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“La globalización de la indiferencia”, por Ysaira Villamizar

“La globalización de la indiferencia”, por Ysaira Villamizar


Ysaira Villamizar

Cada inicio de año es ocasión ideal para establecer compromisos con uno mismo, con nuestra familia, con nuestra comunidad, con nuestro país. En el abrazo y deseo de ¡feliz año! también estamos agradeciendo la nueva oportunidad que nos ofrece la vida. Con apenas dos palabras, con un gesto, podemos transmitir mucho de la esencia que nos hace diferentes del resto de los seres vivientes. Es lo humano. Una sonrisa, un brindis, una palabra de solidaridad. Y cuánto anhelamos que ese deseo se convierta en el hecho cotidiano que desde el íntimo concepto de felicidad cada uno espera. Como cristianos, por supuesto, debe ser inconcebible siquiera pensar que nuestra felicidad se pueda construir sobre el dolor, el abuso, el desconocimiento, la injusticia contra los demás. Contra el prójimo. Paz y justicia, son caras del mismo valor universal.

De allí que para el autodenominado “Papa del fin del mundo” (por la ubicación geográfica de su país natal, Argentina), nuestro paisano latinoamericano Francisco, en sus reflexiones expresadas en el mensaje para la celebración de la Jornada Mundial de la Paz y ratificadas en la  homilía del 1º de Enero, nuevamente  invita  a todos los hombres de buena voluntad a tomar parte activa en la lucha por la transformación de una sociedad injusta que degrada la condición humana en distintas formas, a otra donde la paz sea la condición permanente de vida, base principal de justicia. Para ello nos exige tener siempre presente la oración y asumir el deber de luchar contra “las formas modernas de esclavitud”, centro de sus meditaciones.

Entre otras, destacó como algunas de esas formas, o causas de ellas, la prostitución o esclavitud sexual, las calamidades que viven los inmigrantes,  la violencia, el crimen, el terrorismo,  los conflictos armados, el secuestro, el uso de niños para el tráfico de órganos, mendicidad, venta de drogas o adopción ilegal.

Al extraer los elementos esenciales con los cuales explica las causas de este flagelo, el Papa halla el fondo material del problema en “la pobreza, el subdesarrollo y la exclusión, combinadas con la falta de acceso a la educación o con una realidad caracterizada por las escasas, por no decir inexistentes, oportunidades de trabajo”. A ello une, razones morales, destacando como causa “la corrupción de quienes están dispuestos a hacer cualquier cosa para enriquecerse… que con mucha frecuencia pasa a través de la corrupción de los intermediarios, de algunos miembros de las fuerzas del orden o de otros agentes estatales, o de diferentes instituciones, civiles y militares “, denunciando que  aquélla “sucede cuando en el centro de un sistema económico está el dios dinero y no el hombre, la persona”.

En su explicación filosófica de la indiferencia por el prójimo, el Papa se apoya en la tesis de que existe un rechazo a la humanidad del otro, de la vocación a ser hermanos,  recordando el asesinato de Abel, lo que “pone en evidencia la dificultad de la tarea a la que están llamados todos los hombres, vivir unidos, preocupándose los unos de los otros”. Es un claro llamado a la solidaridad. Dificultad y reto a la vez, que explica sociológicamente al considerar a la fraternidad  una dimensión esencial del hombre como  ser relacional por naturaleza. “La viva conciencia de este carácter relacional nos lleva a ver y a tratar a cada persona como una verdadera hermana y un verdadero hermano”.

En el mensaje, dirigido  “a los pueblos y naciones del mundo, a los jefes de Estado y de Gobierno, y a los líderes de las diferentes religiones”, ofreció sus deseos de paz con la eliminación de todo aquello que la impide y rezó “para que, respondiendo a nuestra común vocación de colaborar con Dios y con todos los hombres de buena voluntad en la promoción de la concordia y la paz en el mundo, resistamos a la tentación de comportarnos de un modo indigno de nuestra humanidad”. Asimismo, en este mensaje, construido  para la preparación de la 48ª.  Jornada de la Paz celebrada el 1º de enero, nos llama a “cambiar el modo de ver al prójimo, a reconocer en el otro, sea quien sea, a un hermano y a una hermana en la humanidad; reconocer su dignidad intrínseca en la verdad y libertad”.

Desde una perspectiva integradora, el Papa Francisco ve claro que la solución a estos problemas tiene implicaciones sociales, políticas, religiosas, espirituales, ideológicas  y materiales. Reconociendo que se trata de un fenómeno mundial al cual hay que enfrentar en bloque, unidos como Humanidad, el Papa llamó a todos los que tengan algún nivel de responsabilidad, desde cualquier puesto de lucha a “realizar gestos de fraternidad”, a “que no sean cómplices de este mal, para que no aparten los ojos del sufrimiento de sus hermanos y hermanas en humanidad, privados de libertad y dignidad, sino que tengan el valor de tocar la carne sufriente de Cristo, que se hace visible a través de los numerosos rostros de los que él mismo llama «mis hermanos más pequeños». En el mensaje de vísperas de año nuevo, dijo: “Debemos servir a los débiles, no usarlos”. Es el código de ética, es el mandato  para actuar en defensa de los más vulnerables.

El Papa Francisco despide sus reflexiones advirtiendo: “Sabemos que Dios nos pedirá a cada uno de nosotros: ¿Qué has hecho con tu hermano?. La globalización de la indiferencia, que ahora afecta a la vida de tantos hermanos y hermanas, nos pide que seamos artífices de una globalización de la solidaridad y de la fraternidad, que les dé esperanza y los haga reanudar con ánimo el camino, a través de los problemas de nuestro tiempo y las nuevas perspectivas que trae consigo, y que Dios pone en nuestras manos”. Allí están trazadas  las líneas de conducta que debe caracterizar la práctica cotidiana, no sólo de un militante cristiano, sino de un gobernante y de un humano común, en todos los espacios de su quehacer.

¿Hace falta otro mensaje?

 Construyamos un feliz año para todos.

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