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“La izquierda, la corrupción y la minifalda” por Fernando Mires

“La izquierda, la corrupción y la minifalda” por Fernando Mires


Fernando Mires / @FernandoMiresOl.

Cada vez que un representante de un gobierno de izquierda es sorprendido en actos de corrupción, surge como mecanismo de defensa la justificación siguiente: ¿Y acaso los de la derecha no hacen cosas peores? ¿Por qué ese ensañamiento con los de izquierda? ¿Por qué esa tolerancia con la derecha cuando comete actos económicos delictivos? ¿Por qué ese doble rasero? Reacción –si vemos el tema solo desde una perspectiva formal- muy justificada.

Es así: desde el punto de vista cuantitativo las corrupciones de los gobiernos de la derecha superan (todavía) en cantidad y frecuencia a los de la izquierda. Sin embargo, ese hecho no sorprende a nadie. Es más bien lógico y normal.
La derecha suele ser definida por la izquierda como “derecha económica”. Nadie en cambio ha acuñado el término “izquierda económica”. La razón es simple: común es pensar que entre la derecha y el dinero hay estrecha cercanía. La derecha es entendida, aún por ella misma, como representación del mundo de los negocios en la política. Del mismo modo se supone, la izquierda es representación política de los desposeídos y por lo mismo -también hemos de suponer- sus miembros deberían estar alejados de los grandes centros financieros y comerciales. Por eso la corrupción, cuando es cometida por alguien de izquierda, es vista como algo anormal. Algo así como una monja en minifalda.
Si un dirigente de un partido de izquierda es sorprendido evadiendo impuestos, sus propios correligionarios lo acusarán de ladrón. Pero si es de derecha, sus seguidores dirán: solo cometió un “delito de caballeros”. ¿Cómo sorprenderse si un hombre de negocios hace negocios, aún en la política?
Lo dicho contrasta con un hecho: La izquierda, al fin y al cabo, heredera de las tradiciones liberales -cuando éstas se encontraban en antagonismo con las tradiciones monárquicas, clericales y señoriales del patriciado conservador- suele ser desde un punto de vista cultural más abierta al mundo que la derecha.
La izquierda ha luchado en diferentes países por la educación laica, por la emancipación femenina (casi no hay feministas de derecha), por los derechos de los homosexuales y lesbianas,  por la libertad de culto, en contra de las represiones culturales, por la legalización de la marihuana, por el divorcio, por la despenalización del aborto, e incluso por el derecho a decidir sobre la propia vida en caso de enfermedad terminal.
Para los sectores más rancios de la derecha, ser de izquierda sigue siendo sinónimo de libertinaje. Fue esa la razón por la cual Berlusconi fue vilipendiado por su propia gente. Si Berlusconi hubiera sido de izquierda sus bacanales habrían sido simples pecados veniales. No ocurre así, sin embargo, en los asuntos de dinero. Estando en juego el vil metal, la derecha es frívola, libertina, anárquica. La izquierda por el contrario practicaba, o por lo menos fingía practicar, cierta austeridad privada.
Quizás el gran éxito del desenfrenado exhibicionismo de modestia escenificado por José Mujica se debe a que el hábil ex-presidente uruguayo reivindicó para sí los ideales fundacionales anidados en el inconsciente colectivo de las izquierdas existentes y reales.
Cuando aparecieron en Europa los primeros partidos socialistas, casi todos sus dirigentes eran como José Mujica. Si no provenían de las clases trabajadoras, rendían culto al trabajo y al trabajador. Tenía razón en ese punto el historiador Ernest Gellner cuando en su libro Pflug, Schwert und Buch (Arado, Espada y Libro) afirmó que la ética socialista fue la prolongación de la ética protestante. Según esa tesis, Marx puede ser considerado como el último representante de la reforma religiosa alemana. Pues así como los protestantes rendían culto al trabajo bien realizado para alcanzar la gloria celestial, los socialistas rindieron culto al trabajador (el proletariado), reencarnación humana del trabajo. Por eso el ideal de vida material de los primeros socialistas era más bien puritano. A ningún socialista de antaño habría pasado por la cabeza enriquecerse mediante el ejercicio de la profesión política.
