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“El zigzagueante camino hacia la paz en Colombia”

“El zigzagueante camino hacia la paz en Colombia”


 Carlos Malamud.

Los primeros días de junio han sido pródigos en atentados de las FARC o, al menos, atribuibles a dicha organización. En esa semana se ha tenido noticia del bombardeo de oleoductos, con gravísimas consecuencias ecológicas, de sabotajes a torres de alta tensión, con los consiguientes cortes que afectaron a poblaciones enteras, y de una nueva emboscada que supuso la ejecución fría y calculada, con tiro de gracia incluido, a tres policías.

La respuesta inmediata de los dirigentes guerrilleros fue la de siempre: nos empujan a una guerra que no queremos hacer, es el precio que debemos pagar por defender nuestras convicciones revolucionarias y de nuestro compromiso con el pueblo. Desde “algún lugar de las montañas de Colombia” el máximo jefe militar de las FARC, Rodrigo Londoño, alias “Timoshenko” señaló: “El sabotaje económico es una medida militar. Cualquier Estado que inicia una guerra, lo primero que se propone es destruir la infraestructura del rival, bombardearla, hacerla ruina. A nosotros nos imponen la guerra, obramos en consecuencia. Orientamos sí, afectar lo menos posible a la población civil, y prohibimos expresamente atentados a servicios de acueducto y similares”.

Las imágenes del atentado contra las instalaciones petroleras dieron rápidamente la vuelta al mundo al mostrar a una organización sin el menor compromiso ecológico. Ninguna palabra podía compensar la visión del combustible derramado sobre un paisaje que previamente se intuía idílico. Más allá de la condena de estos hechos, de mostrar su deseo de castigar a los responsables (por su indisciplina) y de su disparatada ocurrencia de compararse con un estado, en ningún momento ni Timoshenko ni la delegación presente en La Habana manifestaron de forma categórica su respaldo decidido y sin fisuras al proceso de paz. Por eso, ante una situación de confrontación que tiende a hacerse crónica, las preguntas de qué pretende las FARC con estos ataques y si realmente quiere la paz emergen de forma inmediata.

Junto a esta cuestión, y a la vista de declaraciones de reputados representantes del uribismo, comenzando por la del propio ex presidente, también surge el interrogante de quién realmente quiere la paz en Colombia. Tras la ejecución de los policías, Álvaro Uribe volvió a insistir en que lo ocurrido era consecuencia directa del deterioro de las condiciones de seguridad en los últimos cinco años. Incluso fue más allá y habló de “holocaustos ambientales y holocaustos de infraestructuras” a la hora de calificar los atentados contra las instalaciones energéticas.

Las reacciones y los desbordes retóricos de unos y otros fueron magnificadas por la ausencia del presidenteJuan Manuel Santos, en gira europea. Tras su presencia en la Cumbre UE CELAC, Santos ha permanecido unos días más en Europa con la intención de seguir sumando apoyos políticos y económicos que respalden el proyecto estrella de su mandato. La lejanía no le ha impedido condenar las acciones terroristas de forma contundente al considerar que las FARC “han regresado a unos procedimientos que no tienen ninguna lógica, han regresado a ataques puramente terroristas porque ya no tienen capacidad para enfrentar la fuerza pública”.

El presidente Santos sabe que se enfrenta a una opinión pública cada vez más descreída de las intenciones de las FARC y con una confianza menguante en el proceso de paz. Por eso acusó directamente a los guerrilleros de intentar sabotear el proceso: “En pocos días, con su insensatez, [las FARC] han golpeado duramente la confianza de los colombianos en el proceso que estamos adelantando”. El atentado de mediados de abril pasado, que supuso la muerte de 11 militares, si bien no interrumpió las negociaciones de La Habana las ha llevado a una situación complicada, tanto que ni el anuncio de creación de una Comisión de la Verdad ha logrado normalizar las cosas.

Pese a las dificultades, la paz supondría un enorme paso adelante para Colombia. Para obtenerla el gobierno ha invertido un gran capital político, así como tiempo y recursos. Pero esos mismos recursos o más se hubieran tenido que invertir si la apuesta hubiera sido por continuar la guerra. En palabras de Uribe, por conseguir la paz desde la seguridad, es decir desde la confrontación abierta y no desde, o a partir, de la negociación.

Siempre manifesté que el principal obstáculo para lograr avances sustantivos en las negociaciones de paz era el que suponía la presencia de las FARC como principal interlocutor del gobierno . Son ellas las responsables del estado actual de la negociación, dadas sus fuertes resistencias a asumir su responsabilidad por todo el daño inflingido a Colombia y los colombianos. Mientras esto no se reconozca, mientras el rechazo a pagar las culpas con cárcel y otras condenas se mantenga, ningún esfuerzo gubernamental podrá cerrar un conflicto que ya dura demasiado y se ha cobrado incontables víctimas.

Se ha llegado a un punto clave en las negociaciones. Levantarse de la mesa tiene un costo elevado, pero más lo tendría para el gobierno seguir aguantando una sangría continua de atentados y nuevas víctimas. Eso lo sabe el presidente Santos y la delegación oficial en La Habana encabezada por Humberto de la Calle, pero eso es algo que deberían trasladar de forma clara a las FARC. Así como no hay verdad sin justicia, tal como argumenta de la Calle para referirse a la Comisión recién creada, tampoco habrá avances palpables hacia la paz sin el firme compromiso de ambas partes.

Infolatam, 15 de junio de 2015
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