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Está creciendo la desnutrición infantil en Venezuela

Está creciendo la desnutrición infantil en Venezuela


La desnutrición es un ciclo difícil de revertir, pues compromete el desarrollo futuro de la persona. Del bajo peso, la deshidratación, la hinchazón y el marasmo quedan secuelas en la adultez. La crisis de abastecimiento y la inflación que atraviesan los venezolanos han empujado las cifras de los indicadores nutricionales. En el Hospital J. M de los Ríos han atendido 65 casos hasta agosto, cuando en todo 2015 vieron 34. La mayoría son lactantes y muchos vienen de madres que también dejaron de comer durante el embarazo. Otros números también han crecido: el de las medidas de abrigo que otorgan los consejos de protección a niños que no pueden ser alimentados por sus padres. El hambre también separa familias

El niño es uno de los 65 niños que el Hospital J. M. de los Ríos atendió hasta el 26 de agosto diagnosticados con desnutrición grave. Pesa 3,900 kilogramos, el peso que podría tener fácilmente un pequeño al nacer. “No tengo los recursos necesarios, no lo alimento bien y no tengo para comprarle su fórmula. Yo estoy comiendo una o dos veces al día, él toma su pecho, pero no tengo suficiente leche. Le estoy rindiendo la fórmula, le pongo una tapita de leche en un tetero grande con agua porque no tengo para comprar más. Si es por él, mientras más le dé, más come, pero solo le doy tetero cuatro o cinco veces al día”, dice la madre, con la mirada clavada en el piso. Un niño pequeño debería comer cada tres o cuatro horas, de 6 a 8 veces al día.

Laura tiene 22 años y vive sola en Agua Fría. Su pareja la abandonó. Trabajaba en un restaurante pero cuando diagnosticaron a su niño con desnutrición le dijeron que ameritaba cuidados constantes. “La única que me ayuda es mi mamá, pero ella también tiene que mantener a cuatro niños. Me da un poco de comida. De resto como lo que consigo, en las mañanas compro pan y desayunamos eso, en la tarde puede ser arroz”.

El control del bebé en el J. M. de los Ríos es ambulatorio. El traslado, incluso, representa un gran esfuerzo para la mujer. “Me dieron la cola desde mi casa hasta Coche y ahí me regalaron un ticket de Metro. Ahora no sé cómo voy a volver”. El cuerpo de ella también mengua sin nutrientes: ha bajado ocho kilos en tres meses. “Me dan mareos y dolor de cabeza, pero ahorita no ando pendiente de mí sino de mi hijo”.

Los 65 niños con desnutrición grave que han recibido este año en el servicio de Nutrición del Hospital J. M. de los Rios representan una cifra alarmante si se compara con los 34 casos que se observaron en todo 2015. Del total visto este año, 66,15% son lactantes.

Pobreza que arropa. Aarón Díaz, de cuatro meses, es otro de los pacientes del hospital de niños. El 29 de junio ingresó con desnutrición grave, anemia y deshidratación moderada. Desde hace meses, la desesperación mueve las decisiones de su madre, Sarahí Díaz. Durante el embarazo, y para garantizar la alimentación de su otra hija de cuatro años de edad, la mujer de 27 años decidió sacrificar sus comidas hasta por dos días seguidos sin saber las consecuencias que tendría para la persona que gestaba.

Cuando Aarón nació pesó 2,532 kilogramos, una medida baja aunque dentro del promedio. Su madre solo pudo darle pecho durante los primeros 11 días debido a tres abscesos en uno de los senos. Esa condición los obligó a correr detrás de la inflación y la escasez para conseguir fórmulas lácteas. No siempre tuvieron éxito.