Si el culto al trabajador reactivó ideales religiosos entre las primeras izquierdas, estos alcanzaron los umbrales del fanatismo cuando los trabajadores fueron ideológicamente elevados a la categoría de clase mesiánica destinada a conducir al mundo hacia el paraíso terrenal: el socialismo. A partir de ese momento las diferencias entre izquierdas y derechas se convirtieron en infranqueables. Mientras para esta última la política comenzaba y terminaba en el presente, para las izquierdas, el socialismo no estaba en el presente sino en un más allá histórico. El socialismo llegó a ser así una doctrina teleológica. De este modo, si la derecha era religiosa, solo lo fue en materias eclesiásticas. La izquierda socialista, en cambio, no siendo religiosa en materias eclesiásticas, lo era en materias políticas. El reino político de la izquierda socialista no estaba (todavía) en este mundo.
Y bien, mirando la diferencia desde un punto de vista más psicoanalítico que político, el ser de la izquierda socialista se caracterizó por la introyección de un inconmensurable Super-Nosotros. Ese Super-Nosotros -en equivalencia al Super-Yo freudiano- hizo que el ser de izquierda desarrollara un notorio complejo de superioridad con respecto a quienes no eran de izquierda.
Sin miedo a exagerar, en cada socialista o comunista latía la creencia de ser un depositario de los designios de la historia. Hoy, recordando mis experiencias juveniles con militantes comunistas, puedo asegurar que ellos creían efectivamente ser superiores al resto del mundo. Algo así como “un partido elegido”. Antropológicamente hablando, eran endogámicos. Se juntaban, se amaban y se reproducían entre sí. Y hasta el más mediocre e ignorante creía marchar por “el lado correcto de la historia”.
“El Partido tiene siempre la razón”, repetían los más tontos. “Prefiero equivocarme con mi partido que tener la razón solo”, agregaban los más “críticos”. Los inteligentes –también los había- estaban dispuestos a reconocer  “grandes errores” de la URSS o de Cuba (errores que casi siempre eran masas de cadáveres) pero siempre bajo el supuesto de que los objetivos finales eran los justos. De este modo, mientras los asesinados por las dictaduras de derecha eran mártires, los asesinados por las dictaduras de izquierda eran simples “daños colaterales” en la guerra contra el capitalismo mundial. El “hombre que aprende a ser como Stalin” (Neruda) era, de acuerdo al absurdo narcisismo comunista, el punto más acabado en la selección natural de la historia. Según la profunda alteración superyoica de Che Guevara, el revolucionario era, a su vez, “el eslabón más alto que puede alcanzar la especie humana” (sic).
Dicho en breve, la izquierda socialista construyó sus propios pedestales y arriba se subió. Es por eso que aún ahora, varios años después del derrumbe del comunismo y ya habiendo dejado detrás de sí los momentos más patológicos de su historia, cuando alguien de la izquierda es sorprendido en actos de corrupción, cae estrepitosamente desde un alto pedestal. En cambio los corruptos de la derecha no caen de ninguno. La derecha no tiene pedestales. Su reino, el económico, es de este mundo.
¿Qué importa si los muy pocos implicados en el caso Dávalos-Bachelet (o Caval o Luksik o Compagnon) en Chile sean solo personas particulares con débiles responsabilidades políticas y que los montos de dinero mal habidos sean inferiores al caso de las empresas Penta donde están  involucrados los dos partidos de la derecha en turbios negociados destinados a financiar campañas electorales? No, lo que importa es la altura del pedestal. Ese pedestal en que la izquierda sigue encaramada sin haber razones ni motivos que lo justifiquen.
