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“España y los pactos suicidas” Alejandro Arratia Guillermo @ib_americanos_

“España y los pactos suicidas” Alejandro Arratia Guillermo @ib_americanos_


Alejandro Arratia Guillermo @ib_americanos_

Para buscar alianzas hay que distinguir los partidos democráticos de los enemigos. Los electores van a decidir entre organizaciones contrarias, es cierto, pero suponen que todos están comprometidos con el sistema, aunque tengan diferencias radicales e ideologías opuestas. El populismo, que en España encarna PODEMOS, tiene la misión de destruir y sustituir la democracia por el autoritarismo. No se puede, con manidos eslóganes de “izquierda y derecha”, hacer acuerdos con los que se proponen destruir la democracia.

Pablo Iglesias ha moderado el lenguaje, ahora es posible conversar y buscar acuerdos con Podemos. Palabras más, palabras menos, están en mi memoria esas declaraciones de Pedro Sánchez el secretario general del PSOE, meses antes de las elecciones. Confieso que llamaba la atención el estilo condescendiente y la razón alegada. El tono “perdona vida” ignoraba los pronósticos y el ambiente pre electoral de malos resultados en los comicios de diciembre, con análisis que enviaban al PSOE al tercer lugar. En aquel momento conocíamos a Sánchez lo suficiente para no asombrarnos, pero entonces, y ahora también, vale la pena detenerse a discutir eso de “la moderación del lenguaje”. Con tal simpleza pretendía engañarnos, o demostraba ignorancia supina acerca de Podemos. Quizás las dos cosas.

El tema tiene actualidad ante las próximas elecciones del 26 de junio y como razonamiento universal sobre principios de políticas de alianzas. Lejos la petulancia de aconsejar a dirigentes avezados, nos mueve la exigencia moral de alertar en cuestiones básicas. La primera obligación es distinguir entre grupos, movimientos o partidos democráticos y aquellos colocados en la acera de enfrente. Aclaremos, democráticos por trayectoria, postulados programáticos y posición frente a problemas fundamentales. En España el test es conocido: nacionalismo secesionista, terrorismo con sus albaceas y voceros, dictaduras, propiedad privada, pluralismo y la Libertad (con mayúsculas) en sus expresiones fácticas, constituyen algunos enunciados de pilares sobre los cuales se sostiene el sistema.

Las elecciones son procesos intrínsecos a la vida democrática; las consultas nacionales están pensadas para conocer periódicamente el criterio político de la población y dar a los ciudadanos la oportunidad de ejercer el derecho de seleccionar al primer mandatario y los congresistas. Decidimos entre personas y organizaciones contrarias, es cierto, pero todos defensores del sistema aunque tengan diferencias radicales e ideologías históricamente opuestas. La situación obliga a introducir estas sentencias de Perogrullo, pues, con honrosas excepciones, en la presente dinámica electoral de España se olvida que la democracia tiene que defenderse, y es categórica la distinción entre adversarios y enemigos: identificarlos, reconocerlos, denunciarlos y combatirlos con firmeza.

En la última década del siglo XX regresó renovada la artimaña de esconder los propósitos subversivos. El enemigo camina entre nosotros con piel de oveja. En Latinoamérica dictadura militar es demodé y el terrorismo castrista está de vacaciones. En Europa duermen larga siesta el fascismo duro, los nazis racistas y el determinismo comunista. La misión de destruir y sustituir democracias por regímenes autoritarios la tiene el populismo, que en España encarna PODEMOS. Hemos sido informados -menos Pedro Sánchez- de que la modulación del lenguaje no representa señal alguna de cambio en los principios y ni en los fines. Al contrario, el arma poderosa de los populistas es el discurso orwelliano: paz es guerra, democracia es dictadura, libertad es opresión, participación es sumisión…

La democracia es el único sistema que permite a sus enemigos actuar libremente en su seno, mas esa participación tiene barreras políticas utilizadas por los partidos genuinamente democráticos. En Europa los pactos electorales para frenar al populismo han estado en el orden del día, vale recordar un caso: en las elecciones regionales francesas (diciembre 2015) el partido populista Frente Nacional de Marine Le Pen, en la primera ronda, ganó en 6 regiones de 13, fue el más votado. En la segunda vuelta los acuerdos entre Socialistas, Verdes e izquierda radical, le dio un giro a la situación -crearon “un cordón sanitario” decían las noticias- y los populistas no gobernarán ninguna región. Cada partido mantiene su independencia y la confrontación continúa con vista a las presidenciales del 2017.

Se puede hacer cualquier tipo de alianza, menos buscar acuerdos con enemigos que se proponen destruir el sistema. Escudarse en manidos eslóganes de “izquierda y derecha” solo manifiesta limitación política e intelectual. Parece útil la invitación a verse en el espejo de los casos europeos de exclusión de los populistas, pero quizás valdría más recomendar el estudio de la historia del PSOE: en 137 años de vida activa, solo el abandono del marxismo en 1979 permitió su transformación en una organización mayoritaria, ganar elecciones y promover entre 1982 y 1996, políticas que difícilmente pueden recibir el rótulo de izquierda, y que por la misma razón contribuyeron al desarrollo y modernización del país.

Podemos nació y se fortaleció con el financiamiento de petrodólares bolivarianos e iraníes, no es casual que el gobierno que ofrecen a los españoles se sustente en las mismas políticas que acabaron con la libertad en Venezuela y la han llevado a la quiebra total. Pedro Sánchez sigue obsesionado por la presidencia, dispuesto a cualquier concesión por el apoyo en una investidura imposible Los números no dieron ni serán suficientes según los sondeos del 26 de junio. Sánchez calificó su participación en las pasadas elecciones de diciembre de “histórica” y es verdad; 90 diputados es la cifra históricamente más pobre obtenida por los socialistas desde 1977. Las pérdidas económicas y de creación de empleo, desde diciembre 2015, deberían motivar un poco de cordura.

De los libros
En cualquier caso, no parece posible infravalorar la significación histórica de la llegada al poder de los socialistas, cuyos actuales dirigentes son los herederos de las mismas siglas que participaron en el primero y en el último Gobierno de la II República. Para la monarquía parlamentaria, el gobierno del PSOE –representante dela España derrotada en la guerra civil y marginada durante el franquismo, legatario de una tradición laica, popular y republicana, apoyado por un partido hegemónico en el movimiento obrero organizado y por una central sindical de sólida implantación- constituía el definitivo endoso de su legitimidad como forma política capaz de encuadrar a toda la sociedad española y de respetar cualquier proyecto de transformación respaldado por las urnas. Al tiempo, esa pacífica asunción política del poder por el PSOE confirmaba, disipando cualquier duda residual, la plena aceptación por los socialistas de la Corona como pieza institucional de un Estado democrático y de una Constitución refrendada por el pueblo en las urnas. Para expresarlo en otros términos, la victoria electoral de los socialistas y el normal traspaso de los poderes al partido de Felipe González mostraron que el entramado de instituciones, leyes y usos políticos forjado a los largo de la Transición había funcionado de manera satisfactoria en el momento crítico de la alternativa de gobierno desde la derecha a la izquierda, prueba decisiva para saber si los materiales de la construcción constitucional eran suficientemente resistentes
(pp. 105-106)

Javier Pradera (2014): LA TRANSICIÓN ESPAÑOLA Y LA DEMOCRACIA. Fondo de Cultura Económica. España

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