A mediados de julio se notaba el bajo peso del niño. Ante la falta de leche especial, lo alimentó durante una semana con crema de arroz. Otra semana le dio leche completa. “El niño empezó a vomitar y a tener diarrea. Después le dio fiebre. Me fui corriendo al hospital y nos dejaron hospitalizados. Cuando llegamos el niño pesaba menos que cuando nació”, cuenta la mujer. La recuperación avanza lentamente, Aarón tiene 4,300 kilogramos, aunque aún no duplica su peso inicial que es lo esperado que ocurra en los bebés al alcanzar entre 4 y 6 meses de edad. El 30 de agosto en la tarde fue transferido al Centro de Especialidades Nutricionales Hipólita Bolívar, en donde comparte habitación con otros cinco niños con desnutrición grave. “Estoy con un hambre horrible. Nos dieron de comer a las 5 de la tarde, imagínate, a esta hora ya me da hambre, me duele la barriga”, escribió en un mensaje de texto Sarahí ese día a las 8:30 pm. En el lugar les garantizan la alimentación, a deshoras, pero no los pañales. En este momento la mujer estira la duración de tres pañales que le donaron en el J. M. de los Ríos poniéndole pañitos que lava cada vez que se ensucian.

“Cuando estábamos en la casa a veces comíamos una sola vez al día porque no conseguía nada. La escasez, y también el desempleo. Yo trabajaba limpiando casas y cuando di a luz tuve que dejarlo, su papá no nos ayuda. Comíamos lo que consiguiera, yuca, papa o plátano. A veces me da dolor de cabeza o me mareo, mi hija ha tenido parásitos. Esto lo estamos viviendo desde el año pasado y por eso creo que él nació más pequeño”, relata.

De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística, hasta el primer semestre de 2015 se contabilizaban 1.479.894 familias pobres porque no pueden cubrir al menos una necesidad básica. Además, la data de la encuesta hogares del INE para el primer semestre de 2015 indica que 683.370 familias (9,3%) que viven en pobreza extrema en Venezuela porque no tienen ingresos suficientes para cubrir su alimentación. El indicador mide el ingreso de las familias con respecto al precio alimentos y el costo de servicios prioritarios de salud y educación.  Hasta 2012, los pobres extremos no superaban el 6% de la población.

La Encuesta Condiciones de Vida que realizaron las Universidades Central de Venezuela, Católica Andrés Bello y Simón Bolívar es menos conservadora: 76% de los venezolanos están en pobreza de ingresos, 49% en pobreza crítica y 12,1% solo come dos veces al día.

Las tallas perdidas no vuelven. Desnutrición es una palabra que se repite cada vez con más frecuencia y su prontuario en Venezuela se llena cada vez más. El 21 de julio cobró la vida de Kennedy, de 14 años, por asfixia mecánica por parásitos intestinales, en el estado Bolívar, donde hace tres semanas también se llevó a Stefany Farfán, de 2 años. El 20 de agosto murió en Zulia Royer Machado, de 1 año y medio, tras tres días seguidos sin comer; dos días después en Bolívar falleció Aketzali González con deshidratación y desnutrición severas.

En el Servicio de Nutrición del J. M. de los Ríos hay otro dato que advierten los médicos con preocupación: de 2 casos de desnutrición edematosa que se presentaron en 2015, este año se han visto 16, lo que representa el 24,6%.

Ingrid Soto, jefa del servicio, explica que hay dos tipos de desnutrición grave. La primera es la marasmática, la que padecen los hijos de Sarahí y Laura. “El niño se ve delgado, se le notan los huesos, no tienen cachetes y la cara parece como de viejito”. En este tipo, la piel es seca y los niños están irritables y lloran persistentemente.

La segunda forma es la edematosa, o Kwashiorkor. “Es la que vemos menos. Es causada por déficit de proteínas. El paciente se hincha y tiene mucha debilidad”. Una característica es el abdomen grande y sobresaliente.

