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“El miedo del Gobierno al diálogo” por Trino Márquez

“El miedo del Gobierno al diálogo” por  Trino Márquez


Trino Márquez/@trinomarquezc.

 

El Gobierno, utilizando como excusa el debate sostenido el martes pasado en la Asamblea Nacional sobre el juicio por narcotráfico donde fueron declarados culpables los sobrinos de la primera combatiente, se levantó de la mesa de negociaciones. Se congelaron las conversaciones, dijo Chúo Torrealba. Cualquier treta era buena para evitar el careo con la oposición. Las razones del régimen para impedir una salida electoral a la crisis son demasiado débiles.

Discutir acerca de si la Mesa de Unidad Democrática (MUD) debía sentarse o no con el gobierno para dialogar y negociar eventuales salidas la crisis nacional, siempre me pareció una polémica estéril. La oposición no podía eludir ni evitar ese cotejo. Venezuela volvió a ser el centro de atención de América Latina luego de que Brasil resolviera en el marco constitucional la salida de Dilma Rousseff, la salida de la señora Kirchner se produjera sin mayores traumas y se allanara el camino para un nuevo acuerdo entre el gobierno colombiano y las FARC. El restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre los Estados Unidos y Cuba, después de cinco décadas de haberse fracturado, también forman parte de ese contexto que espoleaba a los líderes de la oposición criolla a acercarse al gobierno rojo.

Venezuela hoy es el único país de América Latina con la estabilidad política e institucional seriamente comprometida. Incluso Haití ha podido ir resolviendo sus dificultades mediante las elecciones efectuadas el domingo 13 de noviembre. El caso de Cuba dejó de ser un problema central en la región. Esa dictadura se eternizó y petrificó. Resulta un anacronismo que ya no le incomoda a ningún gobierno vecino. Cuando exportaban su revolución, los Castro representaban una molestia. Ahora que el tiempo y la miseria de la isla los ha domesticado, forman parte del museo de antigüedades latinoamericanas. Esto habla muy mal de las democracias latinoamericanas, indiferentes frente a los derechos humanos y las libertades, pero ya las denuncias de esos déspotas carecen de resonancia. Hasta el papa Francisco, tan carismático y con tanta auctoritas, se postra ante el senil Fidel Castro.

Las presiones del ambiente internacional para que se busquen salidas concertadas en Venezuela no recaen sólo sobre el gobierno de Nicolás Maduro. También la oposición está sometida al mismo apremio. La ONU, la OEA, la Unión Europea, Mercosur, los expresidentes y exjefes de Estado hispanoamericanos, los gobiernos y parlamentos que se han solidarizado con la democracia venezolana, no podrían entender que ante la solicitud de esas entidades y del Vaticano, la respuesta de la MUD fuese negativa y adoptando una pose de altanera arrogancia. El argumento de que el Gobierno sólo ganaría tiempo con la Mesa de Diálogo y que las conversaciones estaban condenadas de antemano a naufragar por la impudicia de los oficialistas, carece de sentido. En política resulta válido anticiparse a las jugadas del contrincante, pero negarse a priori a conversar con el adversario resulta suicida. Le deja todo el amplio espacio de la paz a quienes, como en este caso, la torpedean todos los días, pero simulan promover la concordia.

Los amigos y socios no necesitan sentarse a dialogar. Una llamada telefónica, una correspondencia, un simple guiño basta para sellar acuerdos. Quienes están obligados a parlamentar y negociar son los enemigos enconados. ¿Por qué si celebramos las pocas veces que se reúnen palestinos e israelíes, y aparecen relámpagos que auguran la paz entre esos pueblos que se odian, no podemos aceptar que los maduristas se reúnan con sus irreductibles rivales opositores? Ver allí el colaboracionismo actuando sin pudor es más que una calumnia, una inmensa tontería.

La falla de la MUD no se encuentra en sentarse a buscar acuerdos con el diablo. Ya lo hizo Churchill con Stalin, líderes que se odiaban y temían. La falencia se sitúa en la improvisación, el voluntarismo, el intuismo, la falta de una política comunicacional transparente y permanente dirigida a mantener constantemente informados a los venezolanos sobre las conversaciones. Estas debilidades han hecho aparecer a los negociadores demócratas como jóvenes inexpertos atrapados por las garras de unos halcones voraces e insaciables. Al señor Roy Chaderton la mesa de diálogo venezolana debe parecerle un pic nic al lado de lo que le tocó lidiar en Centroamérica cuando ese territorio se desangraba por los asesinatos de la guerrilla y los grupos paramilitares de la ultraderecha.

En el campo opositor existen diplomáticos y expertos en negociación que serían un sólido soporte para los representantes democráticos en la MUD. Depurar la agenda, creer menos en la inspiración y más en la sudoración, como decía Picasso (cuando me llegue la inspiración quiero que me pille trabajando, repetía el genio), analizar con sentido estratégico los temas, afinar los objetivos y mejorar la comunicación, forman parte de los ajustes que debe realizarse para que la negociación no parezca entre piadosas palomas y mortíferas aves de rapiña.

Si el régimen retorna al dialogo, habrá ocasión de enmendar los borrones de la plana.

 

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