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Enrique ter Horst: Si el chavismo quiere permanecer en el paisaje político tendrá que negociar

Enrique ter Horst: Si el chavismo quiere permanecer en el paisaje político tendrá que negociar


El diplomático Enrique ter Horst,  abogado,  ya había presentado en diciembre de 2012 su libro En caso de incendio, un texto en el cual realiza un análisis sobre cómo avanzar por medio de una transición pacifica hacia una nación solidaria, haciendo énfasis en el debate ideológico entre democracia y socialismo del siglo XXI. Hoy insiste y asegura que la presión de la calle es importante, “pero no es lo único que llevará al régimen a moverse hacia una transición electoral que inevitablemente se parecerá mucho a una rendición negociada”

-Hace dos años usted dijo que Venezuela no podía salir sola del foso en que se encontraba. ¿Ratifica hoy esa opinión?
-Sí, la ratifico, y creo que hoy es más valida que entonces, cuando el régimen ya sabía que había pasado de una mayoría aplastante a una minoría en rápido descenso. El régimen tiene en sus manos la decisión de entregar el poder electoral y pacíficamente ­y asegurarse así la posibilidad de continuar jugando más adelante un papel relevante en la vida política del país­ o de perderlo todo en un baño de sangre después de fracturar a la Fuerza Armada.

-¿Quiénes pueden ayudar a Venezuela a salir del foso?
-Todos los factores democráticos que compartan el objetivo de un nuevo comienzo constitucional, porque también más allá de nuestras fronteras hoy se conoce la naturaleza del sistema político que expolia a Venezuela. Ellos incluirían, sobre todo, los gobiernos democráticos de la región, todos fortaleciendo el papel de la Organización de Estados Americanos, de su Carta Democrática, y de su Secretario General, pero también los ex presidentes solidarios con nuestra democracia, los parlamentos y parlamentarios, los intelectuales, los medios, las iglesias, las ONG de Derechos Humanos, y todos los venezolanos que son parte del gran aprendizaje nacional y se han convertido en ciudadanos.

-Se pone como ejemplo lo ocurrido en Sudáfrica con Mandela, pero mientras éste negociaba, en las calles y montañas de ese país sus partidarios ejercían distintas formas de lucha.
-Así es, y es lo que está haciendo la MUD, al no permitir que un esfuerzo de diálogo de resultados más que inciertos sirva para disminuir la fortaleza de su posición de negociación, que se nutre de la calle y de las altas tasas de participación electoral que exhibe hoy Venezuela. Además, Mandela y el African National Congress, su partido político, actuaron con una gran generosidad después de asumir el poder, sin retaliaciones, pero si con justicia, perdonando a los que públicamente reconocían y pedían perdón por sus graves violaciones de Derechos Humanos, aunque naturalmente fuesen inhabilitados de participar en política de por vida. Es mucho lo que se podría aplicar de lo aprendido en el proceso de paz y reconciliación de Sudáfrica, si este régimen tuviese algún gen democrático en su ADN.

-Usted participó en los diálogos que pusieron fin a la guerra en El Salvador. ¿Qué ocurrió allí para lograr la paz?
-Que ambas partes beligerantes, gobierno y FMLN ­porque allá sí hubo una guerra civil en la que murieron más de 100.000 personas­ reconocieron que ninguna podía imponer por la fuerza su visión del mundo a la otra, y que había que buscar una solución política que, finalmente, con la mediación de la ONU, llevó a un acuerdo de paz que constituyó una verdadera reingeniería del Estado.

-¿Qué similitudes, si las hay, existen entre Venezuela y esos dos países?
-Con la Sudáfrica del Apartheid en que, como allá, Chávez, Maduro y el PSUV discriminaron y trataron a todos los que se les oponían como ciudadanos de segunda. Con El Salvador, el que los gobiernos militares que se sucedían en el poder terminaron siendo coaliciones de mafias que controlaban casi cualquier actividad económica. Cemento, cabillas, gasolina, aduanas, adjudicación de moneda convertible, licitaciones públicas, droga, secuestros, sicariato. El Salvador no tiene oro, ni diamantes, ni coltán. La mayor diferencia entre la Venezuela chavista y los otros dos procesos fue que en estos últimos la desigualdad y la discriminación llevaron a la violencia y al odio, para finalmente ceder ante la razón y el sentido común, en procesos conducidos por hombres de Estado de excepcional valor. En Venezuela hemos recorrido el camino inverso. En un país inmensamente rico, el odio y el fanatismo fueron atizados con un discurso violento y polarizador por un hombre carismático que para colmo contaba con todos los recursos financieros y políticos para hacer de su país el primero en América Latina en salir del subdesarrollo.