“Lo que me preocupa es que más de la mitad de los desnutridos que atendemos son lactantes. Si un adulto sufre de desnutrición no le afectará tanto el cerebro y el desarrollo como ocurre con un niño. Los momentos más críticos son la vida intrauterina y los dos primeros años de vida, que es lo que se conoce como los 1.000 primeros años de vida, en los que se pasa de 50 centímetros al nacer a 85 centímetros a los dos años, pero también se desarrolla el cerebro. Son niños que luego van a tener problemas de concentración, de memoria, dificultades escolares”, alerta Soto. Además explica que algunos de los daños son irreversibles, como la pérdida de talla que difícilmente se recupera tras cuadros graves.

El servicio de Nutrición no escapa a la crisis sanitaria de Venezuela que afecta a familiares y pacientes de todos los tipos de patologías. La recuperación de un niño con desnutrición grave tiene dos grandes etapas: la primera es la de estabilización, para sacarlo de la crisis aguda, que implica unos 45 días de hospitalización; luego la etapa de mantenimiento que lleva más tiempo y se hace de forma ambulatoria.

Como el déficit no es solo de carbohidratos y proteínas, que se recuperarán a través de una mejor alimentación, el niño debe consumir vitaminas y minerales, y recibir terapias de estimulación a través del juego para que en lo posible recupere parte del desarrollo perdido. El rescate del desnutrido involucra también a un pediatra, un psicólogo y a un trabajador social. “Las vitaminas hay que pedírselas a las mamás, y tratándose de mujeres pobres en su mayoría es difícil que las consigan. En el J. M. de los Ríos solo tenemos en este momento zinc, y fórmulas que les damos gracias a donaciones, pero el Estado no está abasteciendo”, aclara Soto.

Lo que sucede en el Hospital de Niños se repite en todo el país. La Encuesta Nacional de Hospitales, presentada por el Observatorio Venezolano de Salud en agosto, indica que 92,7% de los centros asistenciales tienen un Servicio de Nutrición inadecuado. En 16,9% de los hospitales los familiares llevan la comida a sus pacientes y en 52,3% de las instituciones brindan las 3 comidas con fallas de cantidad. Los servicios pediátricos están en números rojos: en 63,64% de ellos no hay fórmulas lácteas y en 27,27%  las cantidades de leche son insuficientes.

También los exámenes corren por cuenta del paciente. 95% de los hospitales del país mantienen sus laboratorios con fallas severas o inoperativos.

La Organización Mundial de la Salud ubica a Venezuela en el cuarto puesto de países de Latinoamérica y el Caribe con menos desnutrición infantil. Sin embargo, según datos recuperados por la Alianza de Sistema de Monitoreo Nutricional que llevan varios expertos, entre 20% y 25% de los niños en Venezuela presenta desnutrición aguda y crónica.

Las brechas se expanden. La pobreza y la ignorancia hacen de las suyas si se les abren espacios. El momento de crisis que vive Venezuela podría convertirse en un descampado.

Yelitza Giménez –nombre modificado a petición de la fuente- tiene siete hijos que tienen entre 1 año y 11 años. Tres de ellos han sufrido de desnutrición en los últimos cinco meses.

“Empezó la niña de tres añitos. A finales de marzo se empezó a hinchar y yo pensé que era la chikungunya y lo dejé ir pasando, nunca me imaginé que fuera desnutrición. Cuando la hospitalizaron en el Pérez Carreño me dijeron que era eso. Estuvo un mes internada”. Luego se enfermó el niño de 3 años, que fue atendido en el J. M. de los Ríos y el más pequeño, de 1 año y 7 meses, fue el siguiente, con quien pasó más de 15 días en Centro de Especialidades Nutricionales Hipólita Bolívar.

“No les estaba dando leche porque no tenía. En dos meses tomaron leche solo una semana. Tampoco tenía aceite, carne ni pollo. Lo poco que comíamos era cuando compraba pan, yuca o maíz. Una tía me denunció porque mis hijos estaban enfermos. Los veía hinchados y yo no los llevé al hospital porque los hospitales te enferman más y yo quería que se curaran en casa”. Los hijos de Yelitza perdieron un año escolar porque ella no tenía dinero para llevarlos. Ahora pesa sobre ella una medida de protección emanada de la Alcaldía de Urdaneta de Cúa, en los Valles del Tuy, que la obliga a llevarlos a la escuela y mantenerlos sanos para no perderlos.

