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“La caída” por Carlos Raúl Hernández

“La caída” por Carlos Raúl Hernández


Carlos Raúl Hernández / @CarlosRaulHer.

Los socialismos terminan en explosiones o implosiones, se dirigen orgullosos hacia su derrota y los relojes son testigos del vuelo de Ícaro hacia el sol. Sin embargo algunos charlatanes quieren hacerse los suecos, daneses u holandeses, para explicar que ese es su modelo triunfal, como los bala-perdida de Podemos en España. Hacen circular el disparate de que hay “socialismo” en Holanda, Dinamarca, Noruega y Suecia, economías de mercado libre cuya prosperidad se debe a que son cien veces más abiertas que los fracasos de España, Italia o Grecia. La historia del socialismo es inmancable: o deja de serlo o muere. Cuba y Norcorea se mantienen como museos vivientes del sufrimiento. Las élites cultas que lo promovieron no deberían horrorizarse por lo que hoy vive Venezuela, que estaba cantado, advertido y escrito, y muchos que no lo ayudaron, tampoco le hicieron estorbo.
El siglo XX de la revolución social, es la escandalosa evidencia de la ruina de los delirios colectivistas regentados por emocionantes déspotas que arrancaron de purasangres y pararon como burros. Se necesitaban demasiadas bacterias patógenas en la mente para intentarlo de nuevo en Venezuela y someterla a una destrucción cruel, implacable e infalible. Por fortuna la gran mayoría de las nomenclaturas comunistas, repudiadas por sus pueblos, entregaron el poder pacíficamente a partir de los 90 y eso impidió carnavales de sangre en Rusia, Polonia, Checoslovaquia, Alemania, Hungría, et.al. Hacia allá corrían Cuba y Norcorea, pero el engendro revolucionario venezolano rescató a la primera, mientras a la segunda el respaldo de China, para quedar congeladas en su historia de dolor y desesperación, enfermos terminales que se resisten a morir.

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El camarada Jim Jones
Poco se estudian las experiencias del microsocialismo, no ya el derrumbe de la Europa oriental que sacudió al universo, sino las pequeñas tragedias de los que intentaron sistemas socialistas “desde abajo”, “con la gente”, inspirados por los que Marx llamó utópicos. Las comunas que emprendieron los sucesores de Saint-Simon, Fourier, Cabet y Owen fracasaron ridículamente y sus adeptos enredados en pleitos, asesinatos, adulterios, robos, abusos de poder, en sus pequeños espacios monstruosamente totalitarios. Si alguien creyó en los focus group, debería haber tomado los casos referidos como anuncio de lo que sería el socialismo en grande. Un nuevo proyecto utópico implotó en noviembre de 1978 en Guyana. A 65 kilómetros de la frontera con Venezuela se instalaron novecientos ciudadanos norteamericanos. Los dirige el predicador metodista Jim Jones, militante además del Partido Comunista Norteamericano.
Juntos fundaron una secta socialista llamada Templo del Pueblo. Personaje carismático, había tenido éxito como pastor primero en Indianápolis y luego en California, hasta que decidió ir a Guyana donde las leyes no eran capitalistas y podía fundar su comuna revolucionaria, humildemente llamada Jonestown en su propio honor. Pero la verdadera razón es que en San Francisco estallaron escándalos que señalaban a Jones de propinar golpizas, violaciones y amenazas a subalternos y familiares. Pronto allegados y amigos de los comuneros instalados en Guyana publicaron en Estados Unidos que no se trataba de tal grupo religioso sino más bien un campo de concentración para sus miembros que habían entregado sus pasaportes al líder y que no podían salir bajo amenaza de castigo físico.

Microsocialismo y macrosocialismo
Se aseguraba la lealtad por medio del lavado de cerebro y el terrorismo cotidiano, en lo que una prédica apocalíptica jugaba papel esencial. El capitalismo acababa con el mundo y para salvarse había que permanecer puros en Jonestown. El diputado norteamericano Leo Ryan decide ir al asentamiento a comprobar los rumores y lo acompaña un equipo periodístico de la NBC, quienes confirman las sospechas: el pastor Jones golpeaba, torturaba, encarcelaba y abusaba sexualmente de sus feligreses. El diputado Ryan pidió a quienes quisieran irse del campamento que lo hicieran con él y eso desencadenó su asesinato y de cuatro acompañantes. Viene la hecatombe: “derrotado por el capitalismo” Jones exige el suicidio de sus fieles, a quienes ordena ultimar en primer lugar a los niños, trescientos de las novecientas víctimas totales, entre ellas el mismo Jones. Impresiona la similitud con otros ejemplos totalitarios de mayor escala.
Idénticos régimen interno de opresión y desenlace. Kruschev impidió a la fuerza el bombardeo atómico y el exterminio de la isla que Castro quiso provocar en la Crisis de los Cohetes de 1992, y los cabecillas nazis llevaron a los alemanes a la destrucción (“no merecían vivir” dijo el führer, según el libro-película de Joachim Fest) para luego suicidarse con mujeres e hijos. No es inusual que cuando sicópatas comprueban que la “causa” a la que se entregaron no da ni para papel higiénico, y se sienten hundidos, fracasados, quieran destruirlo arrasar la tierra sin que nada importe. El síndrome del secuestrador. En este caso el rehén es unpaís entero: si no haces lo que digo, los mato a todos. El Galáctico, que era un habilísimo maniobrero, ya hubiera salido de la situación, salvado lo salvable, y desde el mismo momento comenzaría a preparar su regreso. Pero ese es otro capítulo.

El Universal, 12 de junio de 2016

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