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“Jabón”, por Ysaira Villamizar

“Jabón”, por Ysaira Villamizar


El hábito del aseo, de la pulcritud, tan arraigado en nosotros los venezolanos, ha sido una constante, tal como relatan algunas crónicas de la época de la conquista sobre nuestros aborígenes, favorecidos por sus numerosos ríos. Para confirmar esta observación ya en tiempos de postmodernidad, bastará con revisar las cifras sobre consumo de productos de aseo y limpieza, tanto  del hogar como de las personas: Jabones, champús, perfumes, cosméticos faciales, desodorantes, cremas y cepillos dentales, enjuagues, talcos, papel sanitario, pañales desechables, toallas sanitarias, toallitas húmedas; cera, lavaplatos, limpia pisos, limpia hornos, cloro. Todos estos eran productos de fácil adquisición, con lógica y suficiente existencia en los anaqueles de cualquier bodega o abasto, hasta hace apenas uno o dos años. Cuente usted, por curiosidad, cuando camine por las calles de cualquier pueblo o ciudad venezolana, cuántas peluquerías, salones de belleza, locales para manicure o pedicure existen o aún sobreviven. A los venezolanos no nos dirán “sifrinos”, sino personas a quienes nos gusta andar aseados, “olorosos a bueno”. Por supuesto, además de la estrategia (el aseo personal), para enfrentarnos a las consecuencias corporales producidas por las altas temperaturas,  el afán por andar “bien presentadas” por más humildes que sean las personas, es la aceptación generalizada en nuestra cultura occidental de que en muchos casos la imagen es importante.

Uno podría pensar que cuando se evalúa la escasez generalizada de toda clase de bienes, es una sandez dar importancia a productos aparentemente triviales frente a lo que significan los artículos de primera necesidad como los alimentos, por ejemplo. Pero el día a día nos va indicando cómo detrás de la ausencia de algunos rubros se puede estar creando un importante problema de salud. La gente entiende cómo la higiene es condición  para sentirse “cómodos” y prevenir muchas enfermedades. Por eso es totalmente comprensible la angustia que en este momento siente la población venezolana. Las carencias, el sacrificio y el alto precio que implica adquirir estos productos tan importantes,  están asediando al hábito sano de higiene,  indicada y necesaria para todos los humanos, sumamente recomendada para los habitantes de los países tropicales. La relación con la salud es directa.

Revisemos por ejemplo, situaciones como éstas que seguramente se están viviendo en numerosos hogares venezolanos: Es muy fácil que un niño, cuya higiene está garantizada por el acceso de la familia a los productos básicos de aseo personal, en algún momento contraiga una infección en los ojos (conjuntivitis), o gastrointestinales, o virales, al llevar a los ojos o boca sus manos, que han estado en contacto con personas u objetos contaminados e, incluso, con bacterias de sus propias heces. Estos riesgos ahora podrían estar incrementándose ante la dificultad de contar en los hogares con  los jabones que libran de virus o bacterias nuestras manos.  Una madre que debe hacer grandes sacrificios humanos (colas) y económicos para adquirir pocos pañales desechables, seguramente  buscará la manera de “ahorrarlos” alargando el tiempo de reposición en un niño que puede terminar con problemas dermatológicos como hongos, escabiosis (sarna) u otro tipo de infección debido a una acumulación de líquidos en contacto con su piel por tiempo prolongado. Igual penuria y riesgo corre la mujer que tiene dificultades para conseguir sus toallas sanitarias.

Situaciones delicadas pueden presentarse en un hogar cuyos utensilios de cocina apenas si pueden ser lavados, por idénticas razones a las anteriores (escasez, encarecimiento o ahorro forzado). Con ello se exponen  los consumidores a riesgos por intoxicaciones alimentarias (pequeños restos de alimentos en descomposición, grasas que se fermentan,  por ejemplo, y permanecen en ollas, platos y vasos  mal enjabonados). En ropas mal lavadas, no es extraña la producción de hongos. La piel muerta que permanentemente se desprende de nuestro cuerpo, si no es eliminada es medio propicio para enfermedades, pero ahora el jabón, altamente inexistente o costoso por sobreprecio, debe ser ahorrado al máximo. Una vivienda, cuyos pisos, sobre todo en cocina o  áreas de depósitos momentáneos de la basura, no son suficientemente fregados, es atractiva para  roedores o insectos que ponen en riesgo la salud de la familia. Ojalá, en ningún centro de salud público o privado se vean en la obligación de ahorrar el uso de detergentes por costos o por escasez. El círculo, entonces, es vicioso. Los padecimientos ocasionados por la forzosa falta de higiene, requerirá luego atención médica y la aplicación de tratamientos costosos, escasos o inexistentes.  Y, por supuesto, el remate de esta situación, que podría ser una  crisis de salubridad, se encuentra en el deficiente y, en algunos casos, inexistente servicio de agua.

Sentirse aseado ayuda a la gente a sentirse bien. En la mayoría de las personas, vitaliza el autoestima y produce la sensación de ser bien aceptados; pero, hoy, tener una buena higiene, un buen aseo personal o doméstico que garantice salud psíquica y física,  ya no depende solamente de una actitud personal, de las lecciones del maestro, de los padres, de los médicos, de los manuales. Dejó de ser una responsabilidad exclusivamente personal o familiar para convertirse en un problema de Estado. El pueblo se ve obligado a enfrentar este caos haciendo injustos sacrificios (colas, pagos altísimos en los “sitios que todos saben dónde están”),  mientras la vida racional cotidiana se nos está yendo de las manos producto del empecinamiento oficial en aplicar un modelo económico que, a juzgar por los frutos,  harto está de demostrarnos su fracaso; pero también agravado por la corrupción inmisericorde contra el pueblo, al que le viene robando impunemente su patrimonio. Necesitamos limpieza.

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