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“Infierno para ciegos” por Mibelis Acevedo Donís

“Infierno para ciegos” por Mibelis Acevedo Donís


Mibelis Acevedo Donís / @Mibelis.

Un tráfico sibilino nos atasca con saña en plena Cota Mil. Aunque sabemos que Caracas es propensa al brote inusitado de tales embotamientos, éste parece ostentar singular mueca. Y en efecto: se trata de una protesta -otra- que esta vez desde la redoma de Petare colapsa el tráfico en ambos sentidos, replicando el caos en toda la ciudad. “Tomen previsiones”, recomienda el Twitter. La paciencia de los conductores, una tensa cuerda llevada a límite, se pone de nuevo a prueba. Aquí y allá, las razones para la crispación y el reclamo sobran: no hay agua, van 72 horas sin luz, acaban de asesinar al tercer conductor de busetas en menos de un mes, unos mototaxistas exigen la reaparición de sus motos robadas. Hay buhoneros, estudiantes en huelga de hambre, maestros con sueldos penosos, madres con niños apremiados por el cáncer y sin acceso a quirófanos, simples ciudadanos que desafiando su propio miedo alzan voces y pancartas contra la escasez, la inflación, la precaria administración de servicios, contra una inseguridad que ya exhibe ribetes dantescos. Las noticias, en fin, se convierten en tremebundo rosario de anomalías que justifica cualquier malestar. Así, la cola originaria, que en suerte de Efecto mariposa tendrá eco en las principales calles y avenidas, termina por zarandear a un solitario conductor que en la tranca de la Prados del Este, consulta el desbocamiento del dólar paralelo en su teléfono e ignora los motivos del despelote matinal: “Con todo lo que pasa y la gente como si nada. Aquí el pueblo está anestesiado”.

Injusta conclusión, que a menudo termina cobrando robusta vida en la opinión de más de un oyente en alguna combativa emisora de radio. Pero no menos injusto es que tal vez las protestas que ese día encendían la ciudad y que seguramente también convocaban a otros puntos del país en atropellado concierto, recibieron cortas o ninguna mirada de los medios masivos y de los que atienden a la Hegemonía Comunicacional del Estado. Los canales oficiales, de hecho, probablemente se ocupaban en ese momento de transmitir el convite a alguna marcha anti-imperio o una inflamada discusión en la AN para aprobar el repudio a un gobernador de oposición por usar un meme ofensivo en su Twitter. Sí: más allá de la tendencia a la deformación, la alteración o tergiversación de hechos, a punta de negarle espacios, de no mostrarla, de ocultarla artificialmente, esa otra realidad termina consistentemente invisibilizada. Lo más grave es que aún sin proponérnoslo, terminamos trajinando con el juego perverso de quien pretende “vencer sin convencer”: creyendo lo que otros desean que creamos e incorporándonos al trapacero pasodoble que propone la agenda de ese aparato mediático. Aunque el país reviente en hervores de insatisfacción, la sensación que interesa replicar es que “aquí no está pasando nada”.

“Lo que no se nombra, no existe”, sentencia George Steiner. Así como nombrar las cosas las inscribe en nuestros marcos de referencia, nos acerca a ellas y logra que adquieran dimensión y sentido real, el silencio supone también desaparecerlas. A eso nos remite el apagón informativo. Y allí, quizás, nada el desaliento de buena parte de la oposición: de algún modo, la percepción de que la mayoría -esa, que nos impiden ver- está soportando en silencio y sin quejas la anormalidad, cosificada por la imposición de condiciones degradantes, o domesticada por el miedo, ha ido mutando en desmovilización. La creencia de que ese otro segmento de la población vive a espaldas de “mi” realidad, mis urgencias y desamparos, contribuye a diluir los puntos de contacto y el espíritu de identificación y empatía, tan necesarios hoy para generar empoderamiento colectivo.

El caso es que a despecho de esa creencia, las cifras revelan otro escenario, muy distinto: según el Observatorio Venezolano de Conflictividad Social, sólo en enero de 2015 se registraron al menos 518  protestas, que equivalen a 17 diarias en todo el país (16% más que en enero 2014); una tendencia que, advertían, iba en aumento. Para marzo 2105, el mismo OVCS indicó que 40% de las protestas fueron por motivos laborales. Vale recordar que el año pasado se habló de al menos 9.286 protestas de índole social o con contenido político, equivalentes a 26 protestas diarias. Al margen de tan riguroso registro, sólo ingresar la búsqueda de la etiqueta “Protestas en Venezuela” arroja resultados elocuentes: es allí cuando advertimos que el reclamo activo es pan nuestro de cada día, que la inercia no es tanta, que toda Venezuela bulle al fogoso compás de un mismo infierno.

Italo Calvino decía que hay dos maneras de no sufrir el infierno. La primera, fácil para muchos, es aceptarlo y “volverse parte de él hasta dejar de verlo. La segunda es riesgosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure y dejarle espacio”. Parece, pues, que va llegando la hora de reconocernos en ese no-infierno; y, finalmente, juntarnos.

El Universal, 22 de junio de 2015

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