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La beatificación de monseñor Romero por dentro

La beatificación de monseñor Romero por dentro


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La derechista Alianza Republicana Nacionalista publicó el sábado una página completa en la prensa local en la que sostuvo: “Nos unimos a la celebración de la Iglesia Católica en la beatificación de monseñor Romero, compartiendo su mensaje de reconciliación y defensa de la vida para que los salvadoreños vivamos como hermanos”.

Sus máximos dirigentes se encuentran en el área de invitados especiales, entre ellos el expresidente Alfredo Cristiani, quien emitió una ley de amnistía para los responsables de violaciones a los derechos humanos durante la guerra civil salvadoreña (1980-1992), incluidos los autores materiales e intelectuales del asesinato del arzobispo.

También asistió el diputado de Arena Roberto d’Aubuisson, hijo del mayor del ejército del mismo nombre acusado por la Comisión de la Verdad de Naciones Unidas (1993) como el autor intelectual del asesinato de Romero.

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Miles de obispos, sacerdotes y monjas salvadoreños y extranjeros, vestidos con sotanas blancas, estolas rojas y sombreros de paja para protegerse del sol, entraron en procesión entre cánticos religiosos al templete montado en la plaza El Salvador del Mundo, en cuyo centro se erige un monumento de 18 metros de altura que sostiene un globo terráqueo con la imagen del “Divino Salvador del Mundo”, patrono del país.

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Sentado en la acera y tomando café bajo los primeros rayo del sol, Andrés Valiente, de 73 años, recordó sus épocas de sindicalista de la industria metalúrgica cuando le pedía a su esposa Genoveva todos los domingos que prendiera la radio para escuchar las homilías de monseñor Romero. “Él anunciaba y denunciaba. Él era un obispo que no solamente predicaba desde el púlpito. Él iba a las comunidades y hablaba con los campesinos y trabajadores de la ciudad. De verdad, yo lo extraño”.

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María Lilian Benítez de Santos, de 74 años, caminaba sola con un cartel con la foto de Romero, rodeado de rosas rojas. La mujer marchaba, al parecer sin importarle la lluvia y con mucha fe.

Vive en San Martín pero se congrega en una parroquia de Soyapango, al este de la capital.

“Vengo lista para dormir aquí, no padezco de frío y no me importa la lluvia. Yo estuve cuando el entierro y yo he estado esperando que el Vaticano digan que en santo, pero é ya era santo antes que lo mataran”.

Dijo que nació en Santiago de María, Usulután, y que lo conoció cuando era el obispo allí.

“Él siempre fue un santo, quería a los campesinos, quería a los más pobres”.

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AP

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