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“¡El magnicidio… jajaja!”, por Jean Maninat

“¡El magnicidio… jajaja!”, por Jean Maninat


Jean Maninat / @jeanmaninat

Sin duda los venezolanos no hemos perdido todavía la capacidad de reírnos, no sin cierta estupefacción, de los dislates cotidianos de quienes nos gobiernan, y de asistir con las tripas revueltas y el núcleo subtalámico estimulado al espectáculo grosero en que los jerarcas rojos han convertido la ocupación de gobernar. Uno puede sentir pena ajena -una forma gregaria de la piedad- pero son tan reiterados los desmanes contra toda forma de convivencia civilizada, que la vergüenza va dando paso a cierta rabia contenida, de dientes mordiendo férula, que va tatuando una sonrisa forzada con la cual darle cara a la vida. Los expertos nos dicen que tanta jaquetonería  instalada  en el alto gobierno no es más que un intento de evasión ante las evidencias colectivas de que no están, a todas luces, preparados para ejercer el gobierno de una nación y representar dignamente  a una colectividad. Sólo que a fuerza de tanto batir contra el suelo el juguete están a punto de despedazarlo.

Los frecuentes atropellos a la palabra, la incapacidad para formular ideas coherentemente o la facilidad para equivocar un término por otro (el de Jesús multiplicando los penes pasará a la historia y será el deleite de las futuras generaciones de psicólogos y psicoanalistas) habrían constituido una fuente inagotable de parodias desternillantes de Radio Rochela estar vivita y burlando. Pero la situación es tan lamentable que uno teme que poco a poco el humor que nos caracteriza -y nos salva- se vaya degradando, convirtiéndose en vinagre ácido o en una mezcla de sal con bicarbonato. De manera tal que habrá que hacer de risas corazón y no dejarnos vencer, por más difícil que resulte, por quienes quieren oscurecer la sociedad, convertirnos en un amasijo umbrío y cabizbajo, confiscarnos la inmensa capacidad de alegría que nos ha caracterizado como habitantes de un paisaje luminoso.

Gracias a Orfeo y las nueve musas, nuestros creadores y artistas han organizado una resistencia cultural itinerante que aviva nuestras ciudades con teatro, música y espectáculos, el cine nacional se despereza, y nuestros humoristas y caricaturistas siguen transformando el estupor en risa. Las salas se siguen llenando, y las obras reponiéndose, en abierto desafío a la orden que viene desde arriba de silenciar progresivamente la diversidad de la sociedad. En los años oscuros de las dictaduras comunistas, bailar rock, mascar chicle con desenfado o cantar una canción occidental era un símbolo de resistencia. Hasta hace nada en Cuba tener un disco de Celia Cruz era un acto valiente para recobrar la cubanidad. Bajo el chador impuesto por los ayatolás, se cimbran las caderas de las mujeres iraníes mientras tararean las canciones de las estrellas gringas del momento. El humor y la alegría son para los déspotas lo que el agua bendita y el ajo para Drácula.

La amenaza del presidente de la Asamblea Nacional según la cual quien no tome en serio los alegatos de un supuesto plan de magnicidio en Venezuela estaría actuando como cómplice del mismo, pone bajo sospecha a buena parte de la población que ya ha desgastado ocurrencia y mandíbula celebrando el chiste. Sin darle mucha rienda suelta a la demencia nos lo podemos imaginar preguntando a los diputados de oposición: ¿Toma usted en serio nuestros alegatos de que hay un plan de magnicidio? como requisito para darles la palabra. Acaso la chifladura de exigirle al presidente Obama que se pronuncie sobre si apoya o no el supuesto magnicidio no es motivo de guasa y escarnio en la prensa internacional. Tarde o temprano se sabrá la verdad detrás del supuesto magnicidio y sus hipotéticos instigadores, entre ellos el expresidente Uribe, más que agradecido por los reflectores que le facilitaron en su cruzada contra el presidente Santos.

La política como una mascarada puede dar sus réditos por un tiempo. Pero hasta Cantinflas en algún momento tuvo que cambiar de vestimenta y ser Mario Moreno. Así que podrán fruncir la boca y entrecerrar los ojos en gesto de desagrado, pero mientras insistan en desvariar, las cuchufletas seguirán resonando de casa en casa para celebrar que -a pesar de los pesares- todavía sabemos reírnos.

Publicado en El Universal el 30 de agosto de 2013

 

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