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Epidemia homofóbica en Brasil

Epidemia homofóbica en Brasil


Hace dos semanas, un atacante le asestó una puñalada a Gabriel Figueira Lima, de 21 años, quien estaba en la calle de una ciudad en Amazonas; lo acuchilló en el cuello y se alejó en una motocicleta mientras lo dejaban morir ahí.

Días antes, en el estado costero de Bahía, los profesores Edivaldo Silva de Oliveira y Jeovan Bandeira, también fueron asesinados; se encontraron sus restos calcinados en el maletero de un auto en llamas.

La semana pasada, Wellington Júlio de Castro Mendonça, de 24 años, un tímido dependiente de una tienda, fue masacrado y apedreado hasta la muerte cerca de una carretera en una ciudad al noroeste de Río.

En un país aparentemente acostumbrado al crimen, esos asesinatos brutales tienen algunos aspectos en común: no le robaron nada a las víctimas, la policía aún no ha identificado a los sospechosos y todos los asesinados eran personas homosexuales o transgénero.

Mientras que los estadounidenses han debatido con ferocidad cómo responder a la masacre del mes pasado en un club nocturno en Orlando, Florida, los brasileños enfrentan su propia epidemia de violencia contra la comunidad homosexual, la cual según algunos recuentos, ha convertido a Brasil en el lugar más mortífero del mundo para las personas homosexuales, bisexuales y transgénero.

Casi 1600 personas han muerto en ataques causados por el odio en los últimos cuatro años y medio, de acuerdo con el Grupo Gay da Bahía, que rastrea las muertes en los artículos noticiosos. Según sus cálculos, una persona homosexual o transgénero es asesinada casi a diario en este país de 200 millones de habitantes.

“Estas cifras tan solo representan la punta del iceberg de la violencia y el derramamiento de sangre”, dijo Eduardo Michels, portavoz del grupo y quien agregó que la policía brasileña suele omitir la aversión antihomosexual cuando recopila informes de homicidios.

Estas estadísticas pueden ser difíciles de enmarcar en la imagen que Brasil ha proyectado como sociedad abierta y tolerante… un país que aparentemente acepta el desenfado de todas las expresiones de la sexualidad durante el carnaval y organiza la marcha del orgullo gay más grande del mundo en São Paulo.

En Río de Janeiro, la ciudad anfitriona de los próximos juegos olímpicos, el miedo a los crímenes violentos está en la mente de muchas personas. Con una recesión aplastante y el incremento del desempleo, los crímenes en las calles se elevaron un 24 por ciento este año, y los homicidios han aumentado más de 15 por ciento.

Al mismo tiempo, los activistas de derechos humanos afirman que los miembros de la fuerza policial de Río, que están dispuestos a limpiar la ciudad antes de la ceremonia de apertura de los juegos el 5 de agosto, le han disparado a muerte a más de 100 personas este año; la mayoría de ellos fueron jóvenes de raza negra que vivían en barrios pobres.

Sin embargo, los defensores dicen que la violencia homofóbica también amenaza con volcar los valores idealizados del país que prometen igualdad y respeto para todos los brasileños. “Pretendemos tener esta imagen de ser un lugar tolerante y abierto”, dijo Jandira Queiroz, la coordinadora de movilización de Amnistía Internacional Brasil. “La violencia homofóbica ha alcanzado niveles críticos y está empeorando”.

La reputación casi mítica de Brasil basada en la tolerancia tiene justificación. Durante casi tres décadas desde que la democracia remplazó la dictadura militar, el gobierno ha introducido numerosas leyes y políticas cuyo objetivo es mejorar las vidas de las minorías sexuales.

En 1996, estuvo entre los primeros en ofrecer medicamentos antirretrovirales sin costo a las personas que padecen VIH. En 2003, Brasil se convirtió en el primer país de América Latina en reconocer las uniones entre personas del mismo sexo para propósitos de inmigración, y también fue uno de los primeros en permitir que las parejas homosexuales adoptaran.

En 2013, el poder judicial brasileño legalizó de manera efectiva los matrimonios entre personas del mismo sexo. Algunos expertos sugieren que las políticas liberales del gobierno podrían haber superado las costumbres tradicionales de la sociedad.

Afirman que la violencia antihomosexual puede rastrearse en la cultura machista de Brasil, así como en una rama evangélica del cristianismo que es frontal en su oposición a la homosexualidad. Los evangélicos conforman casi un cuarto de la población brasileña, que ha crecido después de que solo representaban un 5 por ciento en 1970; los líderes religiosos influyen en millones de personas a través de cientos de estaciones de radio y canales de televisión que han adquirido en años recientes.

Dudu Quintanilha, de 28 años, un artista y fotógrafo de São Paulo, dijo que fue golpeado con un palo por cuatro agresores en el carnaval de este año. Credit Lalo de Almeida para The New York Times

Los electores evangélicos han ayudado a enviar a más de 60 legisladores a la Cámara Baja del congreso, que cuenta con 513 miembros, con lo cual han duplicado sus números desde 2010 y se han convertido en uno de los bloques más estructurados en una legislatura dividida e ingobernable.

Jean Wyllys, el único miembro abiertamente homosexual del congreso brasileño, dijo que los evangélicos que forman el núcleo conocido como la “bancada BBB” —sigla que significa “buey, balas y Biblia”— han obstaculizado la legislación que castigaría la discriminación antihomosexual y aumentaría los castigos por los crímenes de odio. “Los evangélicos se hacen cada vez más poderosos y han invadido el congreso”, dijo Wyllys.