Para Mercedes López de Blanco, pediatra y vicepresidente de la Fundación Bengoa, el mayor problema es que las consecuencias psicomotoras de la desnutrición acentuarán las diferencias entre la población. “Que quede más bajito de lo que iba a ser o que esté más delgado no es lo más preocupante. El problema real es que disminuirán sus posibilidades. Un muchacho mal nutrido no pone atención en clases porque le falta hierro. La gente cree que son flojos, pero no. No van a poder competir en el futuro, van a tener una escolaridad chucuta. Estamos jugando con el potencial humano, eso es un pecado”.

El país requeriría entonces una amplia inversión para proteger a los grupos de mayor riesgo, las embarazadas, los niños pequeños y los ancianos. “Pero si la fuerza de trabajo está sin energía por falta de alimentación es difícil. Necesitamos incrementar ingresos a nivel de hogar, acceso a los alimentos e informar a la población. Las mamás necesitan saber las señales de alerta para actuar a tiempo, y eso no se está informando”, critica Yngrid Candela, nutricionista del Centro de Estudios del Desarrollo de la Universidad Central de Venezuela.

La opción inmediata, entonces, es jugar con los recursos que se tienen. Ingrid Soto recomienda que las madres amamanten a los lactantes aunque estén desnutridas. Habrá menos cantidad de leche y no tendrá la misma calidad, pero es preferible a que tomen agua de arroz o chicha.

También aconseja manejar algunos sustitutos de los alimentos que menos se consiguen. En el desayuno puede comerse plátano o yuca, y usar verduras de estación –el mango salvó a unos cuantos en los meses pasados- como el aguacate. “Aunque las caraotas están caras, rinden más. Pueden almorzar tres cuartos de taza de arroz con un cuarto de taza de caraotas o lentejas más una cucharadita de queso blanco rayado y un jugo con vitamina C para que el cuerpo absorba bien el hierro de la leguminosa, o usar sardinas frescas como fuente de proteína, omega 3 y calcio”.

En el Centro de Atención Nutricional Infantil Antímano, Cania, atienden a 200 pacientes al día. Hay un cambio significativo entre las personas que ven en las consultas y en las actividades comunitarias, dice Carmen Brito, gerente general: la obesidad que venía en ascenso hasta 2012 da paso a la desnutrición.

López de Blanco explica que en Venezuela ha habido sobrepeso, obesidad y desnutrición durante muchos años, y que el fenómeno llamado doble carga de malnutrición es típico de los países en vías de desarrollo. “En este momento, por la crisis que estamos viviendo, hay más desnutrición que obesidad, pero no quiere decir que haya desaparecido la obesidad ni que las personas estén saludables. Es sumamente preocupante la cantidad de niños que se mueren por malnutrición, pero más lamentable son los niños que sobreviven con retardo en la talla y en el desarrollo neuropsicomotor, porque vamos a tener una generación que no estará adecuada a los retos que exige un país de personas trabajadoras y productivas. El potencial humano es lo que está en juego”, insiste la especialista. La desnutrición, que al principio es silenciosa, va comiendo los tejidos de los venezolanos de forma cada vez más estruendosa.

Las cifras

50% era el déficit de consumo de calcio entre abril y septiembre de 2015, de acuerdo con la Encuesta de Consumo de Alimentos del INE.

3,4% de desnutrición infantil reportó en 2013 el Perfil Nutricional de Venezuela del Instituto Nacional de Nutrición.

Las calorías que cuentan

Para evaluar el estado nutricional en los niños se usan tres índices:

-Talla/Edad: refleja desnutrición crónica, ocurrida durante los últimos 5 a 10 años, y puede encontrarse referida como retardo del crecimiento, déficit de crecimiento, talla baja, stunting.

