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“For export” por Sergio Dahbar

“For export” por  Sergio Dahbar


 Sergio Dahbar / @sdahbar.

Ahora exportamos talento. Y del bueno. Del que se formó con el apoyo de las becas Mariscal de Ayacucho, en la “denostada’’ cuarta república, que será reivindicada (más tarde o más temprano) cuando este carnaval de resentimientos desbocados encuentre el destino que ha engendrado.

Hubo una época en que exportábamos telenovelas y misses, gracias al talento de guionistas bravos y fabricantes de belleza. Los escritores han sido contratados por empresas de otros países. Ofrendan calidad a esa audiencia global que desfallece ante el melodrama y sus desvaríos, pero también a las nuevas series que se imponen en las señales de cable.

Osmel Souza, nuestro Frankenstein local, o si somos más precisos nuestro Andrew Crosse, aquel médico que experimentaba con cadáveres y electricidad en 1814, no solo ha triunfado con el mercado local de la transformación de mujeres hermosas, sino que ha sido contratado hasta en Letonia para mejorar el sex appeal de las competidoras en los certámenes de belleza del planeta.

He referido diferentes exportaciones que definen nuestra identidad en el curso del tiempo. Porque deseo traer a colación otro tipo fenómeno de exportación, que data de 1957. Se trata de un playboy que nació en Carúpano (1937/1998), de orígenes corsos, y que llegó a impactar las revistas del corazón españolas hasta el vértice del escándalo.

Me refiero a Espartaco Santoni, cabeza de playa de miles de venezolanos que hoy tientan fortuna o un simple trabajo en la península madre. Quizás los jóvenes hoy piensen que se trata de una marca de ropa o de zapatos italianos. Pero fue todo un personaje. Uno de esos latin lover nacidos para vivir de mujeres ricas que casi siempre perdían algo de dinero y se quedaban con la nostalgia. Estaba destinado a convertirse en mito. Una actriz de los años setenta le confesó a Maruja Torres que el hombre era irresistible por sus dotes sexuales.

Lo he recordado esta semana porque falleció en España Marujita Díaz, a los 83 años, llamada María del Dulce Nombre Díaz Ruiz, hija de un tramoyero español que incursionó en la actuación en los años cincuenta.

Marujita Díaz, representante de la España cañí, conoció a Espartaco Santoni en Caracas en 1951. Ella buscaba un vividor del que enamorarse a rabiar. Él, la oportunidad para escapar de Venezuela. Ambos consiguieron lo que querían.

La historia de Espartaco Santoni escapa de los límites de esta columna. Solo deseo comentar que entre sus infinitas mujeres una fue muy célebre: Carmen Cervera, la inexpugnable Tita, baronesa de Thyssen Bornemisza. No duraron demasiado tiempo juntos, entre otras cosas porque el matrimonio fue impugnado por una acusación de bigamia contra Santoni.

Este playboy coqueteó con el séptimo arte: actuó en western spaguettis y películas de horror de medio pelo; produjo la incursión española de Orson Welles, Campanadas de medianoche, que fue premiada en Cannes; y reapareció en Torrente, el brazo tonto de la ley, primera de una saga de cuatro, en que interpreta a un mafioso.

Santoni estuvo preso en Carabanchel (Madrid) 36 días por presunta estafa. Regresó a Caracas y escribió sus memorias No niego nada, que aparecieron en España en medio de un escándalo mediático. Se casó con Naty de las Casas, al final de una travesía venezolana que sería su despedida de estas tierras.

Entonces recaló en Marbella, donde gerenció hoteles y discotecas en Puerto Banús, bajo el ala protectora de un alcalde con pinta de rufián melancólico, Jesús Gil y Gil. Murió de un cáncer en el páncreas en los brazos de su última mujer, Eva. Como afirma Álvaro Corazón Rural, en una nota imperdible en Jot Down, “sujetos con estas biografías ya no nacen”.

El Nacional, 27 de junio de 2015

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