-Estamos en el segundo intento de diálogo, ¿le ve futuro?
-La correlación de fuerzas ha cambiado fundamentalmente a favor de la oposición democrática desde el 6D, y a estas alturas este dialogo solo puede ser de acción, sobre la base de una agenda de acción ya establecida por la MUD.

-El Gobierno anuncia unos objetivos muy generales: promover la paz, el respeto al estado de Derecho, y la defensa de la soberanía. ¿Con qué objeto?
-Para ganar tiempo en una negociación sobre la agenda de ese “dialogo”, que dilatará para que se tome los meses que quedan del año y evitar así el revocatorio.

-La MUD fue mucho más concreta. ¿Algo de eso es negociable? ¿Es todo o nada?
-Nada de eso es negociable, porque es un listado urgente y mínimo de exigencias fundamentales para iniciar el regreso a la plena vigencia de nuestra Constitución.

-¿Es posible negociar sin sentarse directamente las partes?
-Casi todas las negociaciones de este tipo comienzan así. La “intermediación” es un tanteo un poco más formal, a través de un tercero de buena fe que merece la confianza de ambas partes, y que consulta y presenta ideas a ambos lados separadamente para evaluar las intenciones y la seriedad con la que cada parte se acerca a la negociación o al diálogo, que es lo mismo. Ello incluye, primero que todo, el respeto a la otra parte y al mediador y a la organización que representa, y, como corolario, la obligación de ser inteligente, discreto y de apegarse estrictamente a la verdad. La canciller Rodríguez mintió cuando dijo que había sido un encuentro directo con la delegación de la MUD, y su hermano Jorge irrespetó a la MUD cuando condicionó la continuación del proceso a la exclusión de Carlos Vecchio.

-¿Cree posible llegar a un acuerdo con el Gobierno de Maduro?
-Sí, es posible, pero solo si el régimen llega a la conclusión de que le conviene continuar siendo en un futuro democrático parte del paisaje político venezolano. Eso, sin embargo, no es probable, porque ha demostrado que su proyecto es un proyecto de poder total y perpetuo, no de nación. Hoy, cuando se encuentra acorralado y paralizado por el desastre que él mismo creó y al cual no le encuentra salida, es prisionero de su discurso y no reflexiona con serenidad. Eso parece condenarlo a desaparecer.

-¿No cree necesaria más presión desde la calle para que la MUD pueda alcanzar sus objetivos?
-La presión de la calle es importante, pero no es lo único que llevará al régimen a moverse hacia una transición electoral que inevitablemente se parecerá mucho a una rendición negociada, pero que le permitirá en un futuro volver a ser parte del panorama político y democrático de Venezuela. Está también la presión internacional, que va en aumento; y está, sobre todo, la crisis misma, que en ausencia de políticas correctivas ha tomado vida propia y que el régimen ya es incapaz de contener, mucho menos revertir, y que amenaza con llevarse por delante todo lo que encuentre a su paso; en primer lugar al propio régimen. Si el régimen hubiese hecho su mea culpa y dado un giro de tan solo 120 grados el día siguiente al 6D, y después liderado el regreso a la plena vigencia de la Constitución, muy probablemente nadie estaría hablando de revocatorio. Pero este régimen perdió el contacto con la realidad hace tiempo, a causa de su dogmatismo, de su soberbia, de su total y absoluto rechazo a escuchar y gobernar para el bienestar de todos. Igual no debe abandonarse la esperanza de que la fuerza de las cosas lo haga aterrizar en la realidad que tan profundamente ha modificado para mal, es de su interés hacerlo, y obviamente el país entero lo reclama. Nunca es tarde para trabajar juntos en la búsqueda de una salida duradera a la crisis multiforme que nos agobia. Por otra parte, es casi inevitable reconocer que este proceso de crisis y disolución del poder y de la institucionalidad ya se anuncia como terminal, y no es del todo descabellado colegir que el régimen ya no tiene ni fuerza ni autoridad para cumplir con lo que acuerde en diálogo alguno, ni para reprimir. Solo quizás para negociar algunos detalles de su rendición y evitar así la estampida infamante de su nomenclatura. “Los tiempos del hambre y de la inseguridad ya son más cortos que los de las soluciones negociadas”, dice un buen amigo siempre muy bien enterado. El régimen parece haberlo sabido desde hace algún tiempo, y es quizás lo que explique su parálisis. Hay razones muy buenas para apostar a un referendo revocatorio este año.

Xabier Coscojuela/TalCual

 

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