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“Grecia: no es suficiente el Partenón” por Trino Márquez

“Grecia: no es suficiente el Partenón” por  Trino Márquez


Trino Márquez / @trinomarquezc.

 Atenas, al comparársele con el resto de las capitales europeas, es una ciudad con pocos atractivos. Sin embargo, cuenta con la deslumbrante Acrópolis, y en medio de esta, el Partenón, una de las construcciones más espectaculares del planeta. Esperar el atardecer en las faldas de la colina y ver cómo van encendiéndose las luces que iluminan la imponente edificación constituye una experiencia estremecedora. Es lícito soñar que de repente aparecerán caminando Platón, Aristóteles, Sócrates o Fidias, uno de los escultores de manos mágicas que esculpió los frisos del templo dedicado a la diosa Palas Atenea.

En la misma zona cultural se encuentra el Museo de la Acrópolis donde se hallan algunas de las maravillas del arte helénico y numerosas piezas talladas que lograron preservarse del Partenón. Sorprende que hace más de 2.500 años, cuando el resto de Europa no había salido de la Edad de Piedra, los griegos clásicos hubiesen sido capaces de idear y fabricar esos portentos. Viendo estas obras, o las que se encuentran en el Museo Arqueológico Nacional, se entiende por qué puede hablarse del Milagro Griego, sin que exista el menor asomo de exageración.

Las causas que condujeron la decadencia de la civilización helénica han sido ampliamente debatidas por los historiadores. Las hipótesis son variadas. No viene a cuento examinarlas. Me interesa solo destacar que los griegos de la actualidad aún viven de ese pasado remoto y extraordinario. Grecia es una nación que recibe millones de turistas anualmente que van a admirar las maravillas que construyeron los lejanos antepasados, y que quieren escuchar o leer las metáforas de la Mitología Griega en la propia tierra donde tanta y rica imaginación se desplegó.  Esos visitantes dejan miles de millones de divisas en los hoteles, restaurantes y museos.

Sobre la industria del turismo, en primer lugar, y de los astilleros y de los productores de aceite de oliva, los gobernantes quisieron montar un Estado que no era de bienestar, sino populista y demagógico, que no son términos equivalentes. Estado de Bienestar el que se construyó en Alemania a partir de Bismark, a finales del siglo XIX; o en Inglaterra, luego de la Segunda Guerra Mundial a raíz de los informes de William Beveridge. Estos Estados benefactores han podido levantarse y mantenerse, sobre todo el alemán, porque el Estado propicia el desarrollo de economías altamente eficientes, competitivas e innovadoras, capaces de generar excedentes que, transmutados en impuestos, retornan a la sociedad convertidos en beneficios para todos sus habitantes. Trabajo, disciplina, ascetismo son valores que se proyectan desde las altas esferas del poder porque la gente lo exige. En Alemania la austeridad y el control del gasto público han sido una norma inapelable tanto en gobiernos socialdemócratas como socialcristianos. El derroche quedó proscrito. El castigo de los votantes resulta despiadado.

En el otro extremo se encuentra Grecia, convertida desde hace muchos años en el paraíso del populismo. Del reparto sin que se genere la riqueza para alimentarlo. Syriza, el partido de la izquierda demagógica, que levanta las banderas contra los programas de ajuste neoliberales, y su líder, el carismático e irresponsable Alexis Tsipras, llevaron el populismo a la cima de la indolencia. Jubilaciones a los 55 años de edad para los varones, déficit fiscal superior a 13% del PIB, cuando la Unión Europea establece como regla que sea menor de 3%, un sector público innecesariamente extenso, regulaciones y controles desmedidos, son algunos de los vicios que han provocado la ruina de los helenos, cuyos gobiernos contrajeron una deuda superior a los 250 mil millones de euros. Ahora piden un nuevo rescate por 30 mil millones, que se sumarían a la deuda acumulada. Por supuesto que el FMI y los gobiernos europeos se resisten a lanzar este nuevo salvavidas sin contar con las garantías que permitan disciplinar a los díscolos mandatarios. Los dirigentes europeos no quieren seguir sufragando la insensatez del gobierno griego, ni los hábitos poco edificantes que el populismo alimentó en los ciudadanos.

Para salir del foso en el que se encuentran, que no se remediaría con la salida de la Zona Euro, los griegos tendrán que entender que el modelo que sus élites políticas deben proponer no puede ser el del socialismo del siglo XXI, sino el de una democracia estable con una pujante economía de mercado.

Del Partenón y la Acrópolis no pueden seguir viviendo.

 

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