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“Isla de libros” por Elías Pino Iturrieta

“Isla de libros” por Elías Pino Iturrieta


Elías Pino Iturrieta / @eliaspino.

Pasó hace ya quince días, pero el ajetreo habitual y los textos preparados de antemano me obligaron a dejar el comentario para hoy. No importa, en todo caso, debido a la trascendencia del suceso que quiero comentar y al regocijo que seguramente producirá en los desocupados lectores. El solo hecho de que no los obligue ahora a leer sobre nuestras urgencias, sobre los horrores cotidianos, sino sobre un acontecimiento edificante, sobre cosas capaces de levantar la alegría y el entusiasmo, tal vez justifique el retraso del comentario.

Hace ya quince días, en efecto, se llevó a cabo la primera Feria Internacional del Libro del Caribe, Filcar, promovida por la Universidad de Margarita bajo la presidencia del escritor Antonio López Ortega y con la tesonera coordinación de la pintora y escultora Nela Ochoa. Estaban llenos de dudas en las vísperas del suceso. Como se trataba de iniciar un proyecto jamás planteado en el lugar, y como  los primeros pasos no son habitualmente firmes, no dejaron de pensar en resultados mediocres si el viento le soplaba con amabilidad a la barca. Temores infundados, porque Filcar fue un éxito resonante que se perfila como el inicio de un ciclo tocado por la fortuna.

El asunto de mayor importancia radicó en la masiva asistencia de espectadores. Filcar llamó la atención de los margariteños, quienes se volcaron masivamente en la sala de exposiciones. Daba gusto el verlos afanados en la revisión de los libros que se ponían a la venta, o en las actividades especiales que se llevaron a cabo, la mayoría dedicadas a los niños de las escuelas lugareñas. Primera vez que el escribidor ve a la gente con bolsas de libros en la isla, es decir, sin las usuales cargas de licores y de los otros artículos que se adquieren en los centros comerciales del puerto libre. Un puerto libre de libros, dijo alguien entonces ante la insólita situación. Daban gusto los salones repletos para escuchar la poesía de Rafael Cadenas, o las lecciones de Ednodio Quintero sobre literatura japonesa, o la palabras austeras de Ana Teresa Torres y Yolanda Pantin, o el taller de Maribel Espinoza sobre la historia del libro desde el tiempo de los sumerios, u otro taller de Sergio Dahbar para periodistas jóvenes, o las margariteñerías de Francisco Suniaga y la novedad de Luis Chataing en letra impresa, por ejemplo. Ahora no menciono a todos los que fueron y a todos los que provocaron el interés de los asistentes, pero para muestra un botón.

Aparte del cuidadoso trabajo de coordinación realizado por López Ortega y Ochoa, capitanes de un pequeño pero laborioso equipo, destacó la presencia permanente del rector Pedro Augusto Beauperthuy y de sus colegas del equipo rectoral, quienes estuvieron personalmente en todas las actividades sin dejar ninguna de lado. No se conformaron con presidir los rituales de inicio y  clausura, como suele suceder. Acompañaron a todos los autores y a todos los editores, asistieron a los talleres y a las conferencias, saludaron a los escolares, fueron compañía activa y ubicua durante una fructífera semana a través de la cual se demostró cómo una universidad privada puede salir airosa del campus a extender sus servicios a la comunidad a la cual se debe y de la cual depende. Quizá fuese tal compromiso lo más destacable de Filcar, en estos días de acoso a los centros de enseñanza superior.

Pero lo mejor fue, desde luego, el descubrimiento de un pueblo lector, el deslumbramiento de una colectividad que asiste a las convocatorias de la cultura, la familiaridad de los margariteños con los asuntos de la imprenta y de la pluma. No debe ser asunto nuevo, eso se huele de lejos, mas estaba escondido en los rincones del puerto libre esperando la hora del regreso oportuno. Filcar les ofreció la ocasión y no la desaprovecharon. La Universidad de Margarita puso los estantes y llamó a libreros, editores y autores para que la comunidad se hiciera presente en una hermosa y prometedora conducta. Antonio y Nela ofrecieron suculenta carnada y todos mordimos el anzuelo, por fortuna. Como anuncié al principio, no escribí hoy sobre los horrores cotidianos de Venezuela, sino sobre un fragmento de la otra cara de la moneda. Termino lleno de alegría, por consiguiente y como pocas veces.

El Nacional, 15 de marzo de 2015

Atras
  • Eduardo Puertas

    Excelente esta nota del profesor EPI.

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