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“Hombre nuevo: ¿paradoja? “, por Ysaira Villamizar

“Hombre nuevo: ¿paradoja? “, por  Ysaira Villamizar


 Ysaira Villamizar

Frecuentemente oímos decir a dirigentes fundamentales del gobierno que los logros de la revolución se miden en función del alcance en la construcción del hombre nuevo. Realmente, el interés por lograr esta valoración del ser une a toda la humanidad y, en especial, a los verdaderos practicantes de religiones como el cristianismo. La diferencia está en que las actitudes de algunos van en dirección contraria a ese propósito.

La cantidad de campañas electorales en los últimos catorce años, han debido ser escenario propicio para poner en práctica los valores humanos que los dirigentes de todas las opciones políticas profesan. El ejercicio gubernamental en cualquiera de los poderes públicos también constituye oportunidad ideal para el modelaje del pensamiento y conducta que se aspira practiquen todos los ciudadanos. Sin embargo, si en algún momento de nuestra reciente historia política hemos visto impulsar actitudes que contribuyen a alejarnos de la aproximación a lo que Jesús pretende que seamos, ha sido justamente este período.

Así, lejos de la justicia resultan las persecuciones selectivas por razones de pensamiento contra dirigentes adversarios al oficialismo habiendo en su seno tanto por revisar y corregir.

Instigadores de odio, enfrentamientos y divisiones entre iguales son los discursos segregacionistas que desde el alto poder se pronuncian. En procura desmedida de reducir a la oposición a su mínima expresión (“polvo cósmico”), se vociferan insultos que ofenden a millones de seres humanos que en el mundo han optado por prácticas sexuales distintas, en la mayoría de los casos, expresiones de una condición intrínseca a su naturaleza biológica o psíquica, más allá de una conducta considerada por muchos símbolo frívolo de la postmodernidad. Lejos está el decoro en el uso del lenguaje finamente defendido por el maestro de Bolívar, Don Andrés Bello y por casi todos los hombres y mujeres que hasta hace poco ocupaban cargos de altísima responsabilidad, en especial, en el Poder Ejecutivo y el extinto Congreso Nacional, actualmente Asamblea Nacional. Hoy no les importa usar un vocabulario grotesco con tal de infundir miedo o inhibición.

Pero tal vez el valor más despreciado aunque más “vendido” por la promoción oficial, ha sido el de la solidaridad. Hoy, peor que ayer, observamos la práctica del individualismo producto de las intenciones ideológicas de excluir a la mitad del país de la participación ciudadana en igualdad de condiciones, pero también como consecuencia de una política económica -que no sólo lo conduce al “sálvate a ti mismo”-, se va empujando al venezolano hacia prácticas contrarias a la ley, el orden y el trabajo. La anarquía y prepotencia como privilegio de quien está enchufado con el proceso, autoriza al “nuevo” hombre a violentar impunemente todos los cánones de convivencia llamada a asegurar la armonía entre ciudadanos con los mismos derechos a disfrutar de su país, de sus riquezas. Como producto -repito- de las políticas económicas de este gobierno, los valores sociales que se pregonan por un lado, son aplastados absolutamente con las ejecutorias. De esto tenemos muchísimos ejemplos, tantos que ya nos parecen naturales a fuerza de convivir con ellos.

Tomando un descanso en las costas de este país, presencié parte de lo insólito que puede ocurrir a orillas de playa de un pueblo que lucha contra el olvido. El producto de la pesca, ahora en manos de una cooperativa cuyo objetivo es garantizar la provisión del tradicional alimento de estas zonas a toda la comunidad, ahora es escaso o sumamente caro. Y, por supuesto, no se trata de que haya aumentado el precio de los “alimentos concentrados para peces”, es que ahora quienes controlan la cooperativa, sin nadie que los supervise, olvidaron los principios fundamentales, la razón de ser del cooperativismo, para dar rienda suelta al más triste individualismo, afán de lucro o maximización de las ganancias. ¿Qué hacen? Según narran los pobladores, acaparan lo extraído y transportan los pescados a la isla extranjera más cercana, al interior del país y, fundamentalmente, al país vecino, donde los venden en pesos o en dólares, regresan y negocian las divisas ya sabemos cómo. ¿Resultado? Beneficio para pocos; perjuicio para el pueblo; para el pueblo que vive de vender a los turistas las empanadas de pescado, las sopas y el famoso pescado frito; perjuicio para el pueblo que paradójicamente extrae del mar tan extraordinario alimento y que, en cambio, no lo puede disponer satisfactoriamente, ni a precios razonables. Tal como ocurre en los pueblos petroleros del llano, cuyas vías padecen el más crudo abandono, no sólo por carecer de buen asfaltado, sino por la ausencia de construcción de las vías necesarias para comercializar sus productos, en nuestros pueblos de pescadores las políticas públicas son paradojas. Hoy, las medidas económicas han lanzado al pueblo a la aventura pirata de buscar dólares hasta debajo de las piedras (los que pueden) y negociar, como le ha enseñado el oficialismo gubernamental con sus juegos especulativos y discriminatorios, para poder defenderse de una de las inflaciones más altas del mundo y obtener ingresos que le permita pagar los inalcanzables precios que la escasez impone.

Es producto de las políticas económicas y de los intereses “políticos” que se ha destruido un aparato productivo con la intención de que el pueblo urgido de sobrevivencia, acuda agradecido a recibir bienes o dinero en subsidios directos, muy inferiores en calidad y cantidad a los que podría obtener si a cambio o si además, se le garantizara un buen empleo, con seguridad social y los beneficios de ley que corresponden a un trabajo digno y estable. Vemos así cómo el supuesto hombre nuevo que se perfila desde este gobierno, por insólito que parezca, no es aquel que le sirve a la construcción de una nueva sociedad, sino a una clase gobernante que con su gestión y conducta pública lo inducen a alejarse del modelo de hombre justo, solidario, de orden, de trabajo y apegado a la ley, que complazca a Dios, a la sociedad, a las familias y a sí mismo.

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