 -Peso/Talla: refleja el deterioro del estado nutricional ocurrido en el corto plazo. Es susceptible de mostrar deterioro nutricional en semanas, meses, por eso es el indicador adecuado para analizar crisis alimentarias agudas, en el corto plazo y para monitorear deterioros y daños periódicamente en una emergencia. También se verá referido como desnutrición aguda, emaciación, delgadez. Este es el índice nutricional que se relaciona más directamente con mortalidad. Es decir, cuando hay prevalencias altas de desnutrición según peso/talla sube mucho el riesgo de mortalidad infantil.

-Peso/Edad: es un indicador mixto que refleja cambios pasados y presentes, pero más susceptible de mostrar cambios en el estado nutricional en el mediano plazo. No es un indicador adecuado para reportar crisis y emergencias alimentarias ni para monitorear tendencias de deterioro. También se puede ver referido como “desnutrición global”, “déficit ponderal”, “déficit nutricional”, “insuficiencia ponderal”.

La nutricionista Susana Raffalli, especialista en atención de emergencias alimentarias, hace las siguientes consideraciones sobre el tema:

-Una talla baja (desnutrición crónica) siempre será sinónimo de privación alimentaria, social, sanitaria y económica acumulada en el tiempo. Una desnutrición aguda siempre es sinónimo de una privación en el corto plazo.

-Estos 3 tipos de desnutrición se pueden clasificar a su vez, por su severidad, en leve, moderada, severa o grave y total. La desnutrición aguda total reportada en Maracaibo, Mérida y Caracas por la Fundación Bengoa (23%) es alta, pero todavía no llega a los criterios internacionales de mayor alerta (catástrofes) porque las formas moderadas y severas todavía no alcanzan proporciones altas.

-La subnutrición o subalimentación no es un indicador de desnutrición. Es un indicador de oferta alimentaria. También se le llama consumo aparente o disponibilidad de energía alimentaria para consumo humano. La oferta alimentaria se calcula sumando todos los alimentos que un país produce e importa, menos lo destinado a alimentación de animales, contrastando su suficiencia con la población del país.

-Lo mínimo son entre 2.100 y 2.300 calorías por habitante promedio, y lo pleno está sobre las 2.700 calorías/hab. En Venezuela se maneja siempre entre 100% y 110% de suficiencia, y entre el 2010 y 2013 se llegó a tener disponibles (especialmente por importaciones) 3.300 calorías/hab. Es decir, si ese fuera un indicador de hambre y desnutrición, el país merecería los reconocimientos de la FAO. En mayo, la canciller Delcy Rodríguez aseguró durante su participación en la sesión extraordinaria de la Organización de Estados Americanos que Venezuela había importado durante los últimos dos años calorías para alimentar 3 países. Rafalli hace la salvedad de que eso no significa que la población la consumió. Este índice solo mide la oferta alimentaria potencialmente accesible, pero no la real que se consumió.

-Existen alimentos estratégicos para situaciones de emergencia nutricional: arroz, harina de maíz, una leguminosa, un producto lácteo y una grasa, los cuales deben estar acompañados de una fruta local e hidratación. Estas calorías se ajustan por kilogramo de peso.

 -El gobierno y la FAO están usando para dar cuenta del estado nutricional en este corto plazo, dos indicadores muy inadecuados, agrega la especialista. El déficit ponderal (peso para la edad) que no es susceptible de mostrar el deterioro de los últimos 3 años y siempre da porcentajes más bajos incluso en poblaciones malnutridas, y la subalimentación que no refleja la desnutrición ni el consumo real de alimentos.

 -El país importa lo suficiente a dólar preferencial, equivalente a 98% de las calorías necesarias. En países con desigualdad, cubrir 98% es aún muy deficiente. Se requiere lograr entre 110% y 120% de abastecimiento para no levantar las alarmas.

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