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Homenaje mundial a Muhammad Ali

Homenaje mundial a Muhammad Ali


Las exequias del excampeón mundial pesado, quien falleció a los 74 años el viernes pasado en Phoenix, comenzaron con una plegaria musulmana. El ritual funerario, que incluyó una oración Jenazah, fue abierta al público y fue una oportunidad para que los musulmanes despidieran a un emblema de la fe.

Los musulmanes estadounidenses esperan que la misa para el ídolo ayude a subrayar que el Islam, tan atacado en los últimos meses, es una parte integral de la vida en Estados Unidos. “Muhammad Ali tiene una importancia muy especial para la comunidad musulmana”, explicó el imán Zaid Shakir, quien participó en la organización de las exequias. “Debemos decirle adiós lo mejor que podamos, honrar su memoria, seguir su senda y amarnos entre nosotros como él lo anhelaba”, precisó.

El viernes a la mañana se desarrollará la segunda parte del réquiem, con una larga procesión de la carroza que transportará por las calles de la ciudad el ataúd de Ali. El trayecto de 30 kilómetros recorrerá los sitios emblemáticos de la historia del púgil: su casa de la infancia, el museo en su honor, el Centro del Patrimonio Estadounidense Africano, que reconstruye la vida de los negros de Kentucky, y el bulevar Muhammad Ali.

Los restos de Ali, que trascendió las fronteras del boxeo gracias a su lucha por los derechos civiles, serán llevados luego al cementerio. Su entierro será íntimo. De la ceremonia participará su familia y algunas personalidades, entre ellas el actor Will Smith y el excampeón pesado Lennox Lewis, quienes cargarán el ataúd junto a otras seis personas.

Las ceremonias convocarán a personalidades destacadas de diferentes campos, entre ellos el presidente turco Recep Tayyip Erdogan yel rey Abdalá II de Jordania, por lo que habrá un importante operativo de seguridad del que participarán alrededor de 1.000 agentes de seguridad, policías, miembros delservicio secreto y otras organizaciones. También darán el presente el expresidente Bill Clinton y el comediante Billy Cristal pronunciarán allí algunos de los discursos fúnebres. También darán el presente el expresidente Bill Clinton y el comediante Billy Crystal, quienes figuran en la lista de oradores.

Distribuidas gratuitamente el miércoles, las 15.000 entradas de acceso a esta ceremonia se agotaron en media hora. Sin embargo, la demanda fue tan superior a la oferta que casi inmediatamente después de agotadas salieron a la venta a través de Internet.”Toda persona que venda o compre entradas en línea en Craigslist, eBay y cualquier otro sitio, será denunciado a la policía”, advirtió el portavoz de la familia Ali, Bob Gunnell, quien calificó de “despreciable” este tipo de comercio ilegal.

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Mucho más que un boxeador

Entre los muchos matices que transformaron a Muhammad Ali en el deportista más fascinante del siglo XX, hay uno que queda postergado por su prodigiosa maestría en el ring y por el gesto revolucionario de negarse a combatir en Vietnam. Me refiero a su condición de villano encantador, de genio políticamente incorrecto, de funambulista que oscilaba entre la nobleza y la abyección con la sonrisa de un nene travieso.

Ali, el campeón que se puso al frente de la lucha por los derechos de los afroamericanos, se inició en el boxeo profesional con el apoyo (el dinero, digámoslo con todas las letras) de un trust de diez capitalistas blancos, quienes lo pusieron bajo la dirección de un entrenador también blanco, Angelo Dundee, quien lo acompañó durante toda su carrera. Luego de ganarle el título a Sonny Liston en 1964, el mismo año en que el Congreso aprobaba una ley de Derechos Civiles que prohibía la discriminación, Ali anunció su conversión al islamismo y su adhesión a la Nación del Islam, una fracción radicalizada cuyo líder, Elijah Muhammad, tenía ideas estrambóticas sobre el origen del hombre y rechazaba la integración racial que tan bien parecía funcionar en la esquina de su propagandista más famoso.

El ensayista Gerald Early se pregunta si Ali no representó el enmascaramiento de la militancia, si no resultó más favorecido por el sistema que él mismo cuestionaba que otros ídolos negros, como el extraordinario Joe Louis, quien a su lado parecía un Tío Tom y, aún así, fue empujado a la pobreza por una impiadosa persecución del fisco dirigido por los blancos. Según Early, Alí sonreía en una semana lo que Louis había sonreído en toda su vida; también parecía estar más cómodo y feliz rodeado de blancos de lo que nunca lo había estado el Bombardero de Detroit. Sin embargo, esta plasticidad social no le evitó que su rechazo a combatir en Vietnam, en 1967, le valiera multas, un largo proceso judicial y 43 meses fuera del ring, lo que, de acuerdo a Angelo Dundee, nos privó de ver al mejor Ali de todos.

En esos tiempos difíciles, donde sus abogados pugnaban para que no fuera a la cárcel (había sido condenado a cinco años de prisión y la Corte recién lo sobreseyó en 1971), el heredero de su corona, Joe Frazier, le daba dinero y apoyo moral. Ali se lo pagó muy mal una vez que fue habilitado de nuevo para boxear. Lo trató de gorila (insulto blanco), de negro servil, lo provocó de las peores maneras, generando en Frazier un odio que recién se aplacó en los días finales de su vida. Es que, como escribió el escritor Norman Mailer, Ali era un especialista “en trabajar sobre la vanidad de los otros; sabía que un peleador que había sido atado psicológicamente antes de subir al ring, ya había perdido la mitad, tres cuartos, no, toda la pelea”. Early dice que “nadie encarnó la cultura popular norteamericana, sus excesos, sus barbaridades, sus densidades” mejor que Ali. El poeta Allen Ginsberg sostuvo que cambió para siempre el rostro de EEUU: “Antes de él, los negros tenían vergüenza de sí mismos; después de él, el orgullo los lanzó a la pelea”.

Hoy, tras su muerte, la tentación de aplanar su recuerdo para construir un héroe de mármol, liso y unidimensional, se hace irresistible. Lógico: es el tiempo de la elegía. Pero Ali se vuelve verdaderamente grande cuando se lo admira con sus luces y sus sombras. En suma, desde la humanidad más absoluta.

AFP

 

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