Eduardo Cunha, un comentador de la radio, quien es cristiano evangélico y fungió como presidente de la Cámara Baja, alguna vez sugirió que el congreso estableciera un Día del Orgullo Heterosexual.

Después de que una telenovela brasileña presentó a dos personajes homosexuales que se besaban, transmitió repugnancia en Twitter. (A Cunha, quien enfrenta acusaciones por haber recibido 40 millones de dólares en sobornos, se le ordenó que dimitiera el mes pasado).

Durante un debate presidencial televisado en 2014, uno de los candidatos, Levy Fidelix, dijo que los homosexuales no podían ser padres puesto que “los sistemas excretores no sirven para reproducirse”.

Jair Bolsonaro, un congresista bien conocido por sus opiniones conservadoras, ha recomendado que se utilicen los castigos corporales como una herramienta para hacer heterosexuales a las personas homosexuales.

Javier Corrales, un politólogo de la Universidad Amherst que estudia los movimientos por los derechos homosexuales en América Latina, dijo que gran parte de la homofobia era una reacción a logros como el matrimonio entre personas del mismo sexo.

“Los brasileños se están haciendo más tolerantes”, dijo, “pero todavía existen los intolerantes que se oponen a los derechos LGBT están creando nuevas estrategias y un discurso más virulento para bloquear el progreso en torno a esos temas”.

Marco Feliciano, un miembro prominente del bloque evangélico en el congreso, rechaza las sugerencias acerca de que el sentimiento antihomosexual fomenta la violencia. En una entrevista expresó arrepentimiento por haber dicho que el sida era un “cáncer homosexual”, defendió las iniciativas para combatir la legislación de los derechos homosexuales e insistió, por ejemplo, que las parejas del mismo sexo no pueden ser padres.

“Ponen la civilización y a las familias tradicionales en riesgo de ser destruidas”, dijo. Los políticos conservadores se han resistido a iniciativas para enseñar tolerancia en las escuelas, y la policía ha mostrado poco interés en adoptar programas de entrenamiento para ayudar a que los oficiales de las bases ataquen los crímenes de odio.

Las víctimas de la violencia antihomosexual y antitransgénero dicen que a menudo experimentan más humillación por parte de las autoridades policiales, que son abiertamente hostiles a las peticiones de que registren un crimen como motivado por el odio.

Dudu Quintanilha, de 28 años, artista y fotógrafo de São Paulo dijo que cuatro agresores lo golpearon con un palo durante un carnaval este año. Dijo que los atacantes se le acercaron en el centro de la ciudad y gritaron epítetos antihomosexuales mientras le ensangrentaban el rostro, pero la policía se rehusó a considerar ese ataque como un acto de homofobia.

Asegura que a lo largo de varias horas los oficiales de una estación de policía insistieron en que había sido víctima de un simple robo porque perdió su celular y la cartera durante el caos. “Al final, me hicieron dudar acerca de si el ataque homofóbico realmente pasó”, dijo. “Me hicieron dudar si estaba bien de la cabeza”.

Antonio Kvalo, de 34 años, diseñador web que creó temlocal.com.br, un sitio donde los brasileños pueden introducir denuncias de violencia antihomosexual, dijo que lo había motivado en parte su propia experiencia; en 2008, dos hombres lo atacaron en una calle de Río y lo patearon una decena de veces.

Cuando la policía llegó, cuestionaron su relato en repetidas ocasiones y, después de que insistió en que registraran el ataque como crimen de odio, le dijeron que se cubriera en la parte trasera de su vehículo y asumiera la postura de un sospechoso. “Me hicieron sentir como si fuera un criminal”, dijo. Activistas brasileños dicen que las personas transgénero enfrentan la mayor brutalidad, pues aparte de ser asesinadas son mutiladas cruelmente.

El año pasado, un grupo de hombres grabaron en video cuando atacaron a Piu da Silva, de 25 años, una fascinante bailarina de samba en Río, quien fue torturada y forzada a rogar por su vida antes de que la apuñalaran y le dispararan seis veces. Los asaltantes publicaron el video en Facebook y no han sido detenidos. “Los transexuales viven en constante temor”, dijo Kvalo.

Los defensores dicen que incluso cuando los sospechosos de violencia homofóbica son arrestados, a menudo los tratan con indulgencia. Los dos hombres que golpearon salvajemente a André Baliera, un estudiante de derecho de 28 años, en un lujoso vecindario de São Paulo originalmente fueron acusados de intento de asesinato.

El año pasado, después de cumplir una sentencia de dos meses, se ordenó que los hombres pagaran una fianza de 6300 dólares y fueran liberados. El miedo que experimenta Gilson Borges Reis, un estudiante de 18 años, es evidente.

Reis vive en Lauro de Freitas, una ciudad industrial al norte de Brasil y este mes, un primo que durante mucho tiempo se había burlado de él por ser homosexual, lo persiguió por la calle con un cuchillo de cocina y lo apuñaló en el pecho y los brazos mientras los miembros de su familia observaban horrorizados.

Reis sobrevivió y el primo, quien es cristiano evangélico, fue arrestado. Lo acusaron de intento de asesinato, pero pronto fue liberado bajo fianza. Los dos primos viven en la misma calle. “Pasa por mi casa y me mira con una expresión horrible”, dijo Reis con lágrimas en los ojos. “No tengo protección. Tengo miedo”.

Andrew Jacobs/The New York Times

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