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“Eso ya lo he vivido” por Sergio Dahbar

“Eso ya lo he vivido” por  Sergio Dahbar


Sergio Dahbar / @sdahbar.

Uno siempre debe temerle a las noticias en caliente porque a veces entrañan equívocos considerables. Ha pasado más de una vez que una primera plana de un viejo medio impreso tuvo que rectificar porque los hechos fueron corregidos y la realidad cambió como una media cuando uno la da vuelta con la mano.

Si nos atenemos a una noticia que registran numerosos medios argentinos, y hasta una primera plana global como la de El País, de Madrid, algo huele mal al sur del continente latinoamericano. Lamentablemente, no se trata de algo nuevo. En el pasado hay huellas imborrables.

Un grupo de estudiantes de un colegio judío de Buenos Aires, ORT, que había viajado a Bariloche para festejar su graduación de bachillerato, fue agredido por estudiantes de otro colegio de la capital, Sociedad Escolar y Deportiva Alemana Lanús oeste, que se pintaron símbolos nazis, como esvásticas. Al entrar al local vestidos con chaquetas, se las quitaron para mostrar el mensaje “original’’ que tenían pintado en el cuerpo.

Todo ocurrió en la discoteca Cerebro (algo de lo que carecían los jóvenes de Lanús oeste), donde se desarrollaba una fiesta de disfraces. Bariloche es uno de los destinos clásicos de todos los jóvenes que desean celebrar el cierre de su educación secundaria en Argentina. Entre julio y octubre llegan miles de jóvenes entre 17 y 19 años. Tantos que ya hay una industria nacional para atenderlos y brindarles protección.

Sin duda que este episodio despreciable de una comunidad que hace bromas con un tema grave genera protestas y llamados de alerta. En mi caso, sentí algo que los franceses llaman deja vu, y que es una sensación de haber vivido algo que ocurre otra vez en el presente.

Mis lectores saben que nací en Argentina y que mis primeros diecisiete años de vida los pasé en una ciudad llamada Córdoba, a la que Sarmiento definió (para un viajero extraviado) como una hondonada que tiene una iglesia en cada esquina.

Quizás de los mejores recuerdos de esos años cordobeses sea mi bachillerato en el Colegio Nacional Monserrat. Fue un territorio inequívoco de formación, que se quedó grabado en mi memoria para siempre. Fundado como colegio en 1687 por Ignacio Duarte y Quirós, fue declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad en el año 2000.

El Monserrat, como lo llamábamos los estudiantes, durante 300 años no permitió que estudiaran mujeres en sus frías aulas de piedras. Esta norma, ridícula y discriminatoria, cambió a finales de los años 90.

Como buena institución educacional jesuítica, fue muy importante en el Virreinato de la Plata, incluidos los territorios de Chile y Perú. La historia cultural de Córdoba le debe todo a este colegio que ocupa una manzana y donde funcionó la primera imprenta argentina.

Como estudié en los primeros años setenta en este colegio, cuando se estaba incubando el odio y el desprecio por la vida que desembocaría en la dictadura de Videla, viví en carne propia el racismo de los estudiantes con los judíos y en general con cualquiera que oliera a extraño, a diferente.

Era práctica común bautizar a los judíos en los baños: los desnudaban y los escupían. A mí me llamaban el turco Dahbar. Y tuve que armarme de una escuadra siria para defender el apellido y el origen entre gamberros nacionalistas de la peor especie, que ni siquiera entendían el origen del apelativo turco.

Cuando leí la noticia de Bariloche tuve la misma sensación de la magdalena en el té, pero el aroma no recuperó lo mejor de mi infancia, sino el recuerdo de algo que no pareciera borrarse de Argentina: una profunda intolerancia por lo que es extraño y desconocido. Como si en el mundo no bastaran horrores y desmanes, en el sur unos estudiantes descerebrados invocan lo peor de la humanidad.

El Universal, 27 de agosto de 2016

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