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“¿La cola?… ¡pa’l pueblo!”, por Ysaira Villamizar

“¿La cola?… ¡pa’l pueblo!”, por Ysaira Villamizar


 Ysaira Villamizar

De todos los símbolos destacados del país, ésos que están presentes en nuestro orgullo nacional, podemos hacer una gran lista y exhibirla al mundo. En lo geográfico, en lo histórico, en lo natural, en lo social, muchas cosas positivas venían identificando la venezolanidad.

Hoy, triste y absurdamente, los símbolos de los nuevos tiempos que están retratando la realidad de esta otrora pujante nación, son el producto de una mala administración oficial  en donde la improvisación, los desatinos, los errores en la aplicación de políticas públicas,  han hecho posible que este país, rey de la energía petrolera en Suramérica, con más de un millón de kilómetros cuadrados y escasos treinta millones de habitantes, hoy viva una dramática situación.

Un ejemplo patético e incomprensible de lo que no debe ser o no tiene por qué ser en un país como el nuestro, es lo que viene ocurriendo frente a los abastos, tiendas, supermercados: las colas de personas que se forman desde la madrugada con lluvia o sol inclemente al transcurrir de las horas,  para adquirir  seis o siete productos casi insustituibles en los hogares venezolanos, todos de consumo diario para la alimentación, la higiene personal o el aseo del hogar. Productos que hasta hace pocos años estaban en cualquier anaquel con distintas marcas nacionales o importadas, con cualquier presentación en peso o empaques.

Lo que ocurre en las colas da como para escribir un libro acerca de cómo se destruyó una nación con tanta riqueza natural y energética: deuda eterna, inflación insoportable, dependencia de importación de alimentos, carencia generalizada de repuestos, deterioro y falta de vialidad, hospitales en crisis, permanente oferta engañosa de viviendas, violencia y criminalidad, grosera corrupción administrativa, quiebre de fábricas y empresas productivas y ahora, la guinda que faltaba: escasez de alimentos básicos, provocadora de las deshonrosas colas que comienzan a identificarnos ante el mundo y ante nosotros mismos como nación depauperada.

Colas, largas colas  que están propiciando un submundo poco edificante; colas que generan violencia entre los que permanecen largas horas de pie, que generan violencia hacia los expendedores, humildes vendedores de esos abastos; colas que hacen perder tiempo, horas de trabajo, de vida productiva, social o familiar a quienes allí esperan impacientes el turno de su bolsita, algunos odiando aquella situación, otros preguntándose qué ha hecho o qué ha dejado de hacer el pueblo para merecer semejante castigo,  otros identificando perfectamente a los culpables que en catorce años han provocado tanta descomposición.

Son las colas de los humildes, de los ciudadanos que no están enchufados con la burocracia gubernamental, de los que no pueden pagar el sobreprecio “caleta”, “caminos verdes”, de los acaparadores generalmente conectados con esa burocracia que se las arregla para sacarle provecho a los controles. Es un escenario humillante y humillador, que descubre la horrible costura del material con que está hecha la clase política gobernante.

No queremos incorporar a la simbología del siglo XXI venezolano tanto desafuero. Este país no fue así. No puede haber un venezolano agradecido porque esta madrugada la cola se inició  a las 5 y no a las 4, con orden militarizado y sin atraco.

Viendo esta realidad el pueblo entiende lo absurdo que resulta un ministro planteándole la disyuntiva de escoger entre patria o papel “tualet”.

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