¿Qué importa si los escándalos de Petrobras durante Rouseff, las evasiones de impuestos, los lavados de dineros, las cuentas oscuras, los traspasos de fondos gubernamentales a particulares, en fin, toda esa inmunda corruptela socialista sea una miga de pan duro si la comparamos con los escándalos financieros de un derechista como Collor de Melo (1990- 1992)? Hay, empero, una gran diferencia: Collor de Melo no se subió nunca a ningún pedestal. Su ideal político era la economía, incluyendo la propia, y nada más. El lulismo en cambio intentó presentarse como la representación política del pueblo en el poder. Y ese pueblo ahora está cobrando la parte que le corresponde.
Un caso aparte, muy aparte, lo representa el régimen venezolano. Prácticamente no pasa una semana sin que un miembro de gobierno no se vea involucrado en algún acto de manifiesta corrupción. A la vez, tanto Chávez como Maduro han sido los presidentes que con más énfasis han apelado a los abstractos valores del socialismo, los únicos que han actuado como si el muro de Berlín aún siguiera ahí, los que jamás se cansaron de hablar del “hombre nuevo”, como si Che Guevara estuviese todavía luchando en las selvas de Bolivia.
Es, por un lado, el gobierno más super-nosótrico de América Latina. Pero, por otro –notable asimetría– es también el más corrupto. Así, mientras aumenta el número de personeros y ayudistas del chavismo involucrados en negocios turbios –blanqueos de capitales, grupos vinculados a la droga, cuentas millonarias en bancos del “imperio”, inmensas fortunas acumuladas en los bancos de Andorra y Madrid-  más crece el ímpetu de la falsa retórica socialista y antiimperialista del mandatario Nicolás Maduro. No hay estadística que lo compruebe, pero si la hubiera, el de Maduro no solo sería el gobierno más corrupto. Sería, además, el más grotesco del continente.
Si la monja del socialismo latinoamericano luce minifalda, la del socialismo venezolano camina en bikini. Maduro ha logrado –parafraseando a Proudhon y a Marx– convertir a la ideología de la miseria en la miseria de (su propia) ideología. Nadie en verdad ha desacreditado tanto a la idea del socialismo como lo ha hecho el gobierno venezolano. Quizás –¿quién sabe?- esa ha sido su misión histórica. Dios, así se dice, escribe con letras torcidas.
Los múltiples casos de corrupción que acosan a diversos gobiernos de izquierda traen consigo, aunque parezca irrisorio decirlo, algunos mensajes positivos. Uno de ellos es que a través de su expansión comienza a demostrarse que ya no existe ninguna diferencia radical entre las izquierdas y las derechas. La corrupción, en efecto, no es consustancial a una determinada doctrina o ideología política. Pero sí lo es a esa criatura falible que es el ser humano.
La conclusión puede ser pesimista pero a la vez optimista. Pesimista, porque ni la ideología más perfecta del mundo va a servir para limitar el deseo de corrupción que anida en la especie. Optimista, porque esa misma conclusión nos lleva a salir del terreno ideológico y entrar al de la reflexión sobre el significado de las instituciones públicas.
No grandes ideologías son las que necesitamos pero sí instituciones inteligentes que permitan, si no frenar los desmanes, por lo menos vigilar los actos de los políticos. Transparencia, publicidad, independencia de poderes, en fin, democracia plena, han probado ser las más efectivas armas en contra de la corrupción.
La política no se hizo para realizar misiones meta-históricas sino para resolver problemas reales y concretos en el espacio ciudadano de cada nación. Uno de esos problemas es la corrupción, sea de la derecha o de la izquierda. No atender ese problema en nombre de un imaginario “más allá”, puede llevar a algo mucho peor que la corrupción de los políticos. Sí: me refiero a la corrupción de la propia vida política. Eso sería fatal. Desde los escombros de la política asoman siempre las cabezas de los más grandes demagogos.
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