ceder ante el chantaje de que la patria es el gobierno. En particular una cúpula, minada por la corrupción, con varios de sus miembros señalados como narcotraficantes y que en vez de investigar la violación a los derechos humanos aumenta sus amenazas y preparativos represivos.

            El liderazgo opositor no puede validar esta confusión. Está obligado a defender sus principios sin que su discurso reafirme la trampa de la polarización. Tiene que responder al odio con la convivencia, a la violencia con la paz y a la división con la unidad de todos los venezolanos, incluso quienes de buena fe aún respaldan al oficialismo, que piden un cambio de modelo y medidas eficaces para detener la crisis.

            Las verdaderas amenazas son la invasión de la corrupción, el bombardeo de la inseguridad, los ataques de la inflación y las calamidades de un gobierno que no quiere asumir su fracaso. El comienzo de las soluciones son las parlamentarias.

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