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Gente que se queda: “Le debo todo a mi país, nadie me mueve de aquí”

Gente que se queda: “Le debo todo a mi país, nadie me mueve de aquí”


Amelia se reconoce a sí misma como una militante de la libertad, así sin apellidos. “Solo la libertad. La libertad de comprar y vender y de ganar dinero, viajar y tener un buen carro, comer en un buen restaurante y vestirse a tu gusto”.

Amelia se declara a sí misma como militante de la prosperidad y adversaria de la pobreza y de lo que ella denomina “conciencia de limitación”, un concepto que aprendió en sus clases de metafísica.

Admite, y respira hondo antes de confesarlo casi como un pecado, que votó por el extinto Hugo Chávez, en 1998. “Me dejé arrastrar por la moda de la antipolítica, el peor error de mi vida”. Al año ya estaba arrepentida y desde entonces en el balcón de su apartamento ha llorado por el curso que lleva su país en manos del chavismo.

Amelia, tiene 71 años, o sea, que la mayor parte de su vida se desarrolló en la denominada cuarta república, un período de la historia de Venezuela que se habría bautizado en 1961, con la victoria presidencial de Rómulo Betancourt y se habría clausurado en 1991 con el ascenso de Chávez a Miraflores.

“Yo nací en La Pastora, en el seno de una familia humilde caraqueña. Soy la primogénita y mi padre fue un honesto trabajador de fábrica que levanto a seis hijos, en horarios de 12 y hasta 14 horas, y los llevó desde una humilde casita en Catia, hasta un apartamento alquilado en Los Palos Grandes. Y todo eso, si mendigar nada de nada. Todo eso durante la cuarta república. Esa de la que tanta paja hablan los dirigentes chavistas. Todos esos hipócritas que mamaron de la cuarta república”.

Amelia aún se mantiene activa trabajando a destajo con una hermana que vende tortas para bodas, bautizos y otros eventos familiares. No finalizó sus estudios universitarios para trabajar y ayudar a dos de sus hermanos a obtener títulos universitarios. “No me arrepiento para nada. El amor y el sacrificio por tu gente es el mayor triunfo de la vida”.

Como Penélope, la canción de Joan Manuel Serrat, se quedó en el andén esperando a su príncipe azul. Fue representante de ventas en varios rubros, entre ellos en el sector inmobiliario y tuvo éxito. Antes de la caída de la cuarta república logró comprarse un modesto apartamento en Chacao de 69 metros cuadrados, que los mantiene como una taza de plata. Cobra su pensión del IVSS más lo que se redondea con su hermana Belinda en el negocio de la pastelería artesanal.

Amelia dice que ha participado en casi todas las marchas contra el chavismo y ahora contra el madurismo, aunque advierte que “el almanaque no perdona” y el cansancio le ha ganado algo de terreno. “Eso sí, firmo todo lo que me pongan en frente. Y estoy ansiosa por sacar a Maduro de un puesto que ha desprestigiado a mi país”.

Su hermana Miriam, “mi compinche”, se fue a Miami hace tres años. “La lloré varias noches. Se fue con mi sobrina, que es como la hija que no tuve, y su hijo Diego, que es como el nieto que no tuve. La extraño mucho. Pero por ella, por mis sobrinos y por la memoria de mi padre, me quedo en Venezuela. No descansaré hasta derrotar al chavismo. Soy una ciudadana a carta cabal, como se decía antes. Amo a Venezuela y le debo todo lo que soy. Nadie me mueve de aquí”.

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